La Edad Media suele asociarse con un hedor insoportable: excrementos en las calles, aversión al baño y una vida alejada de la higiene. Sin embargo, la realidad no era tan dramática como creemos. La resistencia humana a la suciedad tiene límites, y los medievales hicieron esfuerzos notables por mantenerse limpios.
Un poema francés del siglo XIII titulado Una novela sobre una rosa ofrece una abundancia de consejos para amantes, desde técnicas para alcanzar el placer conjunto hasta la estrategia de fingir satisfacción. Este texto, que gozó de gran popularidad en Francia, Italia, Inglaterra y los Países Bajos durante dos siglos, combina una interpretación alegórica del código caballeresco con tradiciones populares y sabiduría medieval.
El poema está repleto de recomendaciones sobre higiene personal y su papel en el amor. Amor, la figura alegórica, le dice a un joven: "Debes repugnarte a toda suciedad. Lávate las manos, cuida tus dientes y elimina la mugre bajo tus uñas. Cúbrete con mangas, péinate, pero no te metas bajo la colcha, pues sólo las damas la poseen". Además, aconseja usar lápiz labial, aunque sea contravencional, porque el amor se nutre de la naturaleza.
Para una joven, el consejo es aún más directo: "Haz el amor en la oscuridad para que tu amante no note un grano o algo peor". También se le recuerda que debe mantener su "cámara veneciana" impecable.
Las mujeres debían conservar limpios tanto sus ropajes como la "habitación de Venus".
Una novela sobre una rosa evoca un mundo de deleite donde damas elegantes y caballeros galantes bailan al son de violas y tambores, juegan a los dados, al ajedrez o al backgammon, y degustan frutas exóticas como naranjas y albaricoques. A pesar de la idealización, la obra refleja un cambio real que se percibió desde el siglo XI: la consolidación del feudalismo, la disminución de las incursiones bárbaras y el fortalecimiento del cristianismo, que generó mayor seguridad, desarrollo de rutas, posadas y la importación de lujos.
Con la creciente estabilidad, la vida doméstica se volvió más cómoda. Costumbres espartanas de la Alta Edad Media, como la indiferencia por la higiene, empezaron a molestar tanto al clero como a la gente laica.
"La suciedad nunca le es cara a Dios"
Comparemos la restricción de San Benito, que reservaba el baño para ancianos y enfermos, con el consejo de Ancrene Wisse, un tratado para ermiteñas del siglo XIII. Un autor inglés, probablemente dominico, escribe a devotas mujeres que viven en celdas cerca de iglesias: "Lávate siempre que sea necesario y lava tu ropa; la suciedad nunca ha sido costosa. A Dios le agrada la pobreza y la sencillez".
Esta frase, "la suciedad nunca le es cara a Dios", resultó casi un manifiesto revolucionario. Los ermitaños y santos medievales, acostumbrados al culto de la austeridad, se habrían sorprendido al oír tal declaración.
Los hábitos no cambiaron de la noche a la mañana. La mayoría de la población, tanto laica como clerical, se lavaba las manos con frecuencia. Dado que la comida se tomaba con las manos, el lavado era una práctica pragmática, pero también un signo de cultura y refinamiento que se remonta a la época de Homero.
Los frescos medievales que representan interiores domésticos suelen mostrar una jarra, un lavabo y un paño para secar las manos en una esquina. No lavarse las manos se consideraba una falta notable; por ejemplo, el héroe itinerante Sone de Nansay, de una romance francesa del siglo XIII, se horroriza al observar que los noruegos no se lavan las manos después de comer.
Savoir‑vivre medieval
Los medievales adoraban los manuales de conducta. Obras dirigidas a mujeres piadosas, como Ancrene Wisse, y a jóvenes enamorados, como Una novela sobre una rosa, eran muy populares. Textos sobre etiqueta, crianza, educación y salud, escritos por administradores, filósofos y humanistas como Erasmo de Rotterdam, abundaban.
Los guías de savoir‑vivre recomendaban lavarse las manos antes y después de cada comida, y esta costumbre aparece con frecuencia casi obsesiva en la poesía de la época. En el poema provenzal del siglo XIII Roman de Flamenca, el esposo de la protagonista organiza un banquete para tres mil caballeros y damas; el poeta señala que "cuando se lavaban, se sentaban a la mesa" y que "después de comer volvían a lavarse las manos". Este énfasis subrayaba la elegancia de los personajes.
Tras las manos, la cara y la boca eran las partes más limpias del cuerpo. Los manuales aconsejaban lavar la cara y enjuagar la boca al despertar.
Incluso los bebés eran bañados: las guías medievales para madres recomendaban lavar a los recién nacidos en agua tibia al menos una, y a veces tres, veces al día. Los niños pequeños disfrutaban más del baño que los adultos, pues no necesitaban ir al retrete y era más fácil calentar agua para ellos. En contraste, los bebés de campesinos y los pobres urbanos se bañaban con mucha menos frecuencia.
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El olor de la limpieza
El mundo medieval olía mucho más que el nuestro. La gente estaba acostumbrada, pero los olores insoportables no pasaban desapercibidos. Santo Tomás de Aquino recomendaba el uso de incienso en la iglesia para suprimir el hedor de los cuerpos congregados, admitiendo que "puede resultar repulsivo".
En el Decamerón de Boccaccio, los personajes son extremadamente sensibles al olor de su cuerpo y al aliento. En una de las historias, una mujer infiel llamada Lidia convence a dos sirvientes de que "huelen a boca", y luego persuade a su marido de que su aliento fétido es la causa de su extraño comportamiento.
La idea de que la cercanía física es más placentera cuando la pareja está limpia y perfumada, evidente para los romanos, fue una novedad en la Edad Media que se fue impregnando lentamente en la mentalidad de la época.
Fuente
El texto es un extracto del libro de Katherine Ashenburg A History of Dirt, publicado recientemente por Bellona.