Después de que los israelitas escaparon de Egipto, la Biblia relata que Dios envió diez plagas devastadoras sobre la tierra del faraón. La última y más severa fue la muerte de los primogénitos egipcios, incluido el propio hijo del faraón.
Ante esta catástrofe, el faraón finalmente cedió y ordenó que los israelitas abandonaran Egipto de inmediato. Mientras partían, Moisés y el pueblo presenciaron la asombrosa separación del Mar Rojo, que les permitió cruzar por tierra seca.
Cuando el ejército del faraón intentó seguirlos a través del mar dividido, las aguas volvieron a juntarse, cubriendo a los soldados y provocando su derrota y ahogamiento.
Así, el rey de Egipto fue testigo no solo de la destrucción provocada por las plagas, sino también de la intervención milagrosa de Dios a favor de los israelitas, constituyendo un juicio divino contra Egipto y su soberano por intentar esclavizar al pueblo hebreo.