Vista de una sala del templo de Abu Simbel, Egipto, decorada con columnas que representan al dios Osiris • ISTOCKPHOTO
Osiris es, sin duda, el dios más popular de la antigua Egipto, aunque su culto se difundió relativamente tarde. No fue sino hasta la mitad de la V dinastía (alrededor de 2400 a.C.) que su nombre comenzó a aparecer en las fórmulas grabadas en los monumentos funerarios y se extendió por todo el país.
«El que preside a los occidentales»
Osiris sustituyó a deidades arcaicas como Ândjty en Bousiris y se sincretizó con otras en formas compuestas, como Ptah‑Sokar‑Osiris en Menfis, o sobre todo Osiris‑Khenty‑Imentyou. Khenty‑Imentyou, cuyo nombre significa «Él que preside a los occidentales» (los muertos), era venerado en Abydos, un lugar sagrado desde tiempos protodinásticos porque su topografía parecía conectar el mundo de los vivos con el de los muertos.
El templo y el culto de Osiris alcanzaron fama panegírica en esta ciudad, especialmente durante el Imperio Medio y el Nuevo Reino. Sesostris III talló un enorme monumento funerario en la montaña y Seti I construyó un complejo que incluía templo y cenotafio con un simbolismo arquitectónico muy elaborado. Los peregrinos acudían a Abydos para rendir homenaje al «gran dios», participar en sus elogios y erigir sus propias tumbas cenotáficas, creyendo que la santidad del sitio beneficiaría su destino después de la muerte.
Con el tiempo, la atracción de Abydos cedió un poco a Philae, pero el culto de Osiris siguió prosperando en todo Egipto. Escritores griegos y romanos lo describen como universalmente adorado, y cada región contaba con su propio culto: santuarios, relieves, árboles sagrados, espíritus protectores, tabúes y sacerdotes especializados. Un ejemplo destacado es el templo de Dendera, donde, bajo la autoridad de Hathor, coexistían seis capillas independientes dedicadas a Osiris.
Asesinado y desmembrado
¿Cuál es la razón de esta extraordinaria popularidad? El mito de Osiris. Los egipcios no dejaron una narración continua; la versión más coherente proviene del filósofo griego Plutarco (46‑125 d.C.). De fragmentos anteriores se pueden extraer los trazos principales.
Osiris pertenece a la cuarta generación de la Enéada, el conjunto de los nueve dioses primordiales. Tras Atum, creador que engendró a Shu y Tefnut, nacen Geb (la Tierra) y Nut (el Cielo). De su unión surgen cuatro hijos: los hermanos Osiris y Seth, y las hermanas Isis y Neftis. La rivalidad familiar lleva a Seth a asesinar a Osiris en la ribera de Nedit, desmembrar su cuerpo y arrojar los pedazos al río.
Isis, esposa fiel, emprende una incansable búsqueda, reúne los restos de su marido y los vuelve a unir. Según una tradición, sólo el falo fue devorado por un oxirrínquio (una especie de lucio). Isis logra revivirlo lo suficiente para concebir a Horus, a quien protege en los pantanos para que escape de la furia de Seth. Cuando Horus crece, derrota al asesino de su padre y reclama el trono.
Esperanza en la resurrección
El mito se desdobla en tres temas principales que se entrelazan: la figura de Isis como esposa devota y madre astuta; Horus, el dios niño que supera la hostilidad para asegurar la sucesión de padre a hijo; y, sobre todo, la promesa de renacimiento simbolizada por Osiris.
Osiris encarna la esperanza humana de que la muerte no es un final absoluto, sino una fase de un ciclo que precede al renacer. Su nombre, aún enigmático, podría derivar de la raíz *usr* ("ser poderoso") o significar "principio de creación", pero en cualquier caso representa la fuerza regeneradora de la naturaleza.
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El ciclo vegetal, en el que la materia vuelve a la tierra para germinar, se ilustra con los granos de maíz que brotan del cuerpo momificado de Osiris. Esta imagen se materializa en el ritual del mes de Khoiak (cuarto mes de la temporada de inundaciones, de mediados de septiembre a mediados de octubre). Durante los días 21‑30 de Khoiak, se colocaba una figura de Osiris‑grano en una vasija de arcilla para que germinara, y estos “Osiris vegetativos” formaban parte del ajuar funerario como símbolo de fertilidad.
Se asociaba a Osiris con el Nilo: las aguas que brotaban de su cadáver en descomposición se creían responsables de la inundación anual que renovaba los cultivos.
En el oeste del Valle, donde se enterraban los muertos, se accedía al Duat, un mundo subterráneo fértil cruzado por ríos y cubierto de cereales. Allí reinaba Osiris en forma humana, con una corona de plumas de avestruz y, a veces, sobre cuernos de carnero. Su piel podía ser negra (símbolo de la tierra) o verde (símbolo del crecimiento). Cada difunto aspiraba a emigrar a ese reino.
Contraseña para el más allá
Para lograrlo, debía superar la prueba del juicio de los muertos. Ante una corte presidida por Osiris, el corazón del difunto se colocaba en una balanza junto a la pluma de Maat, diosa de la justicia. El condenado debía pronunciar la "confesión negativa", negando haber cometido infracciones. No se trataba de absolución moral, sino de demostrar que no se había violado ningún tabú, usando los nombres y fórmulas mágicas que equilibraban la balanza.
Osiris también regía el ciclo lunar y la aparición de la estrella Sirio, fenómenos que coincidían con la inundación del Nilo. Con el tiempo surgió una competencia entre la supervivencia “solar” (asociada a Ra) y la “ctónica” (asociada a Osiris). Los teólogos egipcios buscaron sintetizar ambas, como muestra la famosa escena del túmulo de Nefertari, donde un carnero lleva el disco solar y el cuerpo momificado, expresando: «Osiris en reposo bajo la forma de Ra es Ra en reposo bajo la forma de Osiris».
Más información
Ritos y creencias de la eternidad, I. Franco, Pygmalion, 1993.
La muerte y más allá en el Antiguo Egipto, J. Assmann, Editions du Rocher, 2003.
Cronología
2407‑2384 a.C. Primera mención de Osiris en un dintel de la mastaba de Ptahshepses, dignatario de la V dinastía.
2350‑2321 a.C. Textos en la pirámide de Unas (VI dinastía) aluden al mito osiriano.
1150‑1145 a.C. Papiro de Deir el‑Medina (época de Ramsés V) conserva una versión literaria del conflicto Horus‑Seth.
85 d.C. Plutarco escribe el tratado Isis y Osiris tras visitar Egipto.
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Acceder al reino de Osiris requería superar el juicio del corazón. El difunto negaba haber violado prohibiciones y su corazón se pesaba contra la pluma de Maat. Si fallaba, era devorado por el Gran Devorador. Los textos del Libro de los Muertos, especialmente el capítulo 125, ofrecían nombres de jueces y fórmulas mágicas para influir en el veredicto.
Imagen codificada
Un dios envuelto en un sudario blanco
Osiris suele representarse cubierto por un sudario blanco ceñido con una faja roja doble, con los antebrazos cruzados sobre el pecho. Sostiene en la mano derecha el cetro heka y en la izquierda el flagelo, símbolos de poder. Lleva una corona blanca de Alto Egipto adornada con dos plumas de avestruz y una barba postiza. Su piel es verde, aludiendo a la fuerza regeneradora de la vegetación. A sus pies se sitúa un emblema (el “imy‑out”) que representa un mástil con los restos de un animal desollado, reinterpretado como el envoltorio que conservó los restos de Osiris durante su reconstrucción.