Contexto y primeras victorias otomanas
En 1695, aprovechando la implicación del Imperio otomano en la guerra contra Francia, el nuevo sultán Mustafa reunió un gran ejército y atacó a las fuerzas imperiales en Hungría. Con 50.000 hombres derrotó a los 8.000 soldados del general Veterani en la batalla de Lugos (20 de septiembre de 1695) y avanzó al norte.
Al año siguiente, en la batalla de Olacin, el sultán aniquiló al ejército imperial de Augústio de Sajonia, que contaba con 50.000 hombres. La victoria dejó al imperio amenazado: si los turcos continuaban su avance, pronto recuperarían toda Hungría, los pasos del Danubio y, desde allí, Viena.
La petición de Eugenio de Savoya
Tras la captura de Belgrado por los otomanos, el mariscal Eugenio de Savoya se presentó ante el emperador austríaco y solicitó el mando de una nueva campaña contra los turcos. Con los frentes occidentales prácticamente inactivos, era posible concentrar fuerzas, pero la cuestión era quién dirigiría la operación.
El estado del ejército imperial
Después de la derrota en Olacin, el ejército imperial en los Balcanes se había convertido en una masa desorganizada, sin suministros, comida ni disciplina. El elector de Sajonia, Augústio el Fuerte, y su asesor Caprara no pudieron reconstituir el ejército ni inspirar a las tropas.
Eugenio fue finalmente elegido. El 27 de julio de 1697 se encontraba frente a la fortaleza de Petrovaradin, en la margen norte del Danubio, con unos 30.000 soldados austriacos, sajones y prusianos alineados a la espera de su inspección.
Primeras reformas de Eugenio
Al llegar, el mariscal, vestido solo con una túnica marrón desgastada y portando su bastón, inspeccionó a los coloneles y constató la falta de pago y la escasez de alimentos, que había llevado a los soldados a saquear poblaciones amigas. Para resolverlo, impuso un “préstamo” obligatorio, compró alimentos y los distribuyó, eliminando la razón para el saqueo.
Restauró la disciplina, organizó depósitos de municiones y, con la ayuda de los habitantes locales, creó una flota de barcazas para abastecer al ejército a través del Danubio, superando la dificultad del terreno pantanoso.
La amenaza turca y la estrategia defensiva
El emperador le ordenó actuar con extrema cautela, pues una revuelta húngara se había gestado en el interior del imperio. Eugenio, obedeciendo, construyó una línea de fortificaciones a lo largo del Danubio y el Tisza, entre Petrovaradin y Steged, y estableció almacenes de suministros.
La marcha turca y el enfrentamiento en Zenda
El 19 de agosto de 1697, patrullas hussáricas informaron que una enorme fuerza turca había cruzado el Danubio en su confluencia con el Tisza. El sultán Mustafa II lideraba a 60.000 infantes, 40.000 caballería y 200 cañones, y llevaba carruajes cargados de cadenas para esclavizar a los cristianos.
Eugenio, al tanto del movimiento, concentró sus tropas y, el 11 de septiembre, alcanzó Zenda, donde capturó a un pasha turco que reveló que el ejército otomano estaba construyendo un puente flotante de 60 barcazas.
Con apenas cinco horas antes del anochecer, Eugenio ordenó a sus hussares y dragoons atacar la orilla mientras la infantería imperial se desplegaba detrás de la línea de carruajes turcos.
La masacre
Los turcos, rodeados y sin posibilidad de fuga, intentaron romper la línea gritando “¡Alá, Alá!”. Los regimientos de infantería austriacos, bajo fuego disciplinado, dejaron caer una lluvia de disparos a menos de 30 metros de distancia. La masacre fue brutal: más de 30.000 soldados otomanos cayeron en el banco del río, que se tiñó de rojo.
Los pocos supervivientes fueron masacrados a espada; incluso el gran visir fue abatido. El sultán, al ver la derrota, abandonó sus caballerías, dejando atrás cañones, carruajes y 3.000.000 de monedas otomanas, 9.000 carruajes, 21.000 animales y siete caballos capturados.
Consecuencias
Las bajas austriacas fueron mínimas: 300 muertos y 1.800 heridos. La victoria detuvo la ofensiva otomana, reforzó la posición del Imperio Habsburgo en la región y consolidó la reputación de Eugenio de Savoya como uno de los grandes estrategas de la época.
Esta crónica muestra cómo la combinación de disciplina, logística eficaz y liderazgo decisivo puede cambiar el curso de una campaña militar.