Propaganda
Durante la Primera Guerra Mundial, los relatos que circulaban sobre los alemanes —que atacaban sacerdotes franceses, cortaban las manos a sus prisioneros, violaban mujeres y mataban niños— eran totalmente falsos. Esa distorsión de la realidad es lo que llamamos propaganda. Los carteles y postales que mostraban esas mentiras pretendían despertar el odio en la población francesa y animarla a alistarse. Además, el recuerdo de la pérdida de Alsacia y Lorena reforzaba el sentimiento nacionalista.
En cuanto a la propaganda a favor de los soldados franceses, se los describía como “entusiasmados por ir a la guerra” y dispuestos a morir por la patria. Historias heroicas se contaban a los niños y a los adolescentes para incitarlos a enlistarse y defender su país. Las escuelas participaban activamente en esta campaña de adoctrinamiento.
Censura
Antes de la guerra sospechábamos que la información estaba manipulada, pero fue después del conflicto cuando comprendimos la magnitud de la censura en el frente. Cada carta de los soldados era leída y, según su contenido, se decidía si se enviaba o no. El correo era una fuente vital de apoyo moral y psicológico para los combatientes y sus familias.
Un ejemplo de censura aparece en la película Feliz Navidad de Christian Carion, que muestra la Navidad de 1914. En ella se ve cómo los oficiales revisan el correo para asegurarse de que los soldados no describan la fraternización que surgió entre franceses y alemanes durante la tregua; ese episodio debía ocultarse para mantener la imagen del enemigo.
Los periódicos también estaban bajo control: no podían publicar la verdadera situación en el frente y terminaban repitiendo la misma propaganda oficial. Cuando, finalmente, los soldados regresaban a casa tras conseguir un permiso, se llevaban la sorpresa de encontrar a sus familias totalmente ajenas al horror de las trincheras.