Polvo, mugre y hambre: la vida de los campesinos bajo el zarismo
Desde 1613, la dinastía Romanov gobernó una Rusia marcada por enormes desigualdades sociales que, tres siglos después, conducirían a su colapso. Aproximadamente tres cuartas partes de la población eran campesinos, una masa sin representación política y siempre dispuesta a estallar.
El vínculo con la tierra, tanto la del señor como la del Estado, obligaba al campesino a elegir entre la rebelión (como el revoltoso de siglo XVIII, Yemelián Pugácov) o la emigración en busca de sustento para su familia.

La reforma de emancipación de 1861 pretendía aliviar la situación, pero en la práctica sólo sustituyó el antiguo servilismo por un nuevo sistema de impuestos y obligaciones financieras. Los “pagos de redención”, extendidos durante 49 años, dejaron al campesino del 1900 en una posición peor que la de un siglo antes, pese a su libertad teórica.

El rápido crecimiento demográfico (de 30 a 92 millones) y económico (nuevos centros industriales en el Donbás, Bakín y San Petersburgo) parecía ofrecer una salida, pero la vida urbana resultó tan dura como la rural. La mano de obra esclava del campo fue reemplazada por la mano de obra esclava de las fábricas.
Trabajo forzado
En los años previos a la revolución de 1905, el sistema de tres campos seguía dominante y la productividad agrícola era escasa. La introducción de la papa en la década de 1830 coincidió con una epidemia de cólera, lo que la convirtió en un símbolo demoníaco; en 1875 sólo el 1,5 % de la superficie se destinaba a este tubérculo.
El clima riguroso acortaba la temporada de cultivo y, en el mejor de los casos, los campesinos trabajaban hasta 18 horas al día durante los meses de junio a agosto para subsistir.
Quienes no encontraban tierra disponible emigraban como obreros temporales a minas o a la construcción de ferrocarriles. Allí la jornada alcanzaba las 14 horas, sin regulación alguna, con salarios irregulares que a menudo se pagaban en especie.
Viviendas y sanidad
Las aldeas estaban construidas de madera, sin chimeneas; el humo se filtraba por rendijas del techo. Las familias compartían una única habitación con el ganado, una mesa y un banco. El suelo era una mezcla de barro y lodo, y la higiene era prácticamente inexistente.
Algunos pueblos contaban con “banyas” (baños), pero solo se utilizaban una vez a la semana, normalmente los sábados. En la ciudad, los trabajadores vivían en habitaciones de fábrica donde dormían decenas de personas.

En resumen, la vida en una choza rusa implicaba compartir espacio con varios miembros de la familia y con el ganado, en condiciones insalubres que favorecían enfermedades.
Alimentación y alcohol
El menú campesino se limitaba a pan, repollo, guisantes y pepinos; la carne era un sueño lejano. Para compensar el hambre, los terratenientes ofrecían vodka, considerado una panacea contra todo, incluida la cólera. En el siglo XIX, el consumo medio per cápita era de 1,3 litros al año, pero en el campo superaba ampliamente esa cifra.
El exceso de alcohol convertía a la población en un caldo de cultivo fácil para agitadores religiosos, políticos o de clase, facilitando la manipulación de masas.

Douglas Smith, en su biografía de Rasputín, destaca que el místico denunciaba abiertamente el peligro del vodka y pedía combatir la “plaga rusa” de la embriaguez.
La guerra y la crisis final
La revolución de 1905 trajo cambios políticos, pero los campesinos siguieron insatisfechos. Las cosechas de 1909 y 1910 fueron buenas, pero la Primera Guerra Mundial arrasó con la producción agrícola, que cayó un 13 %. Quinientos millones de personas fueron reclutadas, provocando escasez de alimentos, subidas de precios y hambre generalizada en ciudades como Petrogrado y Moscú.
El clima de tensión era una pólvora a punto de estallar. Sin comprender la política más allá de su “mir”, los campesinos buscaban culpables: judíos, alemanes, masones, la familia imperial o Rasputín, según la creencia popular.
Los disturbios antialemanes de mayo de 1915 en Moscú, con el grito “¡Golpeemos al alemán!”, dejaron 15 muertos y decenas de edificios incendiados.
El espectro de la revolución
Al final de la guerra, la ira popular exigía venganza contra la aristocracia, los dueños de fábricas e incluso el zar Nicolás II y su esposa. La chispa que desencadenó la Revolución de Febrero de 1917 fue la huelga en la fábrica de Putilovsky, la mayor empresa metalúrgica del país, donde trabajaban muchos campesinos migrantes.
Smith se pregunta si Rasputín, como observador privilegiado de las masas, pudo prever la llegada de nuevos líderes carismáticos que llevarían a la Rusia zarista a su fin sangriento en 1917.
Bibliografía
- L. Bazylow, History of Russia, Varsovia 2010.
- S. Fitzpatrick, The Russian Revolution, Varsovia 2017.
- B. Góralski, The Earth's Climate Mechanism and the Social Effects of Climate Change, 2013.
- Russian Mentality. Dictionary, ed. A. De Lazari, Katowice 1995.
- R. Pipes, Tsar Russia, Varsovia 2006.
- J. Ratuszniak, The Image of St. Nicholas' Russia in the Diary of Amelia Lyons (1849‑1854), Lublin 2013.
- D. Smith, Rasputin. Faith, Power and the Decline of the Romanov Dynasty, Cracovia 2018.
- A. Solzhenitsyn, Russia in Decline, Varsovia 1999.