¿Cuántas horas puedes pasar en el baño?
En la época victoriana y eduardiana una mujer podía pasar tres, incluso cinco horas, frente al espejo antes de salir. No era una exageración: la preparación era una cuestión de reputación y futuro social.
Una rutina que podía durar todo el día
Una hora ya generaba susurros de descontento; dos horas se consideraban una exageración y tres podían provocar una verdadera discusión. En comparación, las mujeres de hace un siglo tardaban mucho más en estar listas para asistir a la compañía.
Cada aparición pública requería un aspecto acorde al momento del día y al tipo de evento. Una hora apenas bastaba para una visita al mercado; para un baile de gala o una ópera se necesitaba mucho más.
El debut social: una cuestión de vida o muerte
Estrenos teatrales, bailes, carreras de caballos y fiestas eran esperados con entusiasmo y temor. El futuro de una joven dependía de su debut en la alta sociedad. Cada aspecto de su belleza—piel, manos, uñas, cabello, dientes, figura y pies—debía ser impecable.
Según el libro Belleza sin conservantes de Aleksandra Zaprutko‑Janicka, la adolescente Madzia cambió radicalmente su peinado y vestuario antes de un baile, provocando la indignación de su madre y la deserción de la familia.
Ir al teatro: un espectáculo antes del espectáculo
Ir al teatro implicaba una preparación digna de los propios actores. Las damas se arreglaban como si fueran a subir al escenario, observando a los demás con telescopios para analizar cada detalle.
La mujer bien arreglada, espejo del hombre
La apariencia femenina era un reflejo del estatus del marido o del padre. Un buen aspecto abría puertas y reforzaba la reputación familiar. Por eso, los hombres no protestaban cuando sus esposas o hijas dedicaban horas al cuidado personal.
Los estándares de belleza de la época
La piel debía ser perfectamente blanca; el sol era el peor enemigo. Las mujeres empleaban tratamientos de blanqueamiento de semanas, con mezclas de jugo de limón, peróxido de hidrógeno o perejil, para eliminar cualquier rastro de bronceado.
El cabello, que a menudo llegaba hasta los tobillos, requería horas de lavado, secado al aire y peinado elaborado por peluqueros que trabajaban todo el día para ajustar los peinados.
En esa época no existían planchas o rizadores con recubrimientos protectores; los elaborados peinados podían quemar y dañar el cabello.
Maquillaje discreto pero necesario
El maquillaje estaba reservado a actrices y cortesanas. Las damas respetables solo usaban polvo de arroz o rubor rosado, buscando modestia y naturalidad, aunque siempre con el objetivo de resaltar su belleza sin que se notara.
El corsé: la armadura de la elegancia
El corsé comprimía el torso como una armadura medieval, dificultando la respiración y el movimiento. Sin embargo, era indispensable para lograr la postura y la cintura estrecha que la moda exigía.
Tras todas esas preparaciones, la mujer finalmente vestía el traje pensado para la ocasión; a veces bastaba con una hora extra para los últimos retoques.
Así que, la próxima vez que tu pareja se queje del tiempo que pasas frente al espejo, muéstrale este artículo. Quizá entienda que esas dos horas son, en realidad, un sprint de Usain Bolt comparado con los maratones de belleza del pasado.