Un tablero de juego Wari en el Valle de Ayacucho, Perú
El ser humano ha sentido siempre una fascinación singular por los juegos. Esta necesidad de jugar parece tan esencial como el lenguaje y se manifiesta en todas las culturas, sin importar su complejidad social o económica. Desde cazadores‑recolectores hasta poblaciones urbanas, todos participan de alguna forma en juegos, lo que sugiere que también lo hacían las civilizaciones del pasado. En muchas regiones existen evidencias materiales que confirman la práctica lúdica, pero en los Andes centrales la evidencia ha sido escasa o mal identificada.
Los documentos coloniales, sin embargo, afirman que los incas jugaban varios juegos, algunos con tableros y dados llamados pichqa. En quechua, puklay significa “jugar”. A pesar de estas referencias, el tablero de juego inca sigue sin hallarse; sólo se conocen los dados. Los pueblos preincaicos, que antecedieron a los incas, también podrían haber jugado, pero la arqueología apenas ha mencionado tableros o juguetes de esa época.
Un tablero Wari descubierto en Pumapukyo
Durante una excavación de rescate en Pumapukyo, valle alto de Ayacucho, se halló accidentalmente una tabla semi‑rectangular de toba volcánica de 24 × 20 × 10 cm. El sitio estuvo habitado durante el apogeo del estado Wari (550‑1000 d.C.), varios siglos antes del Imperio Inca. Este hallazgo es único, pues hasta ahora no se había encontrado un objeto similar asociado al periodo Wari.
El tablero es una pieza sólida con 21 compartimentos de formas y tamaños variados. En dos esquinas opuestas aparecen dos recintos rectangulares; a cada lado de ellos hay seis cajas más pequeñas alineadas al borde. En el centro hay tres recintos rectangulares, dos de ellos contiguos, que son ligeramente más grandes que los anteriores. La distribución sugiere un uso estructurado, posiblemente lúdico.
Objetos con características semejantes se han reportado en Cuenca (Ecuador), la costa norte del Perú y la región de Ancash, en los altos centrales del país. El de Cuenca proviene de una tumba Cañari y es muy parecido al de Pumapukyo. El de Ancash (Pashash) data de fases tempranas del período intermedio (100‑550 d.C.), lo que lo convierte en el tablero más antiguo conocido de los Andes centrales. En la costa central, en Pachacamac, se encontró otro tablero redondeado con 21 compartimentos.
Estos objetos fueron interpretados anteriormente como modelos arquitectónicos o mapas. Es probable que su escasa aparición en la literatura arqueológica sea consecuencia de una identificación errónea. Muchos investigadores los consideran tableros de juego, quizás de un juego tipo ludo, mientras que otros sugieren una relación con rituales de batalla o con representaciones miniaturizadas de espacios geográficos.
¿Cómo se jugaba? No se conocen las reglas exactas, pero se pueden inferir a partir de la disposición de los recintos. En la tradición inca el juego pichqa utilizaba dados marcados con una X para indicar el número cinco y contaba con árbitros que velaban por el cumplimiento de las normas. Es plausible que los tableros Wari siguieran una lógica similar.
Posible modo de juego
Testimonios de la región noroeste de Argentina indican que un juego con dados y fichas (granos de maíz, frijoles o piedras) se jugaba hasta finales del siglo XIX. Las fichas se movían de casilla en casilla según el resultado del dado; el tablero podía ser dibujado directamente en el suelo y adoptar formas redondas o cuadradas según el número de participantes. En los tableros de Pumapukyo, los pares de recintos en las esquinas podrían llamarse “Casa Grande”, mientras que los recintos centrales se denominaban “Agua”.
Según la misma fuente, de dos a cuatro jugadores, cada uno con cuatro fichas (llamadas “soldados”), iniciaban el juego colocando sus fichas en la Casa Grande. Cuando había cuatro jugadores, formaban parejas que se sentaban junto a la Casa Grande y podían cooperar sin eliminarse mutuamente.
La presencia de dos recintos adyacentes en el centro del tablero podría reflejar la dualidad social andina: hanan (alto) y hurin (bajo). En comunidades como Sarhua, ambas mitades (ayllus) colaboran en obras colectivas, como la construcción de puentes colgantes. Así, el juego podría haber simbolizado la interacción entre dos ayllus, bajo el nombre de tinkuy, una “reunión” o batalla ritual.
Para mover una ficha fuera de la Casa Grande era necesario lanzar el dado y obtener un pichqa (cinco). A partir de ahí, la ficha avanzaba sin retroceder. Si encontraba fichas contrarias, las “comía” y las retiraba del juego. Llegar a la Casa Grande del oponente requería volver a lanzar pichqa. Si una ficha completaba una vuelta completa sin ser capturada, podía entrar en los recintos de Agua; allí permanecía a salvo y sumaba puntos para el conteo final. El ganador era quien más fichas lograra colocar en Agua o quien eliminara a todas las fichas adversarias.
Bernabé Cobo, cronista español, relata que el inca Tupa‑Inka Yupanqui ganaba con el número uno en un juego de pichqa, lo que sugiere que el juego incluía tanto dados como tablero, aunque el propio tablero no ha sido descrito.
Es posible que cuatro jugadores participaran en el tablero de Pumapukyo, dos por cada lado, moviendo sus fichas en sentido antihorario (más cómodo para diestros). El juego, además de ser una actividad recreativa, podía estar ligado a premios materiales, como la entrega de un ayllu entero, según relatos incaicos.
En cualquier caso, el hallazgo del tablero de Pumapukyo demuestra que los juegos de mesa existían en los Andes centrales mucho antes del Imperio Inca. Aún no se ha encontrado dados Wari; su descubrimiento corroboraría la antigüedad del juego pichqa y su continuidad preincaica.
Importancia antropológica
Los juegos son una manifestación universal que combina reglas, estrategia y diversión, ofreciendo una ventana a la psicología y la organización social de una cultura. Analizar los tableros Wari permite comprender que esta civilización no difirió de otras en su necesidad de jugar, y que la escasez de evidencia material hasta ahora se debió más a una identificación equivocada que a la ausencia de juego.
El tablero de Pumapukyo abre nuevas líneas de investigación sobre el ocio, la competencia y los rituales lúdicos en los Andes precolombinos, recordándonos que aún queda mucho por descubrir sobre los antiguos juegos de la región.