Desde la antigua Mesopotamia hasta la Vallée des Merveilles, en Provenza, pasando por el disco de Nebra, diversas representaciones revelan que, hace milenios, distintas culturas prestaban la misma atención a ciertos cuerpos celestes.

Una réplica del disco de Nebra, 2019.
DISCO DE NEBRA. Este artículo, de Azar Khalatbari, forma parte del número especial de Sciences et avenir (julio‑agosto 2011). Analiza el disco de Nebra, considerado la primera representación humana del cielo, pero cuya nueva datación sugiere que es casi mil años más reciente de lo que se creía.
"Es como el susurro del Mediterráneo que nos llega a través de los milenios", comenta Henry de Lumley, director del Instituto de Paleontología Humana de la Fundación Albert I. Tras dos décadas de estudio junto a sus colaboradores, ha propuesto una hipótesis atractiva: pese a las diferencias geográficas y temporales, varios pueblos compartían el mismo conocimiento de las constelaciones y utilizaban la aparición de ciertas estrellas —en particular, las Pleiadas, visibles a simple vista en el Tauro— para marcar las estaciones y organizar actividades agrícolas como arar, sembrar y cosechar.
Contexto histórico y mitológico: la clave para descifrar el enigma
El punto de partida de la investigación es una figura intrigante: seis o siete cupulas agrupadas como un racimo de uvas. Aparece en tablillas neobabilónicas (2000‑1500 a.C.), estelas neo‑asirias (c. ‑800), en la roca del plateau de Hemma (Siria, 1000 a.C.), en el disco de metal hallado en Nebra (Alemania), que probablemente proviene de los Alpes, y en una pieza de arcilla de Faistos (Creta, c. ‑1600). Sobre todo, se encuentra entre los miles de grabados de la Vallée des Merveilles, en la ladera del Monte Bégo, cerca de Niza, estudiada durante años por Henry de Lumley.
¿Por qué esa omnipresencia? "Solo podemos especular", afirma Annie Echassoux, del Laboratorio Departamental de Prehistoria de Lazaret (Niza). "Lo que es seguro es que los grabados no son aleatorios; los 40 000 signos del Monte Bégo se organizan en apenas 150 combinaciones, lo que sugiere un mensaje codificado". En algunos casos la agrupación se muestra junto a una alabarda, a menudo acompañada de una luna creciente y un disco solar, y en otras junto a un campo cultivado.
Para interpretar estos símbolos, los investigadores se adentraron en los textos más antiguos de la región. "Existe toda una literatura mediterránea que describe a las Pleiadas como un conjunto de seis puntos y las relaciona con el ciclo de las estaciones", explica de Lumley. Los primeros testimonios datan del siglo VIII a.C.: Homero en la Iliada y Hesíodo en Trabajos y Días ya vinculaban la aparición de las Pleiadas con el inicio de la cosecha. Cinco siglos después, Arato de Solos, poeta y astrónomo, las menciona en su Fenómenos como indicadores del verano y del comienzo del invierno. Cicerón, dos siglos más tarde, en el Carmina Aratea afirma que anuncian a los mortales cuándo deben sembrar. Otros autores clásicos —Higino, Virgilio, Germanico y Plinio el Viejo— también hacen referencia a ellas. Sin embargo, la relación entre las Pleiadas y la primavera o la siembra no estaba clara en la antigüedad.
El cielo de entonces no era el mismo que el actual
El Monte Bégo volvió a ser el escenario donde los investigadores buscaron respuestas. En dos rocas separadas 140 m, las Pleiadas aparecen junto a alabardas orientadas este‑oeste; en una, el conjunto está situado al oeste sobre la hoja, y en la otra, al suroeste, a la izquierda del mango. Si el eje este‑oeste se interpreta como horizonte, los astros aparecen por debajo y por encima "como si representaran un levantamiento y puesta heliacal de las Pleiadas", según de Lumley, indicando dos momentos muy específicos del año.
Para valorar su importancia, fue necesario reconstruir el cielo de la época. Hace 3 000 años, el eje de rotación terrestre apuntaba no a la Estrella Polar, sino a la alfa del dragón. Así, sobre el mismo punto de la Tierra, el firmamento era diferente. Patrick Rocher, del Instituto de Mecánica Celeste del Observatorio de París, calculó la posición del eje polar y, a partir de la datación de los grabados, determinó las fechas heliacales de las Pleiadas. Sus cálculos sitúan el equinoccio de primavera alrededor del 4500 a.C. y el de otoño alrededor del 1300 a.C.
"Estas fechas coinciden con el periodo de ocupación del sitio, entre 3300 y 2300 a.C.", subraya Rocher. Durante ese lapso, el levantamiento heliacal de las Pleiadas ocurría cerca del equinoccio de primavera, y un milenio antes, su puesta seguía cerca del mismo punto, lo que explica las referencias de Plinio y Cicerón. En mil años, la precesión desplaza las constelaciones apenas 13°.
Con estos datos, de Lumley imagina un rito sagrado: "Quizá una vez al año, un pequeño grupo, guiado por un sacerdote, subía al Monte Bégo para observar el inicio de los días luminosos". Tras la observación, la comunidad podía iniciar las labores agrícolas.
Notas: 1. Levantamiento/puesta heliacal: fenómeno en que una estrella aparece justo antes del amanecer o desaparece justo después del atardecer, una vez al año. 2. La precesión de los equinoccios desplaza el eje de rotación terrestre cada 25 800 años.