Antecedentes
Un año después del desastre nuclear de Chernóbil, el mundo enfrentó una nueva tragedia radiactiva: la del cesio‑137 en Goiânia, Brasil.
Descubrimiento del dispositivo
El 13 de septiembre de 1987, dos recolectores de basura hallaron un aparato abandonado en el terreno de la antigua Santa Casa de Misericórdia de Goiânia. Lo desmantelaron con la intención de vender sus piezas reutilizables. El propietario de un chatarrero compró el equipo y, al abrirlo, encontró una cápsula que contenía cesio‑137.
Propagación del polvo radiactivo
El polvo dentro de la cápsula emitía una intensa luz azul en la oscuridad, lo que el propietario interpretó como algo sobrenatural. Decidió mostrarlo a otras personas; el polvo, aparentemente inofensivo, pasó de mano en mano, contaminando a la población, el suelo y el aire de gran parte de la ciudad de Goiânia, en el estado de Goiás.
Síntomas y diagnóstico
Los expuestos al cesio‑137 comenzaron a presentar diversos síntomas, muchos sin saber la causa. Los hospitales locales no estaban preparados para reconocer el síndrome de irradiación aguda. Sólo el 29 de septiembre de 1987, gracias a que la esposa del chatarrero llevó parte del aparato de radioterapia a la Vigilancia Sanitaria, se identificó la naturaleza radiactiva del problema.
Respuesta y descontaminación
Con el dispositivo en manos de los médicos, se solicitó la presencia de un físico, quien confirmó los niveles extremadamente altos de radiación. A partir de entonces se inició una intensa operación de descontaminación, con la ayuda de especialistas de Brasil y de otros países.
Consecuencias
El accidente provocó varias muertes y dejó a muchos sobrevivientes con secuelas permanentes. Las generaciones posteriores también sufrieron efectos vinculados al cesio‑137. Tras la descontaminación, los afectados enfrentaron discriminación social, siendo vistos como personas “contaminadas” y marginadas. Este hecho es considerado el mayor accidente radiactivo fuera de una central nuclear y el segundo en gravedad a nivel mundial.