Eliminar el vello púbico con ceniza caliente o introducir un pez espinoso en el ano debía ser insoportable. Pero esos no eran los peores castigos que podían recibir los adúlteros en la Grecia y Roma clásicas.
Según relata Diógenes Laercio, un hombre preguntó a Sócrates si debía casarse. El filósofo respondió: «Cualquiera que elijas, la lamentarás». Así, la vida conyugal no siempre se presentaba como una opción atractiva, y la ley añadía más complicaciones.
Monogamia de fachada
Formalmente, los matrimonios griegos y romanos eran monógamos, pues la monogamia se consideraba más noble que la poligamia, que se asociaba a pueblos «primitivos». En la práctica, sin embargo, la fidelidad no era la norma. Los hombres podían tener amantes, concubinas, prostitutas y esclavas sin que la sociedad los juzgase severamente.
El mundo antiguo estaba lleno de contradicciones: por un lado, la pederastia y la prostitución eran aceptadas; por otro, los traidores podían sufrir castigos extremadamente crueles.
Las relaciones de concubinato eran comunes. Una mujer mantenida no tenía los mismos derechos que la esposa, pero a veces era la única vía para una unión formal, especialmente cuando la ley prohibía el matrimonio con extranjeras.
El Estado fomentaba las relaciones permanentes porque la estabilidad favorecía la natalidad y, por ende, el número de soldados y contribuyentes.
En Atenas, el hombre podía tener esposa, concubina, prostitutas y esclavas, y la práctica de la pederastia era frecuente. Las quejas de las esposas rara vez tenían consecuencias.
El seductor como objetivo
Desde la época de Dracón (séptimo siglo a.C.) hasta Demóstenes (cuarto siglo a.C.), la ley ateniense concedía al marido el derecho de matar al adúltero si lo sorprendía en flagrante delito. Este homicidio se consideraba «justificado».
Un caso famoso es el de Eratóstenes, relatado por el orador Lisias. Un pastor llamado Eulíletos acusó a Eratóstenes de seducir a su esposa y, según la legislación, se le permitió vengarse.
Los castigos no siempre terminaban en muerte. Según el poeta Anacreonte, a algunos adúlteros se les arrancaba el vello de la cabeza y la barba, se les quemaba el vello púbico con ceniza caliente y, en casos extremos, se les introducían rabanitos o peces venenosos en el ano, una humillación pública que los relegaba a la condición de prostitutos.
En la comedia «Nubes» de Aristófanes se menciona esta práctica: «Le ponen un rábano en el trasero y lo frotan con ceniza».
Más allá del escándalo
En la mitología, la infidelidad de Afrodita y Ares frente a Hefesto termina con una compensación económica, no con una ejecución. En la vida real ateniense, la esposa adúltera podía ser devuelta a la familia de su padre mediante el divorcio, pero quedaba excluida de los ritos religiosos.
Los antiguos también regulaban la frecuencia sexual conyugal: según Solón, el marido debía mantener relaciones con su esposa al menos tres veces al mes.
El alto índice de infidelidades puede explicarse tanto por la insatisfacción masculina como por la falta de atención del marido a las necesidades de la esposa. Lo cierto es que la traición era una parte aceptada –aunque censurada– de la vida sexual en la Grecia clásica.
Bibliografía
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