Historia antigua

Belle Époque

Belle Époque se refiere al periodo de la historia europea comprendido entre las dos últimas décadas del siglo XIX y el estallido de la Gran Guerra en 1914, aproximadamente de 1880 a 1914.

En 1900, París acogió la Exposición Universal, que atrajo a casi cuarenta millones de visitantes y reveló la extraordinaria confianza de Europa en sus valores y en el futuro. La preeminencia del pensamiento, el arte, la literatura y la música (Wagner, Verdi, Puccini) era indiscutible. Londres se autoproclamó "el corazón del mundo" (H. G. Wells), mientras que París se consolidó como capital del arte y la elegancia, extendiéndose a Montecarlo, la Costa Azul, Brighton, el Lido veneciano, la Riviera italiana, Baden‑Baden, Biarritz y, en España, San Sebastián. Berlín, Viena, Praga, Múnich, Barcelona, Roma y Florencia también fueron focos de modernidad.

Aunque gran parte de Europa seguía siendo rural (cerca del 50 % de Europa occidental y el 90 % de Europa oriental), ciudades como Londres mostraban una cara diferente. Con 6,5 millones de habitantes en 1900, Londres era el centro financiero mundial, un puerto fluvial vibrante y el principal motor industrial del Reino Unido. La ciudad contaba con una red ferroviaria nacional, estaciones monumentales (Victoria, Paddington, Euston, Waterloo), un metro totalmente electrificado (1900‑1910), autobuses (desde 1904) y taxis (desde 1907). Era sede del gobierno y del Imperio Británico, albergaba hoteles y cafés de lujo (como el Royal, favorito de Oscar Wilde), y museos de renombre (British Museum, National Gallery, Tate, Victoria & Albert). Además, Londres era la capital del consumo, con grandes almacenes como Harrods (1905), Marks & Spencer (1907) y Selfridges (1909).

Sociedad en la Belle Époque

Los últimos veinte años del siglo XIX y los primeros del XX fueron, en Europa, una época de profundas transformaciones económicas y sociales. La segunda revolución industrial (acero, electricidad, química) impulsó el desarrollo urbano e industrial, multiplicando las oportunidades de empleo y la movilidad social. La clase media –doctores, abogados, arquitectos, ingenieros, funcionarios, maestros, comerciantes y técnicos– fue la principal beneficiaria. En Gran Bretaña, el sector servicios empleaba al 45,3 % de la población activa en 1911, y el 30 % se autodefinía clase media.

La clase obrera industrial, vinculada a la minería, el acero, la química y los ferrocarriles, consolidó su identidad de clase. Obras como Germinal de Zola (1885) y Los tejedores de Gerhart Hauptmann (1892) marcaron su literatura. Alrededor de 1900, la clase obrera contaba con aproximadamente 13,8 millones de trabajadores en Gran Bretaña (5 millones mineros), 11 millones en Alemania, 6 millones en Francia, 3 millones en Rusia y 2,5 millones en Italia.

La vida colectiva cambió radicalmente. En las grandes ciudades, la interacción se volvió impersonal y anónima; los círculos de la nobleza y la alta sociedad se restringieron a clubes, salones, hipódromos, óperas, casinos, parques y avenidas distinguidas, mientras la influencia de la vida religiosa disminuía. La prensa modelaba cada vez más la conciencia urbana y surgieron nuevas formas de cultura colectiva: music hall, prensa sensacionalista, cine y eventos deportivos.

Aristocracia y alta burguesía

En el West End londinense (Belgravia, Mayfair) se concentraban residencias elegantes de estilo clásico, mansiones aristocráticas y grandes edificios administrativos.

El «gentleman», prototipo social de la Inglaterra victoriana y eduardiana, encarnaba el ideal de cortesía y fair play. En París, la alta sociedad se desplazó del centro a partir de 1880 hacia zonas como la Place de l’Étoile, un barrio lujoso; Marcel Proust, por ejemplo, se instaló en 1919 en el número 44 de la rue Hamelin.

Los retratos de la aristocracia y la alta burguesía de la Belle Époque, realizados por pintores de gran técnica como John Singer Sargent, Giovanni Goldini, Philip de László, Anders Thorn, Joaquín Sorolla o Ignacio Zuloaga, expresan la seguridad que estas clases poseían –antes de 1914– en sus valores, estilo de vida y prestigio social. Sargent, en particular, llegó a crear más de ochocientos retratos, todos ellos de gran belleza.


Publicación anterior
Publicación siguiente