
Uno de los grandes temas que marcó el reinado de Felipe el Hermoso fue su enfrentamiento con la Santa Sede, encabezado por el Papa Bonifacio VIII.
Los primeros choques (1296‑1299)
En enero de 1296, el rey, escaso de recursos, solicitó a la Asamblea del Clero la supresión del diezmo. El clero protestó, considerándose agraviado. El 24 de febrero, Bonifacio emitió la bula Clericis laicos, que prohibía cualquier recaudación de impuestos al clero sin autorización papal y acusaba al poder temporal de explotar al clero para ampliar su dominio.
Antes de que la bula se publicara (18 de agosto), Felipe había firmado una orden el 17 de ese mismo mes que prohibía la salida de oro y plata del reino, medida destinada a facilitar su política de devaluación, pero que ponía en aprietos a la papatura. En respuesta, el Papa, furioso, promulgó la bula Ineffabilis Amor en septiembre.
El conflicto se calmó temporalmente cuando, en febrero de 1297, Bonifacio anuló Clericis laicos mediante la bula Romano Mater Ecclesia. El 31 de julio, la bula Etsi de statu autorizó al clero a aceptar un nuevo diezmo. Además, el Papa mostró buena voluntad al cerrar el proceso de canonización de Luis IX, San Luis. Sin embargo, a finales de 1299, cuando Bonifacio propuso arbitrar la nueva disputa franco‑inglesa, Felipe respondió que “el gobierno del reino le pertenece a él y solo a él” y que “no reconoce a ningún superior”.
Escalada del conflicto (1301‑1303)
En julio de 1301, Felipe arrestó al obispo de Pamiers, Bernardo Saisset, amigo del Papa, bajo acusaciones de herejía, traición y sedición. Saisset compareció en Senlis ante el rey y sus consejeros. Un memorial redactado por Pierre Flotte alertó al Papa, quien en diciembre respondió con la bula Ausculta fili, reivindicando la supremacía de la Santa Sede y convocando un concilio en Roma.
Enfurecido, el rey y su consejo quemaron la bula y prohibieron cualquier comunicación con la Santa Sede. El 10 de abril de 1302, en una asamblea en Notre‑Dame, los nobles, prelados y representantes de las ciudades afirmaron la superioridad temporal del rey y prohibieron a los obispos asistir al concilio, aunque muchos prelados viajaron a Roma en noviembre.
Bonifacio respondió con la famosa bula Unam sanctam, que proclamaba la existencia de “dos espadas, la espiritual y la temporal”, afirmando la superioridad de la primera y declarando que “es absolutamente necesario que todo ser humano se someta al pontífice para alcanzar la salvación”. Felipe fue amenazado con excomunión. En marzo de 1303, el rey convocó otra asamblea en el Louvre, donde el consejero Nogaret exigió la deposición del Papa y la convocatoria de un concilio general.
Con el apoyo de la familia Colonna, enemiga de los Orsini (parientes de Bonifacio), Nogaret intentó secuestrar al Papa en Anagni el 7 de septiembre. Bonifacio murió un mes después.
Consecuencias y la nueva era papal
El sucesor de Bonifacio, Benedicto XI, mostró indulgencia al absolver a Felipe y a sus barones, pero llamó a Nogaret a comparecer en mayo de 1304. Benedicto falleció en julio de 1304, bajo sospechas de envenenamiento. El papado quedó vacante más de un año; el 14 de noviembre de 1305, los cardenales eligieron a Bertrand de Goth, arzobispo de Burdeos, como Clemente V.
Clemente V nombró a nueve cardenales franceses, lo que enfureció a los italianos. En 1309 trasladó la corte papal a Aviñón, iniciando el período conocido como la “cautividad de Babilonia”, que duraría hasta 1378. En 1311, el nuevo Papa revocó todas las decisiones de Bonifacio contra Felipe, consolidando el absolutismo real sobre la pretensión de supremacía papal.