Historia antigua

Austria-Hungría: el último vals del imperio

Austria-Hungría: el último vals del imperio

Portada del Petit Journal del 12 de julio de 1914 que reconstruye el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria en Sarajevo, desencadenante de la Primera Guerra Mundial. © Wikimedia Commons

Todo comenzó el 28 de junio de 1914 en Sarajevo, cuando el archiduque Franz Ferdinand, heredero al trono austrohúngaro, fue asesinado por el joven nacionalista serbio Gavrilo Princip. Viena culpó de inmediato a Serbia, una tensión que se remontaba a la anexión de Bosnia‑Herzegovina en 1908.

Las guerras de los Balcanes (1912‑1913) habían reforzado a Serbia, mientras que el emperador Francisco José mantenía una política de paz, rechazando los planes belicistas de sus altos mandos.

La mecánica infernal de la guerra generalizada

El asesinato no solo afectó al archiduque, sino a la dinastía entera. Antes de decidir, Francisco José consultó a su aliado alemán. Berlín respondió sin ambigüedades: el Kaiser Guillermo II y el canciller Bethmann‑Hollweg le otorgaron el famoso «cheque en blanco». Con ese aval, Austria‑Hungría presentó un ultimátum a Serbia el 23 de julio; al considerarse insuficiente la respuesta serbia, se declaró la guerra el 25 de julio.

¿Se mantendría el conflicto local? Los círculos gobernantes de Viena creían que no. El año anterior ya habían amenazado a Serbia sin que Rusia interviniera, pero ahora se ponía en juego la propia supervivencia de Serbia como Estado independiente.

San Petersburgo, defensora del derecho a proteger a Serbia, no podía aceptar esa situación; Francia apoyaba a su aliado ruso, temiendo que una negativa dañara la alianza. Así, la maquinaria infernal se activó y la guerra se expandió de los Balcanes a toda Europa.

El 1.º de agosto Alemania declaró la guerra a Rusia y, dos días después, a Francia. Se formaron dos bloques antagónicos: Alemania‑Austria‑Hungría contra Rusia‑Francia, este último pronto reforzado por Inglaterra.

En la órbita de Berlín

Los conflictos internos de la monarquía dual habían dejado en el olvido la predicción de Bismarck: «Si el emperador Franz Joseph se pone a caballo, verá a todos los pueblos del imperio seguirle». El propio Franz Joseph veía cómo sus súbditos respondían al llamado de unidad sagrada, ocultando tensiones latentes.

Los primeros meses fueron desastrosos. En varios frentes el ejército austrohúngaro sufrió graves reveses: contra Serbia en el sur, contra Rusia en Galicia y contra los italianos en el Isonzo. En sus primeras batallas perdió un tercio de su personal y gran parte del cuerpo de oficiales.

Solo la intervención de tropas alemanas, bajo el mando del general von Mackensen, permitió derrotar a Serbia en noviembre de 1915 y recuperar terreno en el frente oriental en la primavera‑verano de 1915, expulsando prácticamente a Rusia de Polonia. Sin embargo, esa ayuda aumentó la dependencia de la monarquía dual respecto a Berlín.

Apertura de nuevos frentes

El Estado mayor austrohúngaro, al igual que sus rivales, había apostado por una guerra corta. Cuando la realidad demostró lo contrario, se vio obligado a abrir nuevos frentes. En mayo de 1915 Italia, tras firmar el Tratado de Londres, abandonó la Triple Alianza y se unió a la Entente, iniciando sangrientas batallas en el macizo del Isonzo. En agosto de 1916 Rumanía entró en la guerra, atacando Transilvania; la defensa austriaca sólo se sostuvo gracias a divisiones alemanas que derrotaron al ejército rumano y ocuparon Bucarest.

La unión sagrada comenzó a resquebrajarse. La escasez de alimentos, agravada por el bloqueo aliado, golpeó más a Austria que a Hungría, ya que la pérdida de Galicia redujo la producción de trigo austríaco mientras Hungría rehusaba exportarlo. Desde 1915 se instauraron racionamientos que se intensificaron progresivamente, afectando tanto al frente como al hogar.

Los primeros reveses militares y la pérdida de lealtad

El prolongamiento del conflicto erosionó la lealtad de las poblaciones eslavas. En 1915 aparecieron los primeros desertores en los regimientos checos. Al mismo tiempo, políticos exiliados fundaron comités independentistas: el Comité Yugoslavo (Croatas Supilo y Trumbić) en 1915 y el Consejo Nacional Checoslovaco (Masaryk) en 1916.

