La Iglesia católica ha tenido una relación contradictoria con la homosexualidad durante siglos. El caso de la monja del siglo XVII, Benedetta Carlini, ilustra perfectamente esta ambigüedad.
Durante mucho tiempo la homosexualidad fue considerada un pecado grave y perseguida con dureza, pero simultáneamente estaba presente en distintas instituciones eclesiásticas. El estreno, el 7 de enero, de la película de Paul Verhoeven "Benedetta" vuelve a poner sobre la mesa este tema, centrado en la homosexualidad femenina.
Una pequeña ciudad, un gran escándalo
Más allá del impacto visual y escandaloso de la obra del director holandés, "Benedetta" se basa en una historia real y singular: una monja llevada ante un tribunal eclesiástico acusada de mantener una relación íntima con otra mujer, un hecho prácticamente ausente en los registros hasta finales del siglo XVI.
Según la historiadora Judith Brown, autora del libro en el que se inspira la película, la razón principal del proceso contra Benedetta Carlini no fue su vida amorosa con otra mujer. Gracias a supuestas apariciones y milagros, Benedetta alcanzó gran devoción en Pescia, Italia, y llegó a dirigir la Orden Teatines allí, convirtiéndose en una figura influyente. Fue su enfrentamiento con los jerarcas locales, y no su supuesta sodomía, lo que desencadenó el juicio.
Los rumores sobre sus supuestos pecados sirvieron a la autoridad eclesiástica. Si la única acusación hubiera sido un "pecado contra la naturaleza", probablemente habría sido ignorado, ya que las relaciones sexuales entre mujeres eran un tema que los Padres de la Iglesia solían eludir. Hasta finales del siglo XVI, las enseñanzas sobre el amor lésbico eran escasas y contradictorias.
El "Libro de Gomorra" y la clasificación del pecado
Los Padres de la Iglesia debatieron durante siglos cómo definir los pecados sexuales. Sobre las relaciones entre mujeres, escribieron San Agustín, San Ambrosio, San Juan Crisóstomo y San Anselmo. El filósofo medieval Pedro Abelardo afirmó que la naturaleza está diseñada para que los genitales femeninos sirvan a los hombres, no para que las mujeres se amen entre sí.
San Tomás de Aquino dividió los pecados sexuales en cuatro categorías: masturbación, zoofilia, actos en posición antinatural y actos homosexuales. Este último punto resultaba especialmente sensible para la jerarquía, pues ponía en evidencia una problemática interna en muchas instituciones eclesiásticas.
Mientras la sodomía masculina era considerada uno de los crímenes más graves contra la ley divina, a menudo castigada con la muerte, el amor lésbico se relegaba a un pecado de menor gravedad.
El género y la percepción del pecado
Durante mucho tiempo la enseñanza eclesiástica sostenía que las mujeres eran más proclives a la promiscuidad, lo que las llevó a ser acusadas de brujería. Se creía que solo un hombre podía despertar deseo en ambos sexos; a las mujeres se les negaba esa capacidad. Por ello, la promiscuidad femenina se asociaba principalmente con contactos hombre‑mujer. La atracción entre mujeres, aunque reconocida, se consideraba menos grave y su penitencia más ligera.
Por ejemplo, según Teodoro de Tarso, la expiación para una mujer que tuviera relaciones con otra mujer duraba tres años, mientras que el acto homosexual masculino merecía diez años de penitencia. El Papa Gregorio III estableció una distinción similar: 160 días para la mujer y un año para el hombre. Sólo con la Contrarreforma los castigos comenzaron a equipararse, llegando incluso a la pena de muerte.
También se difundía la idea de que la mujer que amaba a otra mujer lo hacía como preparación para el sexo con un hombre.
Un pecado que no se nombraba
En el caso de Benedetta, a diferencia de otros juicios, se declaró explícitamente que la acusación era por un acto homosexual. Sin embargo, para difamar a una monja ante un tribunal eclesiástico bastaba con insinuar una relación con un sacerdote.
Cuando las mujeres eran condenadas por sodomía, a diferencia de los hombres, sus penas rara vez se hacían públicas para evitar escándalos. Así, el amor lésbico se convirtió en "peccatum mutum", el pecado cuyo nombre no se pronuncia.
Tras los muros del convento
Es posible que la acusación de una relación con un confraternista tenga algo de verdad; una relación con un sacerdote habría sido suficiente para desprestigiarla sin necesidad de inventar historias de juegos homosexuales. Desde la Baja Edad Media, las órdenes femeninas ganaron una reputación moralmente dudosa, convirtiéndose en refugio de miembros de familias poderosas caídos en desgracia.
Los Padres de la Iglesia advirtieron desde sus inicios que:
El amor que se brinda entre monjas no debe ser carnal sino espiritual: lo que practican las mujeres indecentes, incluso entre otras mujeres, no debe hacerse ni por casadas, ni por prometidas, mucho menos por viudas o vírgenes consagradas al Señor.
Con el paso de los siglos se impusieron normas para evitar la intimidad entre monjas: se prohibió dormir juntas, se mantuvieron lámparas encendidas en los dormitorios y, a partir del siglo XIII, se exigía que las puertas de las celdas permanecieran abiertas bajo la vigilancia de la priora. Estas restricciones, aunque presentadas como medidas de disciplina, ocultaban un claro intento de controlar la sexualidad femenina dentro del convento.
Bibliografía
- Brown, Immodest Acts. The Life of a Lesbian Nun in Renaissance Italy, Oxford 1986.
- Boswell, Christianity, Social Tolerance, and Homosexuality: Gay People in Western Europe from the Beginning of the Christian Era to the Fourteenth Century, London 1980.
- Cadden, Nothing Natural Is Shameful: Sodomy and Science in Late Medieval Europe, Philadelphia 2013.