Los primeros pacientes fueron azotados, estigmatizados, les raparon la cabeza y los exorcizaron. Todo fue en vano. Finalmente, alguien decidió que los enfermos mentales debían ser encerrados, y esa idea persiste hasta hoy.
Las enfermedades mentales han acompañado a la humanidad desde sus orígenes. A lo largo de los siglos, se les ha tratado de forma distinta: como inspirados por los dioses o como sirvientes del diablo. En la Edad Media, el destino de los supuestos poseídos, brujas y blasfemos era brutal: eran quemados en la hoguera, ahogados o encerrados junto a criminales, muchos de los cuales jamás volvieron a ver la luz.
Los que escapaban de ese destino vagaban por las calles y carreteras como animales, sin protección alguna. La población sana no toleraba su presencia y los confinaba para evitar molestias.
¡Un verdadero "manicomio"!
Según el historiador polaco Jerzy Besala, en su libro "Na Zakrętach Historia", en 1606 se abrió en Hamburgo una de las primeras "casas de peste" de Europa; una parte de ella se transformó en un "manicomio". Este recinto parecía más una prisión o cuartel rodeado de fosos que un lugar de recuperación. Los métodos de “tratamiento” consistían en ejercicios diarios, trabajo forzado, estricta disciplina y, además, la enseñanza de lectura, escritura y una rígida inculcación de la piedad.
Entre tanto, la publicación de Leon Wachholz de 1924, "Krakow Hospitals 1220‑1920", muestra que el liderazgo en el cuidado de los enfermos mentales no pertenecía a Hamburgo, sino a Polonia.
Entre el cementerio y los sífilis
Ya en 1534 los habitantes de Cracovia fundaron el primer hospital para enfermos mentales. La institución cayó en el olvido; un siglo y medio después, el obispo Andrzej Zawisza Trzebnicki, de la familia del Cisne, describió en su testamento que el edificio, construido de madera, estaba en ruinas por falta de ingresos, la vejez y los estragos de la guerra, y que ya no se recordaba su ubicación exacta.
Sin embargo, documentos del cardenal Jerzy Radziwiłł revelan que el hospital se hallaba detrás de la Puerta Nueva (hoy desaparecida), entre la capilla de Santa Gertrudis y el Hospital de San Sebastián y San Roque.
Curiosamente, esa zona no era de prestigio: la capilla servía como cementerio para condenados sin entierro cristiano, y el hospital albergaba a pacientes con enfermedades venéreas e infecciosas. El trato reflejaba la escasa consideración de la época hacia los “locos”.
No fue un canto de cisne
El obispo Trzebnicki, al observar la situación, decidió crear una instalación especial en la calle Szpitalna. Su testamento ordenó la construcción de un edificio con los recursos necesarios para alojar a los enfermos mentales, apodado "Casa bajo el Cisne" por el escudo de armas del fundador.
Gracias a este legado, Cracovia contaba con un hospital moderno para su época. El obispo también garantizó su sostenibilidad financiera, destinando fondos para seis residentes, un cirujano, un médico, medicinas y un mayordomo.
La "casa de los locos" fue, para su tiempo, una instalación avanzada. En 1784 se cercó la plaza que rodeaba el edificio y se plantó un jardín donde los pacientes podían respirar aire fresco. Los registros austriacos del siglo XVIII y XIX demuestran que la admisión y alta de pacientes se gestionaba de forma humanitaria.
Considerando que en 1784 el emperador José II erigió una torre prisión para enfermos en Viena, y ocho años después el precursor francés de la psiquiatría luchó por liberar a los pacientes de las ataduras, el hospital cracoviano estaba, sin duda, adelantado a su tiempo.