Ritos romanos para los muertos: entre la alegría y el terror
En la antigua Roma el culto a los muertos era mucho más intenso y festivo que el nuestro, aunque también estaba cargado de temores a los espíritus malignos. Prostitutas, frijoles negros y extravagantes banquetes formaban parte de una compleja tradición que buscaba honrar a los antepasados y mantenerlos alejados de los vivos.
¿Cómo se financiaba un funeral romano?
Los romanos planificaban su funeral con antelación. Podían dejar una suma en el testamento o, más frecuente, afiliarse al collegium funeraticium, una asociación que cobraba cuotas anuales y garantizaba el pago de una sepultura digna, la decoración del sepulcro y, en ocasiones, los festines conmemorativos.
Ubicación de los cementerios
Los sepulcros se situaban fuera de la muralla, a lo largo de las vías principales que conducían a la ciudad. Cuanto más cercana a la carretera, más cara era la parcela. Esta disposición cumplía dos funciones: facilitaba el culto a los muertos y mantenía la higiene urbana. Los letreros, a menudo humorísticos, invitaban a los transeúntes a detenerse, rendir homenaje y recordar al difunto.
Espacios para los muertos: columbarios y catacumbas
Ante la escasez de terreno, los romanos construyeron columbarios, como el de la Porta Latina en la Vía Appia, con cientos de nichos para urnas. A gran escala surgieron las catacumbas, enormes redes subterráneas de corredores y nichos donde se depositaban los restos.
Los esclavos y los pobres, sin recursos, eran enterrados en fosas comunes marcadas solo con una lápida sencilla.
Ritos funerarios desde la cama de muerte
El proceso comenzaba en la lecho del moribundo, rodeado de familiares que recitaban lamentaciones. Tras el último aliento, el cuerpo se lavaba, se vestía con una toga acorde a su estatus y se colocaba en una litera. La inscripción oficial se registraba en el templo de Venus Libitina, diosa de la muerte, donde también se depositaba una moneda para el paso al más allá.
Se marcaba la casa del fallecido con ramas de pino o ciprés y, en algunos casos, se contrataba a un heraldos para anunciar la muerte.
Tipos de sepultura
Durante siglos coexistieron tres modalidades:
- Inhumación: enterramiento en ataúd.
- Cremación: incineración de los restos.
- Embalsamamiento: a partir del siglo II d.C., reservado a la élite; el cuerpo se mostraba en el atrio durante varios días, con lámparas, flores y una moneda bajo la lengua para Caronte.
Los romanos no adoptaron la momificación egipcia, considerándola una práctica extranjera.
La procesión funeraria
Para los ciudadanos prominentes la marcha partía del Foro; para los comunes, de un lugar designado. Músicos tocaban lamentos, seguían bailarines y actores vestidos de muertos, y mujeres lamentándose con el cabello suelto. La Ley de las Doce Tablas prohibía rasguñar las mejillas del difunto, lo que subraya lo dramático del espectáculo.
En el cementerio se depositaba el ataúd o, en caso de cremación, se colocaba el cuerpo en la pira, se encendía el fuego y, tras la combustión, se recogían las cenizas en una urna.
Sobre los sepulcros se erigían estelas y altares donde se ofrecían alimentos, vino, aceites aromáticos, flores o incienso. Nueve días después del entierro, los familiares realizaban ofrendas y banquetes en honor al difunto.
Burdares y prostitución cerca de los cementerios
Los prostíbulos se construían frecuentemente junto a los cementerios. Además de su posible vínculo ritual, cumplían una función práctica: permitir que los difuntos “despiden” sus necesidades fisiológicas sin contaminar sus tumbas.
Fiestas para los muertos
Parentalia, Feralia y Caristia (febrero)
Del 13 al 22 de febrero los romanos celebraban la Parentalia, seguida de la Feralia (día de los ritos públicos) y la Caristia, donde la familia reforzaba lazos con un banquete colectivo. Se ofrecían agua, vino, leche, miel, aceite y sangre; se decoraban las tumbas con flores y se pedía la protección de los manes, los buenos espíritus ancestrales.
Lemuria (9, 11 y 13 de mayo)
En contraste, la Lemuria estaba destinada a ahuyentar a los lemures, almas errantes o violentas. El cabeza de familia, descalzo, recorría la casa a medianoche, arrojaba frijoles negros mientras recitaba la fórmula: "Con estos frijoles me salvo a mí y a los míos". Luego, golpeaba una vasija de barro y repetía: "Espíritus de mis antepasados, idos". Los frijoles tenían un carácter sagrado; los sacerdotes de Júpiter tenían prohibido tocarlos o hablar de ellos.
Este ritual mostraba cómo el culto a los muertos permeaba todos los ámbitos de la vida romana, combinando alegría festiva y temores sobrenaturales.