Durante mucho tiempo se pensó que las mujeres prehistóricas se limitaban a recolectar, cuidar a los niños y preparar la comida en la cueva. Ese estereotipo, popularizado por los estudios del siglo XIX, comenzó a ser cuestionado en EE. UU. y, más recientemente, en Europa. El hallazgo de un esqueleto femenino de 9.000 años de antigüedad en los Andes peruanos refuerza la necesidad de replantear esas ideas.
La joven fue sepultada junto a todo su equipo de caza: herramientas de piedra, incluyendo puntas de lanza diseñadas para rastrear y despiezar grandes mamíferos. Esto indica que participaba en una actividad que antes se atribuía exclusivamente a los hombres. Como determinar el sexo de un esqueleto tan antiguo resulta complicado, Randall Haas, arqueólogo de la Universidad de California, analizó las proteínas del esmalte dental y los genes ligados a los cromosomas X e Y. Los resultados confirmaron que se trataba de una adolescente de unos 18 años.
¿Un caso excepcional?
El equipo de Haas identificó 107 sitios funerarios de la misma época en América del Norte y del Sur. En 27 de ellos se encontraron herramientas de caza y se pudo determinar el sexo de los individuos; 11 resultaron ser mujeres. Según los autores, esos datos sugieren una participación equitativa de ambos sexos en la caza.
Otros antropólogos, sin negar la importancia del descubrimiento, siguen escépticos respecto a una división igualitaria de tareas. Basan sus argumentos en los estudios de sociedades cazadoras‑recolectoras contemporáneas, donde la caza sigue siendo predominantemente masculina. Consideran que los casos de mujeres cazadoras son excepciones. Sin embargo, la prehistoriadora Marylène Patou‑Mathis (CNRS) sostiene que nunca se ha probado esa distribución tradicional y que está influenciada por prejuicios de género. En su nuevo libro El hombre prehistórico también es mujer (Allary Editions) desmonta esas ideas recibidas.