Introducción
Los contrabandistas polacos no tenían punto débil. Nuestros abuelos introducían alimentos y objetos de forma creativa, audaz y, a veces, un poco loca. Siempre tenían un plan nuevo y sabían cómo evadir a los alemanes. Descubre cuál fue su fórmula del éxito.
— ¿De verdad contrabandeas de todo? preguntó Adolf Hitler al contrabandista polaco.
— Por supuesto. respondió sin vacilar.
— ¿Podrías pasar a algunos de mis soldados a Inglaterra?
— Claro, pero es un negocio caro.
— No importa, pagaré lo que sea.
— De acuerdo, pero hay un problema más.
— ¿Qué? preguntó Hitler.
— Solo somos expertos en cortar carne; esa es la única forma en que podemos contrabandear a tus soldados.
Este chiste circuló en Polonia durante la ocupación alemana. Como suele suceder con las bromas, contenía una pizca de verdad. Aunque Hitler nunca se reunió con contrabandistas polacos, muchos de sus oficiales sí lo hicieron, y los polacos mostraron una enorme ingeniosidad durante la guerra.

Imagen extraída de la película Canciones Prohibidas, que ilustra perfectamente la atmósfera de los trenes abarrotados de contrabandistas.
6. Sobre el cadáver
Los soldados alemanes temían el tifus y evitaban el contacto con polacos y judíos. Los carteles de propaganda que advertían de enfermedades resultaban tan eficaces que los ocupantes preferían no acercarse a personas vivas. ¿Y a los muertos?
Los contrabandistas aprovecharon esta fobia: ocultaban alimentos en ataúdes. Transportar un cadáver a su tierra natal no estaba prohibido; bastaba conseguir un ataúd y la documentación adecuada. Así, bajo la tapa del ataúd se escondían embutidos, carne, tocino y otros víveres valiosos. Los soldados que controlaban los coches funerarios no revisaban el interior, pues no podían estar seguros de si el cuerpo estaba contaminado. Prefirieron no arriesgarse.

Foto de octubre de 1939 que muestra el ingenioso método de la abuela.
5. La abuela disfrazada
Monika Żeromska, hija del famoso escritor Stefan, presenció una atrevida maniobra en un tren con dirección a Varsovia. Los polacos, una vez más, explotaron el miedo germano a las enfermedades.
En uno de los asientos viajaba una anciana encogida, envuelta en pañuelos y delantales que ocultaban su figura. Un guardia alemán se acercó para registrarla minuciosamente, pero sus acompañantes intervinieron.
Le explicaron que llevaban a una paciente gravemente enferma al médico y que la anciana no tenía fuerzas para moverse. Ante la supuesta gravedad, el guardia se puso pálido, retrocedió y desistió de la inspección.
En la estación, la “anciana” fue trasladada rápidamente en una carriola. El detalle sorprendente: la “paciente” era en realidad un cerdo recién sacrificado, disfrazado para despistar a los ocupantes. Un acto de gran valentía y frialdad que resultó muy rentable.

Los comerciantes polacos lo hacían todo.
4. Con la ayuda del ferrocarril
La mayor parte de las rutas de contrabando seguían los ferrocarriles, ya que los trenes permitían mover grandes cantidades de alimentos. En colaboración con el personal ferroviario, un solo contrabandista podía cargar hasta 200 kg y un tren entero hasta 20 toneladas.
Simeón Surgiewicz, trabajador del ferrocarril, recordó los compartimentos secretos creados en los vagones: paredes falsas, compartimientos bajo los asientos y una red de apoyo entre maquinistas, conductores y guardias. Cuando recibían la señal de un control próximo, el maquinista hacía sonar su silbato; el tren reducía la velocidad a una distancia segura de la estación y los contrabandistas saltaban del vagón con su valiosa carga.
3. El método del abrigo
En la Polonia ocupada, la mayoría de los contrabandistas viajaban vestidos con harapos para no arriesgar su ropa decente. El método más popular era el del “envoltorio”: llevaban el botín bajo un abrigo largo.
Los bolsillos ocultos contenían granos, harina y otros productos sueltos; a la cintura se ataba un jamón, una salchicha o grasa. Al llegar a la ciudad, la mercancía se distribuía rápidamente en los mercados locales.

Algunos contrabandistas, para pasar desapercibidos, se vestían elegantemente y transportaban el contrabando en maletines de cuero, paquetes atados con cuerda o estuches de instrumentos.
Incluso los perros de los ocupantes podían delatar a los contrabandistas: los insectos voladores, como moscas, detectaban la carne y revoloteaban alrededor del equipaje, revelando el contenido a los demás pasajeros.
Los versos de una canción prohibida describían de forma lúdica estos trucos:
Oscuro está el exterior,
El tren está lleno,
Comienza la idilia,
Se abraza a mitad de camino,
Es gorda como un buey,
Porque bajo el abrigo se oculta un diamante.
Ahora es guerra,
Quien comercia, vive.
Cuando vendo un diamante,
Grasa, morcilla,
Esta pólvora también la bebo.
Bajo el corazón gotea, gotea,
Rombo y lomo de cerdo,
Y el tren corre como loco,
Schaboszczak y estornudos,
Este es un buen snack,
Y dos músculos bajo el banco.
2. A pie y en bicicleta
La conocida activista feminista y escritora Zofia Nałkowska tenía más de cincuenta años en 1939, pero la ocupación la obligó a dejar su vida tranquila y a buscar alimentos para su hermana y su madre enferma. El contrabando era su única salida.
En sus "Diarios de la época de guerra" relató travesías a pie y en bicicleta hacia Tłuszcz, a unos 40 km de Varsovia, donde recogía papas, un alimento básico del racionamiento. A veces las ataba a la bicicleta, otras llevaba una bolsa colgada al cuello.
1. El método del molinillo
Nałkowska no podía generar grandes ganancias, pero una joven campesina, María Kwiatkowska, ideó una solución ingeniosa. Tras la invasión, los alemanes confiscaron los molinos y prohibieron que los campesinos molieran su propio grano.

María compró molinillos de café en ferreterías y, aunque el manual no lo contemplaba, los utilizó para moler sacos enteros de harina. Así, los campesinos pudieron producir su propio pan y, de paso, vender el excedente. María intercambiaba los molinillos por cualquier precio, convirtiéndose en una pieza clave del contrabando de alimentos.
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"Okupacja od Kuchni" es una emotiva obra que narra la época en la que el sacrificio ilegal de cerdos podía costar Auschwitz, los vegetales crecían en los patios de los bloques y los posos de café se negociaban en el mercado negro. También es un libro de recetas original con consejos prácticos de 1939‑1945. ¡Muy recomendable!