Este jarrón de vidrio, tallado en un único bloque y datado a finales de la Antigüedad, fue encontrado aplastado pero completo en una tumba de Autún (Saône‑et‑Loire). Tras una delicada restauración, ha recuperado su esplendor original, pero lo que realmente intriga a los arqueólogos es su contenido.

Se trata de un vaso de diatreta, o "vidrio enjaulado", del siglo IV. Su delicada ornamentación de encaje está tallada directamente en el vidrio, creando la ilusión de una jaula cristalina.
Un objeto enigmático
Los diatretes son extremadamente raros: solo 13 ejemplos completos se conocen en todo el mundo, y este es el primero hallado en la Galia. Probablemente descansaba sobre un cojín o una pequeña mesa de madera que ya no se conserva.

El lodo en el que se descubrió, verano de 2020. Créditos: Bérénice Btend‑Desgranges / Inrap
Aunque estaba fragmentado, el vaso conservaba todos los elementos necesarios para su restauración. Mide menos de 15 cm de diámetro y 13 cm de alto, y lleva una inscripción latina en relieve: Vivas Feliciter (“Vive feliz”). Un detalle curioso es la letra C añadida posteriormente, que sugiere una pequeña imperfección en su fabricación.
El uso de estos vasos sigue sin estar claro. Se asocian a personas vinculadas al poder imperial, pero no se sabe si eran regalos diplomáticos, objetos litúrgicos o simplemente símbolos de estatus. Como comenta la arqueóloga Carole Fossurier, “el contenido era más importante que el propio recipiente”.
Ámbar gris
Los análisis de impregnación revelaron que el vaso contenía una mezcla de aceites, plantas y flores, pero, sobre todo, ámbar gris, una sustancia extremadamente rara obtenida de la masa intestinal del cachalote. Este hallazgo constituye la evidencia arqueológica más antigua del uso de ámbar gris, mencionado por primera vez en textos del siglo V‑VI por el médico griego Aetio de Amida.

¿Qué revela este contenido sobre su propietario? Algunos sugieren que podría haber sido uno de los primeros obispos de Francia, aunque la evidencia sigue siendo insuficiente.
El mayor trozo de tela de oro
En la misma necrópolis, que funcionó del siglo III al V, se hallaron además cofres de plomo, sarcófagos de piedra y objetos de lujo como anillos y broches de ámbar. Entre los descubrimientos destaca un fragmento de tela bordada con hilos de oro, de uno o dos metros cuadrados, el mayor jamás encontrado. Probablemente se trató de un sudario de gran valor, comparable con los ricos tejidos representados en los mosaicos paleo‑cristianos de San Vitale en Ravena.


Carole Fossurier espera poder restaurar tanto la tela como el jarrón, para que ambos vuelvan a lucir en futuras exposiciones.