
Vampiro de Edvard Munch (1893). • WIKIMEDIA COMMONS
Durante los siglos XVIII y XIX una verdadera epidemia de creencias vampíricas se propagó por Europa. Como afirmaba Rousseau en 1762: «Si hay alguna historia documentada en el mundo, es la de los vampiros; no faltan testimonios, certificados de notables, cirujanos, sacerdotes y magistrados…». Aunque siempre hubo escépticos –Rousseau mismo o el escritor Charles Nodier en 1822– muchos pueblos creían firmemente en la existencia de estos seres y aseguraban haberlos visto.
El impulso principal de la histeria provino del benedictino Augustin Calmet, autor del Tratado de las apariciones de los espíritus y de los vampiros o fantasmas (1751), donde recopiló numerosos casos supuestos de vampirismo.
Calmet describía a los vampiros como «los muertos que salen de sus tumbas, acechan a los vivos, les chupan la sangre, hacen ruido en sus puertas y, a menudo, provocan su muerte». Para eliminar la amenaza recomendaba desenterrar el cuerpo, decapitarlo, empalarlo, quemarlo o perforarle el corazón. Señalaba que uno de los indicios de que un muerto se había convertido en vampiro era la falta de descomposición: «Al sacarlos del suelo se encuentran los cuerpos intactos, con sangre fresca y extremidades flexibles».
Cuerpos saponificados
Lo que Calmet interpretó como “no descomposición” tiene explicaciones científicas. En climas fríos y húmedos –comunes en Europa central y oriental– los cadáveres pueden sufrir saponificación, un proceso en el que los ácidos grasos se convierten en una sustancia cerosa similar al jabón que recubre el cuerpo y retrasa la putrefacción. El cuerpo resultante conserva cierta flexibilidad, pero no la de un ser vivo.
Otro rasgo que alimentaba la leyenda era la presencia de sangre líquida en los ataúdes. Calmet describía que los vampiros «beben sangre en tal abundancia que a veces ésta brota por la boca, la nariz y, sobre todo, por los oídos, llegando a que el cadáver quede sumergido en su propio fluido». En realidad, bajo bajas temperaturas la sangre puede permanecer líquida varios días; si el cuerpo se desenterraba dentro de ese periodo, aún podía haber sangre residual sin que ello implicara actividad sobrenatural.
La aparición de manchas de sangre o “cuerpos nadando en sangre” se explica también por hemorragias post mortem provocadas por golpes al mover el ataúd o por la presión interna del cadáver. Asimismo, ciertos trastornos pueden elevar los niveles de anticoagulantes en la sangre, favoreciendo derrames naturales.
El grito del corazón
Según la tradición, para acabar con un vampiro había que desenterrar el cuerpo y empalarlo en el corazón, lo que supuestamente provocaba un terrible grito. Calmet relata un caso en el que el vampiro, tras recibir una estaca afilada, “exclamó un grito horrible, como si estuviera vivo”. La explicación natural es que la estaca perfora los pulmones y la cavidad torácica, expulsando rápidamente el aire atrapado y produciendo un sonido que los presentes interpretaron como un lamento.
Cabellos y uñas que “crecen”
Otro mito popular afirmaba que los vampiros presentaban barba, pelo y uñas en continuo crecimiento. En realidad, tras la muerte la piel se deshidrata y se retrae, exponiendo la raíz del pelo y haciendo que parezca más largo. Lo mismo ocurre con las uñas, que aparecen más largas al contraerse la piel circundante.
El estudio de los casos históricos muestra que la mayoría de los fenómenos atribuidos a los vampiros son, en efecto, procesos post mortem malinterpretados. La falta de conocimiento sobre la descomposición y los procesos biológicos alimentó la superstición.
Curiosidades y mitos asociados
Más lecturas
El despertar de los vampiros. Sangre por sangre, de Jean Marigny, Gallimard, 2010.
Historias espeluznantes
Calmet narra, por ejemplo, el caso de Kisilova (Serbia, 1720), donde los aldeanos desenterraron a un hombre muerto semanas antes, le empalaron el corazón y lo quemaron tras presenciarlo “atacando” a varias personas.
Leeches medievales
Según la tradición, el término “vampiro” proviene del eslavo que significa “sanguijuela”. Hallazgos arqueológicos de esqueletos con estacas de hierro en el pecho respaldan la práctica medieval de empalar supuestos vampiros.
Azufre y luces fantasmales
Los olores de azufre y los fenómenos de luces nocturnas (fuegos fatuos) alrededor de las tumbas reforzaron la creencia de que cuerpos “malditos” emanaban energía sobrenatural.
Cómo acabar con un vampiro
El método más efectivo, según la tradición, era empalar el corazón, decapitar y quemar los restos. También se colgaba ajo alrededor del cuello o se untaba a niños y ganado para ahuyentarlos.