Contexto histórico
El verano de 1566 marcó el último intento del sultán otomano Suleimán, conocido como "el Magnífico", por neutralizar a los Habsburgo y conquistar Viena. El 1 de mayo de ese año, Suleimán lideró un ejército que, según diversas fuentes, oscilaba entre 100.000 y 300.000 hombres. El 27 de julio la enorme fuerza turca llegó a Belgrado, donde su aliado Zapolia le informó de que una columna austriaca había atacado y destruido un campamento otomano en Ziklos. Ante esta noticia, Suleimán cambió de objetivo y se dirigió a Sigetvar, donde se refugiaba el responsable de la derrota turca.
El defensor croata
Ese responsable era el general croata y habsburgo Nikola Zrinski, veterano de las guerras contra los otomanos desde el asedio a Viena en 1529, cuando tenía apenas 19 años. A sus 58 años, Zrinski estaba dispuesto a defender Sigetvar con sólo 2.300 hombres, compuestos mayormente por croatas y algunos húngaros.
El asedio
El 2 de agosto la avanzada turca llegó a la pequeña ciudad fortificada. Desde el primer día los defensores lanzaron continuas salidas que acabaron con cientos de otomanos antes de que el grueso del ejército se presentara. El 5 de agosto Suleimán acampó en una colina cercana, pero, ya anciano y enfermo, delegó el mando en su gran visir, Sokollu Mehmet Paşa, mientras él permanecía en su lujosa tienda.
Sigetvar estaba dividida en tres secciones: la Ciudad Vieja, la Ciudad Nueva y el castillo, separadas por amplios fosos y rodeadas de pantanos. Para tomar la ciudad, los otomanos tendrían que conquistar primero la Ciudad Nueva, luego la Vieja y, finalmente, el castillo.
Zrinski recibió a Suleimán con banderas y ropas rojas colgadas de los muros, una provocación que enfureció al sultán. Al día siguiente ordenó el primer gran asalto, sin esperar a que su artillería lograra una brecha. Los defensores combatieron con fiereza, dejando miles de cuerpos turcos en el campo. Nuevos ataques se sucedieron, mientras el emperador Maximiliano II no podía enviar refuerzos.
El sultán ofreció a Zrinski la rendición bajo términos favorables; el general, orgulloso, no respondió. Con otro asalto, los turcos tomaron la Ciudad Nueva, obligando a los defensores a retroceder a la Ciudad Vieja y al castillo. Un mes después, el 6 de septiembre, Suleimán falleció en su tienda por causas naturales; sus generales ocultaron la noticia.
El último asalto
El 7 de septiembre los otomanos prepararon un nuevo ataque general. Las defensas estaban agotadas, los muros derrumbados y la guarnición diezmada. Los cañones turcos retumbaban sin cesar cuando la ciudad se incendió por completo. Zrinski, consciente de que el fin estaba cerca, pronunció sus palabras finales:
«Salgamos de estas ruinas en llamas y luchemos. El que muera estará cerca de Dios; el que viva, vivirá honrado. Yo seré el primero, y ustedes harán lo mismo. Dios es testigo de que nunca los abandonaré, hermanos y caballeros».
Cuando los turcos, tras conquistar la Ciudad Vieja, avanzaban por el estrecho puente que conducía al castillo, la puerta se abrió y una pieza de artillería cargada con cadenas y balas de arcabuces disparó un estruendo que mató a unos 600 otomanos de un golpe.
Los defensores, liderados por Zrinski, salieron a la carga, pero el general cayó al instante tras recibir dos balas en el pecho y una flecha en la cabeza.
La explosión final
Solo siete hombres lograron escapar con vida. Los turcos entraron al castillo, sin saber que Zrinski había colocado 3.000 libras de pólvora bajo sus cimientos y había ordenado que se detonara al momento de la invasión. La mecha se encendió —según la tradición, una joven fue la encargada— y la explosión mató a aproximadamente 3.000 soldados otomanos.
Durante todo el asedio, los otomanos perdieron unas 35.000 vidas, entre ellas 7.000 jenízaros. Los cristianos que sobrevivieron fueron escasos. Los turcos decapitaron a Zrinski y enviaron su cabeza al nuevo sultán Selim. Curiosamente, su cuerpo fue enterrado con honores por un prisionero turco a quien Zrinski había salvado previamente.
Con la victoria, los otomanos se retiraron, habiendo perdido tiempo y hombres cruciales para su campaña hacia Viena. La muerte de Suleimán permaneció oculta durante tres semanas, y su médico personal fue asesinado para evitar que el secreto se revelara.