Descubrimientos arqueológicos

Mujeres jóvenes como guardianas de la memoria social en la Hispania prerromana

Mujeres jóvenes como guardianas de la memoria social en la Hispania prerromana

En un pasaje poco conocido del Libro II de su Geografía, Estrabón relata la aventura del navegante griego Eudoxo de Cízico. Como embajador de su ciudad en la corte del faraón Ptolomeo VIII (146‑117 a.C.), Eudoxo se topó con un náufrago indio que le enseñó a cruzar el mar Arábigo. En otro giro del destino, descubrió los restos de un naufragio en la costa del Mar Rojo, que identificó como una vieja nave de Cádiz. Impulsado por ese hallazgo, dejó la corte del faraón, invirtió toda su fortuna y se dirigió a Gadir con el objetivo de rodear África, confiando en la ayuda de los gaditanos. Allí contrató una gran nave mercante, dos barcos auxiliares y, entre la tripulación, varios médicos, artesanos y un grupo de jóvenes músicos. (Estrabón 2.3.4).

Tras algunas peripecias en la costa mauritana, el destino de Eudoxo se pierde en la niebla de la historia. Lo que sí ha llamado la atención es la mención de jóvenes músicos femeninas gaditanas. ¿Quiénes eran esas mujeres y por qué fueron llevadas a bordo? La tradición historiográfica las ha identificado con las puellae gaditanae, bailarinas exóticas que, siglos después, deleitarían a la aristocracia romana. ¿Era realmente eso lo que Eudoxo buscaba? ¿O nuestras lecturas están teñidas de prejuicios modernos sobre el papel de la mujer en la Antigüedad?

Músicas ibéricas jóvenes

Para responder, basta observar las imágenes que los propios pueblos hispánicos nos legaron. Uno de los ejemplos más cercanos al puerto de Cádiz aparece en los relieves de Osuna, conservados en el Museo Arqueológico Nacional. En un bloque de mármol del siglo III‑II a.C. se representa a una joven mujer tocando una doble flauta. Lleva una túnica larga con las mangas arremangadas, un amplio cinturón adornado –más propio de guerreros que de damas–, grandes pendientes y una trenza sobre la cabeza. El conjunto de vestuario indica claramente que no es una mujer casada, sino una adolescente de origen aristocrático.

Mujeres jóvenes como guardianas de la memoria social en la Hispania prerromana

Cerámicas de la misma época, halladas en la zona de Valencia, Alicante y Murcia, repiten este motivo. En el “vaso del combate ritual” de Sant Miquel de Llíria, una flautista joven y un hombre con tuba flanquean a dos guerreros en duelo. La flautista, identificable por su trenza, lleva un velo translúcido que señala su alto rango social. Motivos semejantes aparecen en otras vasijas de Llíria, capital de la Edetania, y en el llamado “vaso de los guerreros” de la Serreta d’Alcoi, donde una flautista acompaña con su música los episodios míticos del héroe local.

En la mayoría de estas representaciones la joven flautista aparece siempre vestida de forma idéntica: túnica, manto ligero, trenzas y un distintivo velo. La historiografía ha reducido su papel a mero acompañamiento de desfiles y combates, pero el análisis detallado sugiere otra función: la transmisión ritual de la memoria colectiva. No solo acompañaban a los héroes; evocaban, con sus notas, los mitos fundadores de la comunidad.

Depósitos de memoria

Un pasaje de Salo, que comenta la costumbre de los hispanos de que las madres recuerden a sus hijos los hechos de sus antepasados, resulta pertinente. En las comunidades celtíberas que lucharon en la guerra de Sertorio, fueron precisamente las mujeres quienes preservaron y cantaron esas hazañas. Un siglo después, los archivos de Clunia relatan que una niña profetizó la llegada del emperador Galba. Es probable que, en la Iberia levante del siglo II a.C., fueran las jóvenes aristocráticas quienes, a través de la música, mantenían viva la memoria de los ancestros.

Volviendo al “vaso de los guerreros” de la Serreta d’Alcoi, la flautista no corría tras el lobo ni montaba a caballo; simplemente, con su flauta, hacía resonar la leyenda del héroe local. En otras piezas, la flauta doble presenta cabezas de lobo en sus extremos, subrayando la intención de conmemorar esa misma historia.

Un hallazgo funerario refuerza esta interpretación. En la necrópolis de Albufereta (Alicante), la tumba F42, datada a finales del III siglo a.C., contiene, entre objetos de lujo, una terracota que muestra a una joven tocando la doble flauta. El conjunto sugiere que la difunta era una mujer de alto rango que se identificaba con ese papel de custodio musical de la tradición. Otro monumento, el de Horta Major en Alcoi, incluye una figura femenina que sostiene una doble flauta, señalando que el instrumento era parte esencial de su identidad.

En suma, estas mujeres no eran simples acompañantes de festivales; eran jóvenes aristócratas encargadas de aprender, preservar y transmitir, mediante la música, los mitos y la memoria colectiva de sus comunidades.

El navegante Eudoxo de Cízico, al llegar a Gades, buscaba no solo barcos y tripulantes, sino también a quienes recordaran cómo un gaditano había llegado al Mar Rojo siglos antes. Por eso, a bordo de sus naves estaban esas jóvenes flautistas, mucho más que bailarinas exóticas: eran guardianas de la memoria marítima y cultural de Cádiz.

Bibliografía

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