Las ruinas de Whitechapel y Spitalfields eran el único refugio para mujeres sin recursos que no podían pagar ni el módico alquiler de una habitación en los doss‑houses, pensiones de categoría muy baja con habitaciones sucias y compartidas, cuyo pago se exigía por adelantado.
Al momento de sus asesinatos, Mary Ann Nichols y Annie Chapman buscaban clientes que les permitieran costear la habitación. Chapman llevaba consigo todas sus pertenencias, al igual que otras mujeres que temían ser robadas mientras dormían o que pasaban la noche en la calle por no poder costear un alojamiento. El sexo se practicaba en la calle, de pie, en rincones discretos, nunca en la intimidad de una habitación.
Para estas mujeres, la prostitución era la única fuente de ingresos, ya que carecían de apoyo masculino y sus ganancias eran escasas e irregulares: Annie Chapman vendía flores y hacía encajes; Elizabeth Stride limpiaba habitaciones; Catherine Eddowes trabajaba en la recolección de lúpulo para la cerveza en Kent…
Compartían la misma miseria. El marido de Nichols la abandonó por la bebida; después de separarse, el esposo de Chapman le pagaba una pensión, pero murió; el marido de Stride también falleció; Eddowes vivía con un tal John Kelly en una pensión que abandonó la noche de su muerte porque no podía pagar la mitad de la cama. Tras la muerte de su esposo, Kelly cambiaba de compañera con frecuencia y, pocas horas antes de su muerte, ella conversó con su último amante, Joseph Barnett, un transportista de pescado sospechoso de los crímenes.
Una vida así no era fácil. El alcohol era una constante: Nichols, Chapman, Eddowes y Kelly estaban ebrias la noche de sus asesinatos (Eddowes, tras desmayarse por la bebida, pasó varias horas en la comisaría). La soledad, el alcohol y la necesidad de conseguir unos pocos centavos para protegerse del frío y la humedad de Londres convertían a estas mujeres en presas fáciles del asesino que rondaba las calles: Jack el Destripador.