El tratado de Saint‑Clair‑sur‑Epte no incluía una cláusula que obligara a los vikingos a adoptar el cristianismo, pero, según el arzobispo Francon, el bautismo representaba la garantía de éxito: era la promesa de una paz estable y definitiva con los francos.
El historiador Dudon resume los hechos como si la conversión hubiera sido rápida y sin dificultades. Sin embargo, otras fuentes indican que el proceso fue largo y delicado. Entre 912 y 914, Gui, arzobispo de Rouen, creyó que la ceremonia bautismal transformaría los corazones de los recién convertidos, pero pronto se dio cuenta de su error. Incapaz de lograr la verdadera conversión, solicitó la ayuda de Hervé, arzobispo de Reims. Aunque la carta de Gui se ha perdido, conservamos la respuesta de Hervé, quien antes de actuar consultó al Papa Juan X sobre este delicado asunto.
Un lento proceso interior
En su respuesta, Hervé informa que los vikingos bautizados continuaban practicando sus ritos ancestrales: sacrificaban animales a sus dioses y asesinaban a cristianos. Para intentar reenfocar su vida hacia la fe cristiana, los clérigos de Rouen propusieron rebautizarlos, pero la medida no produjo el efecto deseado.
Hervé rememora conversiones históricas como las de Constantino y Clodoveo, subrayando que el bautismo no es un hecho adquirido, sino el inicio de un prolongado viaje interior. El retorno a conductas paganas no debe considerarse un sacrilegio que merezca sanciones severas, sino como fallos comprensibles en la profunda transformación espiritual que implica la conversión.
Por ello, no era necesario imponer cargas demasiado pesadas a los nuevos conversos. Hervé concluye que correspondía a los francos “convertirse primero”, entendiendo que el bautismo era solo la primera etapa de un largo camino de fe.