La mercurio parece poseer propiedades “mágicas”. Es metal y a la vez líquido; provoca intoxicaciones mortales, pero también se usó para curar enfermedades. A lo largo de los siglos la humanidad no ha podido alejarse de él.
Hoy sabemos que el elemento bajo el símbolo Hg se utilizaba ya en la prehistoria. En China, Japón, Europa y América se conocía el cinabrio, sulfuro de mercurio que se extrae de rocas volcánicas. Se empleaba para tintes, como conservante en la metalurgia y como pigmento en la cerámica. Al calentar el mineral se obtiene mercurio puro, pero sus vapores son extremadamente venenosos.
El metal se absorbe por la piel y el sistema digestivo y se queda atrapado en huesos y órganos. Por eso, por ejemplo, se ha detectado mercurio en restos humanos del sur de Portugal datados entre 5400 y 4100 a.C., prueba de que ya entonces existía el amor por la “plata viva”.

Restos con trazas de mercurio se hallaron en tumbas egipcias de 1500 a.C. En la China antigua también se utilizaba con fines médicos y estéticos; el primer emperador, Qin Shi Huang Di, murió tras ingerir una decocción alquímica a base de este metal mientras buscaba el elixir de la inmortalidad.
El mercurio al servicio de la belleza
Este misterioso metal ha influido en diversas facetas de la belleza, tanto en la orfebrería como en la cosmética.
Los orfebres antiguos descubrieron la amalgama: una solución de mercurio y oro que permitía recubrir objetos con una fina capa dorada. El proceso era peligroso: se mezclaba una parte de oro con hasta nueve partes de mercurio; después se calentaba para evaporar la “plata viva” y dejar la capa de oro.
Los vapores de mercurio son altamente tóxicos, por lo que muchos artesanos murieron en su trabajo. Surgió la leyenda de que solo los verdaderos maestros podían manejar la amalgama. En el siglo XII, el monje Teófilo recomendó no trabajar con el estómago vacío y consumir agracejo, ajo, pimienta y vino antes de exponerse a los vapores, intentando reducir el riesgo.
Aunque la intención era proteger a los trabajadores, las amalgamas siguieron usándose. Los vapores son inodoros e incoloros, lo que dificultaba su detección. Entre 1838 y 1841, 60 obreros murieron al dorar las cúpulas de una iglesia. A finales del siglo XIX apareció la electrólisis: en 1842 la Academia Francesa aprobó el galvanoplastia, sustituyendo al peligroso recubrimiento por mercurio.

En la cosmética, el mercurio se incorporó a bases y cremas para “iluminar” la piel, a menudo combinándolo con arsénico. La absorción cutánea provocaba daño renal, hepático, temblores, irritabilidad, depresión, manchas dentales y, en embarazadas, malformaciones fetales.
Peligro invisible
Aunque el dorado por amalgama y los cosméticos con mercurio están en desuso, el metal sigue siendo una amenaza cotidiana.
Los compuestos de mercurio se emplean como pesticidas en agricultura e industria. Son inodoros y sin sabor, lo que dificulta su detección. En la Bahía de Minamata (Japón), la empresa Chisso vertió residuos plásticos contaminados con mercurio en la década de 1950. En 1956 se diagnosticó la primera intoxicación; hasta 2001 se contabilizaron 2 265 casos de “enfermedad de Minamata”, con 1 784 fallecimientos.

El mercurio se bioacumula en la cadena alimentaria: los herbívoros ingieren algas contaminadas y los depredadores concentran el metal en sus tejidos. El organismo humano no excreta mercurio, por lo que su concentración aumenta con el tiempo.
Un episodio similar ocurrió en Irak (1971‑1972) cuando se usó un pesticida con metilmercurio para sembrar granos. El pan contaminado provocó 6 530 hospitalizaciones y 459 muertes.
El veneno más letal
El dimetilmercurio es el compuesto más peligroso: atraviesa la barrera hematoencefálica, penetra la piel y supera las protecciones de laboratorio. La química Karen Wetterhahn, investigadora del Dartmouth College, sufrió una exposición accidental en 1996; la dosis letal en su sangre superó 80 veces el nivel mortal. Falleció en 1997.
Los síntomas incluyen alucinaciones, ataxia y pérdida de memoria, pues el dimetilmercurio se une a la cisteína y afecta el cerebro. La intoxicación típica de mercurio daña el sistema nervioso central y endocrino, provocando erosión de encías, labios y dientes; la muerte suele ser consecuencia de daño cerebral.
Balas de antimonio y laxantes de mercurio
En la medicina medieval se prescribían “pociones de plata viva” para tratar el estreñimiento. Ambroise Paré, en 1585, describió una fórmula que consistía en dar a un cachorro una libra de mercurio líquido, recoger sus heces, hervirlas en vinagre y beber el preparado.
En el siglo XVIII se fabricó una bola de antimonio rellena de mercurio que se ingería con azúcar; tras expulsarla se reutilizaba. En la expedición de Lewis y Clark (1804) se encontraron píldoras laxantes de mercurio en el suelo de los campamentos.
Medicina tóxica, toxina curativa
Durante la epidemia de sífilis, el mercurio se usó para eliminar el Treponema pallidum. Preparaciones de óxido de mercurio, lanolina y aceite de oliva fueron aplicadas en la zona genital durante siglos.
El método más extremo consistía en exponer al paciente a vapores de mercurio en una tienda cerrada, similar a una quimioterapia. Algunos pacientes sobrevivían, aunque sufrían quemaduras en encías, labios y órganos internos. Ulrich von Hutten soportó once tratamientos de este tipo.

Benvenuto Cellini, orfebre de Francisco I, contrajo sífilis en 1529 y se negó a recibir el tratamiento con mercurio, evitando así sus efectos devastadores. Por el contrario, la reina Agnès Sorel murió tras consumir elixires de mercurio para tratar parásitos intestinales; análisis del cabello del rey Carlos VII revelaron niveles de mercurio 10 000 a 100 000 veces superiores a la norma.
Iván IV el Terrible también consumió preparados de mercurio; aunque no fue la causa directa de su muerte, se cree que exacerbaron sus trastornos de humor.
Los alquimistas creían que la “plata viva” era la materia prima del universo, capaz de transformarse en cualquier sustancia. Hoy comprendemos que sus propiedades “extrañas” obedecen a la física, pero seguimos fascinados por este metal líquido y sus múltiples aplicaciones.
Bibliografía
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