En 1916, los intentos ofensivos contra Italia fracasaron y, en el frente oriental, el gran ataque ruso de Brusilov (4 de junio) amenazó con colapsar el sistema austrohúngaro, facilitado por la deserción checa. Nuevamente fueron necesarias tropas alemanas, lo que subrayó la dependencia del imperio.

El 21 de noviembre falleció el emperador Francisco José. Aunque no había aparecido en público desde el inicio de la guerra, seguía siendo el polo de unión. Su sobrino nieto Carlos I heredó el trono, pero su autoridad estaba en entredicho.

Ciudades hambrientas y revolución social

Carlos I comprendió que la guerra había agotado al imperio. En marzo de 1917 intentó una paz de compromiso mediante una carta a Raymond Poincaré, aceptando las pretensiones francesas sobre Alsacia‑Lorena. La iniciativa chocó con el veto italiano y con la intransigencia del Kaiser Guillermo II, que se negaba a ceder.

Mientras tanto, la crisis alimentaria alcanzó niveles de hambruna; los disturbios en Viena y otras ciudades se intensificaron, creando caldo de cultivo para epidemias como la gripe española.

En enero de 1918, huelgas masivas paralizaron Viena. El Partido Socialdemócrata, que hasta entonces había defendido la monarquía, votó a favor de la independencia de los pueblos; 150 diputados checos presentaron un manifiesto pidiendo la liberación de su nación.

La desintegración de la monarquía dual

En abril‑mayo de 1918, tras la publicación de una carta de Clemenceau que denunciaba la posición austrohúngara sobre Alsacia‑Lorena, Carlos I se vio obligado a reafirmar su lealtad a Alemania. Los Aliados interpretaron esa decisión como el fin de cualquier esperanza de separar al imperio del Reich alemán y comenzaron a reconocer los consejos nacionales checoslovaco, polaco y yugoslavo.

El 16 de octubre Carlos emitió un manifiesto que autorizaba a los estados de la mitad austríaca a formar consejos nacionales, convirtiendo a Austria en una confederación de pueblos libres. La medida, tomada demasiado tarde, aceleró la desintegración.

El 18 de octubre los Aliados dejaron de reconocer a Austria‑Hungría. El 28 de octubre estalló una insurrección en Praga; el 30 de octubre el Dieta de Zagreb proclamó el Estado de los eslavos del sur; el 21 de noviembre los representantes austro‑alemanes en Viena formaron una asamblea provisional que pidió la anexión a Alemania; y a finales de octubre Hungría también se separó.

El 3 de noviembre se firmó el armisticio de Villa Giusti con Italia; el 11 de noviembre Carlos I renunció a ejercer el poder, poniendo fin a una monarquía que había durado casi 650 años.

Austria‑Hungría murió de agotamiento. La guerra prolongada y la falta de recursos profundizaron grietas que se convirtieron en fracturas irreparables, llevando al colapso definitivo en octubre de 1918.

Para profundizar
La agonía de una monarquía. Austria‑Hungría, 1914‑1920, Jean‑Paul Bled, Tallandier, 2017.
Réquiem por un imperio muerto, François Fejtö, Perrin, 2014.

Francisco José, soberano trágico
Nacido en 1830 y fallecido en 1916, subió al trono en 1848 tras la revolución de 1848. Su largo reinado estuvo marcado por derrotas militares (Magenta, Solferino, Sadowa) y la pérdida de territorios en Italia y Alemania. En 1867 se estableció la monarquía dual. Su vida estuvo plagada de tragedias familiares, entre ellas el asesinato de su esposa Isabel y el de su sobrino Franz Ferdinand.

El imperio y su mosaico de nacionalidades
Austria‑Hungría albergaba al menos 11 nacionalidades. Los alemanes eran solo una cuarta parte de la población total y alrededor del 35 % de Austria. Los húngaros representaban el 48 % en Hungría. La falta de políticas de germanización en Austria y la intensa magiorización en Hungría generaron tensiones, especialmente en Bohemia, donde los checos buscaban mayores derechos.

El Tratado de Trianón y la desmembración de Hungría
Tras la derrota, el Tratado de Saint‑Germain (para Austria) y el de Trianón (para Hungría, 4 de junio 1920) redefinieron fronteras. Hungría pasó de 325 000 km² a 92 600 km² y de 21 millones de habitantes a 8 millones, perdiendo territorios que pasaron a Polonia, Checoslovaquia, Yugoslavia y Rumanía. El revanchismo húngaro siguió siendo una constante en la política de entreguerras y aún hoy alimenta debates.