Los vikingos frecuentemente atacaban monasterios porque reunían varios factores que los convertían en blancos perfectos.
Riqueza
Los monasterios acumulaban grandes tesoros: oro, plata y objetos valiosos guardados en sus tesorerías o en la iglesia.
Defensas débiles
Normalmente carecían de fortificaciones sólidas, lo que los hacía vulnerables a incursiones. Algunas estructuras defensivas existían, pero rara vez bastaban para repeler a un grupo numeroso de guerreros.
Ubicación aislada
Muchas casas monásticas estaban situadas en zonas remotas, lejos del control de ejércitos reales u otras formas de protección, lo que aumentaba su exposición.
Valor simbólico
Al ser centros religiosos y culturales, su saqueo representaba un golpe al cristianismo y una forma de afirmar la potencia vikinga.
Abundancia de alimentos y suministros
Los monasterios almacenaban grandes reservas de comida y provisiones, recursos vitales para los vikingos, especialmente durante el invierno, cuando los alimentos escaseaban.