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“Merry Old England”: el destino de las mujeres casadas en los siglos XVIII y XIX

Aunque ni Jane Austen ni su hermana Cassandra se casaron, ambas conocían muy bien el destino de una mujer casada a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Quizá ese conocimiento las llevó a que Austen concluyera sus novelas con el ilusorio “vivieron felices para siempre”.

En diciembre de 1815 la editorial de John Murray publicó Emma, la cuarta novela de Jane Austen y la última en aparecer en vida de la autora. A primera vista parece otra historia ligera sobre las aventuras de jóvenes damas cuya principal preocupación es encontrar al marido adecuado y arrastrarlo al altar. El final, según muchos críticos, parece fruto de la edad avanzada de Jane: ¿qué podía saber sobre la vida matrimonial?

¿Una “Merry Old England”?

La obra de una de las escritoras inglesas más célebres se sitúa en la era georgiana, periodo que en Gran Bretaña comprende los reinados de los cinco monarcas de la Casa de Hanover: Jorge I, Jorge II, Jorge III, Jorge IV y Guillermo IV. Fue una época de intensos cambios culturales, sociales, políticos y económicos.

También se la conoce como la “Merry Old England”, una visión idílica de coches de caballería, praderas verdes y sin cercas, setos frondosos llenos de pájaros. Ese paisaje, habitado por caballeros, ministros caricaturescos y damas que pasaban el día tocando el clavicémbalo, pintando y buscando marido, es familiar para los lectores de Austen.

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Sin embargo, bajo esa fachada pintoresca se ocultaba una triste realidad sobre la posición y el destino de las mujeres, la cual Jane introdujo sutilmente en sus novelas.

La era de la maternidad obligada

En la Inglaterra de entonces, solo las viudas podían gozar de cierta independencia. Según la legislación vigente, las mujeres británicas no heredaban tierras ni propiedades, lo que las hacía dependientes del padre, luego del marido y, en caso de soltería, del hermano. El matrimonio, aun cuando era feliz, no garantizaba una vida larga ni segura.

Los aspectos fisiológicos de la vida femenina rara vez aparecen en la literatura de la época, pero abundan en la correspondencia personal. Las referencias suaves a la llegada de la menopausia, los temores de Jane en sus cartas a Cassandra sobre los embarazos de la familia, y la interminable lista de nacimientos anuales que se descubren al revisar archivos familiares, forman un cuadro aterrador de la mujer casada en los tiempos de Jane Austen.

Esta era la suerte de toda mujer casada, sin importar su clase social o riqueza. Mientras pudieran concebir, pasaban la mayor parte de su vida conyugal embarazadas, como la reina Sofía Carlota, quien en su matrimonio con Jorge III dio a luz a quince hijos. Afortunadamente, sobrevivió a los partos, algo poco frecuente.

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Dato curioso: En las cortes europeas, los partos podían contar con la asistencia de hasta 150 personas; el nacimiento público era una práctica habitual.

Derecho a la vida

Los embarazos múltiples y los partos complicados afectaban a las mujeres tanto física como mentalmente. La Ilustración trajo mejoras en las condiciones de vida y avances médicos, incluido el conocimiento de métodos anticonceptivos, pero la mortalidad materna seguía siendo alarmante. Jane Austen lo sabía de primera mano: varias cuñadas murieron en el puerperio, dos de ellas tras su undécimo hijo.

Una mujer casada estaba “exigida a una sumisión constante”, lo que a menudo se traducía en su desaparición legal. Como escribió el jurista Sir William Blackstone: “En el matrimonio, el marido y la esposa son una sola persona; la existencia jurídica de la mujer queda suspendida durante el vínculo matrimonial”. En la práctica, el único titular de derechos era el marido, cuyo “derecho” incluía disfrutar del lecho conyugal.

A finales del siglo XVIII surgieron los primeros protestas contra este trato. Entre las pioneras que denunciaron la desigualdad de género y la falta de derechos femeninos destacan Mary Wollstonecraft y la sufragista francesa Olympe de Gouges. Sus voces, sin embargo, fueron aisladas y poco escuchadas en una sociedad dominada por los hombres.

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El tema de la abstinencia sexual también llamó la atención masculina, no por preocupación por la salud de la mujer, sino por temor al crecimiento demográfico descontrolado. El clérigo Thomas Robert Malthus argumentó que el aumento de la población superaría la capacidad de alimentación del país.

Sus ideas fueron minoritarias en su tiempo, pero la historia demostró su acierto. El siglo XIX estuvo marcado por crisis alimentarias y sociales, y el crecimiento demográfico jugó un papel crucial. Durante el reinado de la reina Victoria (1837‑1901), alrededor de 15 millones de británicos emigraron en busca de mejores condiciones.

En resumen, la “Merry Old England” de Austen era una fachada romántica que ocultaba la precariedad y el sufrimiento de las mujeres casadas, cuya vida giraba en torno al matrimonio, la maternidad y la falta de derechos.