
El ascenso del "Tigre"
Desde que ingresó en la política durante la Guerra Franco‑prusiana, Georges Clemenceau se convirtió en un maestro de la palabra. Sus artículos en La Justice, L’Aurore (en la época del caso Dreyfus) y Le Chaudron (durante la Primera Guerra Mundial) mostraron su capacidad de influir con la pluma. En la Cámara y después en el Senado, llegó a ser el "padre de los ministerios". A diferencia de Jaurés, que lo retó hasta 1914, Clemenceau utilizó el discurso como herramienta de acción, ocupando dos veces el cargo de Presidente del Consejo (Primer Ministro): de 1906 a 1909 y, de nuevo, de 1917 a 1920, cuando el Parlamento le negó la presidencia de la República, pese a su apodo de "Padre de la Victoria".
Los feroces ataques del "Tigre"
Como presidente del Comité del Ejército en el Senado, el 22 de diciembre de 1916 Clemenceau lanzó una dura crítica a Aristide Briand, presidente del Gobierno desde octubre de 1915. Denunció el "optimismo artificial" que hacía creer que, mientras los soldados morían en el fango, la retaguardia podía seguir alegremente. Briand cayó el 17 de marzo de 1917 y su sucesor, el radical Paul Painlevé, fue destituido el 13 de noviembre del mismo año. El momento de Clemenceau había llegado.
El presidente Raymond Poincaré, consciente de la capacidad de Clemenceau para unir a los diputados, lo llamó a formar Gobierno. El 8 de marzo de 1918, en la Cámara, pronunció su célebre frase «¡Yo hago la guerra!». En su discurso del 20 de noviembre de 1917 ya anunciaba la victoria que se concretaría el 11 de noviembre de 1918, describiendo un día en que "de París al más humilde pueblo, los estandartes vencedores, sangrados y rotos por los cañones, serían aclamados".
La ecuación de la última oportunidad
Para Clemenceau, la palabra se convirtió en voluntad. Su programa de gobierno representó la "última oportunidad" de Francia, que vivía una crisis militar, política y social. El fracaso de la ofensiva del Chemin des Dames (16 abril 1917) provocó mutinaciones y la destitución del general Nivelle, sustituyéndolo por el general Pétain. La inflación de la primavera provocó huelgas masivas; el pacifismo ganaba terreno hasta convertirse en mayoría de la opinión pública.
El 12 de noviembre de 1917, pese a la oposición de la mayoría socialista del SFIO, Clemenceau fue investido. No solo asumió la jefatura del Gobierno, sino también la de un verdadero "señor de la guerra", con autoridad suprema sobre el ejército y la nación. Contó con un círculo leal: Georges Mandel (jefe de gabinete), el general Mordacq (asesor militar) y Jules Jeanneney (diputado al Ministerio de Guerra).
La omnipotencia del poder ejecutivo
Tras la desidia de Briand y Painlevé, Clemenceau reorganizó el trabajo gubernamental desde el Hôtel de Brienne. Mantuvo el control de los asuntos militares, financieros, diplomáticos y del interior. El control parlamentario se redujo a un mero formalismo: el Presidente del Consejo gobernaba sin informar ni consultar a las Cámaras, y el presidente de la República quedó al margen de la gestión.
Esta omnipotencia se manifestó en juicios de Estado contra figuras como el ex‑ministro del Interior Louis Malvy y el ex‑presidente del Consejo Joseph Caillaux, impulsados por campañas de opinión que Clemenceau había iniciado al inicio de la guerra, apoyándose en la extrema derecha (Léon Daudet) y el nacionalismo (Maurice Barrès).
Pagando el "impuesto de sangre"
Como jefe de guerra, Clemenceau no introdujo grandes innovaciones estratégicas, pero respaldó a Pétain y a Foch, este último nombrado Comandante en Jefe de los ejércitos aliados en marzo de 1918. Despidió a varios generales para consolidar su autoridad. Entendía que la victoria dependía más del ánimo nacional que de la tecnología; la guerra había cambiado con tanques y aviones, pero Francia seguía apostando por sus recursos humanos, incluidas las colonias africanas.
Su concepto del "impuesto de sangre" exigía que Francia pagara con vidas para alcanzar la victoria, una idea que quedó plasmada tras la derrota alemana en la primavera de 1918.
Del conflicto a la paz
En la Conferencia de Paz de París (18 enero 1919), Clemenceau concentró en sus manos todas las facultades negociadoras de Francia, sin consultar al Parlamento ni al presidente de la República. Optó por la moderación: aceptó el armisticio pese a la oposición de Poincaré y evitó humillar al vencido. Tras la guerra, regresó a la vida democrática, dimitiendo el 18 de enero de 1920 ante la falta de apoyo a su candidatura presidencial.
El "Viejo" en las trincheras
Las visitas del "Tigre" a las trincheras, donde los soldados lo apodaron "el Viejo", dejaron imágenes imborrables. Un hombre de 76 años, vestido con un pesado traje negro, gorro de lana y bastón, se acercaba a la línea del frente. Jean‑Baptiste Duroselle estimó que, de los 360 días de guerra, Clemenceau dedicó 90 a esta "exhaustiva actividad". Su primera visita como presidente del Consejo fue el 19 enero 1918, cerca de Perthes, en la Marne. Según el historiador, tuvo un "impacto extraordinario" tanto entre combatientes como en la retaguardia, y le convenció de la estrategia de Pétain de consolidar posiciones en segunda y tercera línea, rompiendo el mito de la primera línea inexpugnable.
Para saber más:
Clemenceau, J.-B. Duroselle, Fayard, 1988.
Clemenceau, M. Winock, Perrin, 2011.
Clemenceau, señor de la guerra, J.-J. Becker, Armand Colin, 2012.