Introducción
La pobreza extrema que dominaba la Galicia imperial y real era casi proverbial. Cada familia hacía lo que podía para sobrevivir. En medio de esa miseria y hambre, surgieron mujeres dispuestas a “solucionar” el problema de los bebés no deseados con una eficacia letal.
Casos documentados
En mayo de 1903, el periódico neozelandés Wanganui Herald informó que había sido capturado un asesino en serie en Varsovia, Rusia. Según la noticia, la supuesta Madame Guzovska habría matado a más de quinientos infantes “indeseados”, cobrando a sus madres una cantidad variable según su posición social. Los niños eran “eliminados” lo más rápido posible.
Los rusos llamaban a estas criminales “fabricantes de ángeles”. Aunque la cifra de 500 víctimas parece exagerada y es difícil encontrar referencias históricas sobre Guzovska, sí es cierto que existían decenas de mujeres con patrones similares en Polonia.
Un caso parecido apareció en el Toronto Daily Mail (Canadá), donde se describía a “tres fábricas de ángeles” responsables de al menos 27 muertes. Los cuerpos fueron enterrados a pocos centímetros bajo tierra, dentro de cajas de cigarrillos, en la ciudad de Przemyśl, Galicia. Estos crímenes eran, al parecer, más comunes de lo que se creía.
¿Una coincidencia desafortunada?
Según Norman Davies, en su libro The Heart of Europe, en 1902 más de 400 000 explotaciones gallegas eran tan pequeñas que sólo podían alimentar a una familia promedio durante tres meses al año. La población crecía lentamente, casi un 1 % anual, sin espacio para hijos no deseados.
Los periódicos polacos empezaron a reportar cada vez más casos de “propietarias de fábricas”. Psicólogos de la época describieron el infanticidio como una forma de control demográfico, señalando que las víctimas solían ser gemelos, niñas, niños nacidos poco tiempo después de otro, enfermos, deformes o ilegítimos, y que las madres solteras y pobres eran las más vulnerables.
La tragedia como negocio
La mortalidad infantil en la Galicia del siglo XIX era altísima. La falta de alimento y de asistencia médica obligaba a muchas familias a emigrar al extranjero. Ante la ausencia de preguntas, algunas mujeres comenzaron a cobrar por “acoger” a los bebés no deseados y, posteriormente, asesinarlos, generalmente dejándolos morir de inanición.
Todos conocían el macabro acuerdo: madres desesperadas, vecinos y la comunidad local sabían a dónde acudir. Sólo las autoridades parecían cerrar los ojos.
Ejemplos escalofriantes
En 1887, en Chernivtsi (actual Ucrania), el médico local notó un aumento exponencial de la mortalidad infantil. Tras revisar los certificados de defunción, descubrió una ola de infanticidio masivo. Reportó 34 mujeres implicadas, aunque el número real era mucho mayor.
En 1890, Polka llamada Paranka Maksymischin (de 40 años, de Wielkopole) fue condenada y ejecutada por asesinar niños. Según el escritor Martin Pollack, Paranka introducía alfileres de pino envueltos en trapos por la garganta de un bebé de trece meses para asfixiarlo y luego arrojaba el cuerpo al río.
Otro caso, reportado por la Gazeta Lwowska en 1903, involucró a Julia Sałdakowa de Lviv, quien supuestamente “alimentaba” a los infantes con una decocción de semillas de amapola y los dejaba morir de hambre en menos de dos semanas.
Legado
El problema no desapareció del todo; cambió de forma. Durante la Gran Depresión y la pobreza crónica de la Segunda República Polaca, disminuyó el número de mujeres que cobraban por este “servicio”, pero la práctica persistió en distintos contextos.
El artículo se basa en The Heart of Europe de Norman Davies (Znak Horyzont, 2014).