En la era actual, los anuncios de pañales y biberones nos bombardean con sonrisas de bebés. En internet abundan foros de futuros padres y los quioscos venden revistas enteras dedicadas a la crianza. La información está al alcance de la mano. ¿Cómo era, sin embargo, el embarazo y el parto durante la Segunda República Polaca?
Antes de la Segunda Guerra Mundial no existían pruebas de embarazo caseras. La mayoría de las mujeres, conocedoras de sus propios cuerpos, diagnosticaban su estado "a simple vista": náuseas, ausencia de menstruación y abdomen redondeado eran señales inequívocas. Cuando necesitaban mayor certeza, acudían a médicos especialistas, pero estos solo confirmaban la gestación cuando la madre empezaba a sentir los movimientos del bebé. Los profesionales preferían esperar antes de anunciar la noticia, temiendo confundir un embarazo con un tumor (las ecografías no se usarían en hospitales polacos hasta finales de los años 60).
¿Será niño o niña?
Una vez confirmada la gestación, la futura madre modificaba ligeramente su estilo de vida. No se trataba de comprar ropa rosa o azul; el sexo del bebé seguía siendo un misterio hasta el nacimiento. De hecho, al inicio del embarazo ni siquiera se sabía cuántos embriones llevaba la mujer, algo que hoy se verifica en la pantalla del ultrasonido.
El embarazo no se consideraba una enfermedad grave de nueve meses. Aunque la mujer debía evitar ciertas actividades (montar a caballo, andar en bicicleta, etc.), no pasaba todo el tiempo en cama. El cambio más visible era el vestuario: antes de la guerra se preferían vestidos sueltos, bufandas y abrigos que ocultaran la barriga, pues exhibir el vientre era considerado inapropiado.
Consultorio médico de la época en la exposición del Museo Rural de Kielce. Las mujeres acudían con frecuencia, generalmente sólo cuando el embarazo avanzaba o surgían problemas de salud.
También se recomendaba el uso de cinturones de maternidad. Hoy existen dos tipos: uno que apoya el abdomen y alivia la columna, y otro meramente decorativo. En la época interbelica, su función era "apoyar el útero", según explicaba la doctora Janina Świtalska en cartas a su hija embarazada:
La primera tarea del cinturón de maternidad es apoyar el útero… El cinturón debía estar unido a medias elásticas de tejido trenzado, cómodo y fácil de lavar.
¡A la hora del parto!
Si los nueve meses transcurrían sin complicaciones, llegaba el momento de decidir entre dos opciones: parto en casa o en clínica/hospital. La primera alternativa implicaba la asistencia de una partera. En los hogares de las mujeres más pobres las condiciones eran a menudo insalubres: ratas, cucarachas y piojos eran una amenaza constante bajo los pies de la partera.
Las familias acomodadas, en cambio, podían contar con una atención domiciliaria las 24 horas, en un entorno cómodo e higiénico. La habitación se preparaba con antelación: se cambiaba la ropa de cama, se disponían cuencos, jabones y todo lo necesario. En los hospitales la calidad variaba según los recursos del paciente: desde salas donde la fiebre puerperal era frecuente hasta instalaciones elegantes y profesionales.
Tras el nacimiento, la situación también dependía de la posición social. Las mujeres rurales solían volver al trabajo en el campo pocos días después de dar a luz. En las familias de clase media y alta, el bebé era atendido por una niñera (la "bona") y, en ocasiones, por otras empleadas domésticas. Cada vez más, las madres adineradas optaban por cuidar a sus hijos personalmente, rompiendo con la costumbre de delegar totalmente el cuidado.
¿Leche materna o biberón?
Los periodistas de la época promovían enérgicamente la lactancia como la mejor opción para el recién nacido. Sin embargo, cuando la madre no podía amamantar —por falta de alimentos o por motivos de salud—, existían alternativas: leche de vaca, la contratación de una nodriza o la ayuda de la Sociedad "Gota de Leche", que distribuía alimentos preparados para bebés.
Inauguración de la clínica de la Sociedad "Gota de Leche" en Łódź. Con la aparición de estos establecimientos, las madres contaban con más recursos para alimentar a sus hijos.
La Sociedad también ofrecía consultas permanentes con parteras, enfermeras y pediatras. No obstante, algunas mujeres de clase alta evitaban la lactancia por temor a que el pecho perdiera su forma y afectara su apariencia en vestidos escotados.
Con el tiempo surgió una industria dedicada a los niños: productos de cuidado, guías actualizadas según la investigación científica y una variedad de artículos diseñados para facilitar la vida de las madres.
En la mayoría de los hogares, la carga de la crianza recaía sobre la madre, quien además de sus tareas domésticas debía compaginar el trabajo profesional, la gestión de sirvientes y la recepción de invitados. ¿Era la vida prebélica más exigente que la actual? La respuesta depende del contexto, pero sin duda las mujeres de entonces enfrentaban retos considerables.
Bibliografía
- Irena Krzywicka, Confesiones de una escandalosa, Czytelnik, Varsovia 1996.
- Katarzyna Sierakowska, Padres, hijos, abuelos... La familia intelectual urbana en Polonia 1918‑1939, DIG Publishing House, Varsovia 2003.
- Jadwiga Śięćowska, Higiene de la mujer en todas las etapas de la vida, con especial énfasis en la maternidad y la higiene infantil, Lviv 1924.
- Julja Świtalska, Cosmética e higiene del niño, Imprenta del Ministerio de Asuntos Militares, Varsovia 1929.