La cuestión de si Juana de Arco sabía leer o escribir sigue sin resolverse con certeza. Durante el siglo XIX la mayoría de los historiadores la describieron como analfabeta: los católicos argumentaban que sus respuestas eran dictadas por Dios, mientras que los republicanos la presentaban como una hija del pueblo, sin educación formal. En los años 60 del siglo pasado surgieron nuevas interpretaciones que intentan situar a Juana dentro del contexto cultural medieval.
Alfabetismo en la Edad Media
En la época medieval la población se dividía entre clérigos alfabetizados, que asistían a escuelas de latín y universidades, y laicos mayoritariamente analfabetos. Sólo una minoría de la nobleza y de los mercaderes sabían leer y escribir, y las mujeres estaban prácticamente excluidas de la educación formal. Las bibliotecas femeninas eran escasas y, cuando existían, contenían principalmente libros devocionales en lengua vernácula.
El entorno de Juana
Juana nació en Domrémy, una aldea sin escuela. La escuela más cercana estaba en Maxey‑sur‑Meuse, fundada en 1369 para enseñar a leer a los hijos de campesinos acomodados. No hay constancia de que su padre o su hermano Jean, futuro provost, asistieran a esa escuela, y Juana nunca recibió educación formal.
Los documentos de su juicio (1431) recogen su propia declaración: «No sé leer ni escribir». Cuando llegó a Poitiers ante los inquisidores, admitió no reconocer ni la letra A ni la B. Durante el proceso, la lectura de los cargos se le hizo en voz alta, lo que confirma su analfabetismo.
¿Sabía firmar?
En la época medieval «firmar» (signare) no implicaba necesariamente escribir su propio nombre. Juana podía hacer que sus cartas fueran dictadas a secretarios como su confesor Jean Pasquerel, a un primo monje cisterciense o a un mensajero llamado Raoul. La firma podía consistir en un sello, una marca o la autenticación de un notario, práctica habitual entre la gente llana.
Su lengua y dialecto
El discurso de Juana estaba impregnado del dialecto loreno. Usaba expresiones como «en el nombre de De» o pronunciaba la j como ch. No hablaba el francés cortesano de París, pero su forma de expresarse era perfectamente comprensible para los oyentes de la época.
El concepto de «simple»
Al final de la Edad Media, los analfabetos fueron reunidos bajo la categoría de «simples», es decir, personas de corazón humilde y sin formación académica. La Iglesia los consideraba dignos de salvación porque su fe era directa y no contaminada por dudas intelectuales. Juana encajaba en este modelo: una campesina devota, sin conocimientos de política, derecho o teología, pero guiada por lo que ella creía que Dios le revelaba.
El juicio de los educados
En Poitiers Juana se enfrentó a jueces formados, doctores en derecho canónico y teología. Su falta de educación la dejó vulnerable, pero también la hizo percibida como una figura de pureza y simplicidad que, según la tradición bíblica, podía recibir revelaciones divinas que a los eruditos les escapaban.
En resumen, la evidencia histórica indica que Juana de Arco era analfabeta: no sabía leer ni escribir, aunque sí podía autorizar documentos mediante sellos o la dictación a terceros. Su incapacidad para leer no impidió que su mensaje trascendiera, y su condición de «simple» fue fundamental para la imagen que la historia ha construido sobre ella.