Una delgada línea separa el amor de la locura. Así fue la historia de Pedro I, quien perdió a su amada de forma brutal, pero no dejó que su muerte apagase su deseo de compartir vida y poder con ella.
En 1340, la comitiva de Constanza Manuel de Castilla, segunda esposa del príncipe Pedro, heredero al trono portugués, llegó a la corte de Alfonso IV. Entre los miembros de la casa de la duquesa se encontraba Inês de Castro, una noble gallega cuya extraordinaria belleza cautivó al futuro rey. En poco tiempo surgió una apasionada relación que marcaría la historia con amor, traición, asesinato y una locura sombría.
Amor prohibido
El romance entre Pedro e Inês se gestó bajo la sombra del matrimonio infeliz de Pedro con Constanza. Aunque el príncipe tuvo tres hijos con su esposa, su vínculo con Inês se alimentaba más de la necesidad de compañía y deseo que de la obligación familiar.

La muerte de Constanza en 1345, tras dar a luz a Fernando, heredero al trono, no provocó luto en Pedro, sino una oportunidad para buscar la felicidad junto a Inês.
El príncipe rechazó rotundamente nuevos matrimonios, pues sólo había espacio en su corazón para una mujer, con quien ya había engendrado cuatro hijos. Sin embargo, la nobleza portuguesa y el rey Alfonso IV temían la influencia de la familia de Inês, una poderosa casa castellana, sobre el futuro monarca.

Ese temor selló el destino de los amantes y anunció la tragedia.
Crimen y castigo
Consciente de que nunca obtendría la autorización real para casarse, Pedro y Inês celebraron una boda secreta en 1354. Cuando la noticia llegó a los oídos de Alfonso IV, el rey se enfureció. Consideró el acto una rebeldía abierta y ordenó el asesinato de la mujer que él llamaba su “esposa no deseada”.
Según la leyenda, Inês fue asesinada el 7 de enero de 1355 dentro del Convento de Santa Clara en Coimbra, frente a sus hijos, mientras Pedro estaba ausente.

Al enterarse del crimen, Pedro desató una revuelta contra su padre. Una guerra civil devastó Portugal durante siete meses, sumiendo al reino en sangre y fuego. Cuando Alfonso IV estaba al borde de la muerte, se vio obligado a pactar una tregua.
Tras el fallecimiento del rey, Pedro, ya rey Pedro I, persiguió a los tres asesinos de Inês. Su venganza fue tan sangrienta que le valió el apodo de “el Cruel”.
Pedro I el Cruel y la reina cadáver Inês
Dos años después del asesinato, Pedro capturó a los verdugos y los sometió a torturas brutales: los azotó, los desgarró y finalmente les arrancó el corazón, una escena que presenció rodeado de su corte.
El episodio más macabro de su historia llegó cuando, para honrar a su esposa, ordenó exhumar su cuerpo. El cadáver de Inês fue vestido con vestiduras reales y colocado en el trono de Alcobaça. La corte fue obligada a rendirle pleitesía besando el anillo que reposaba sobre su mano en descomposición.

Los restos de Inês fueron enterrados en el monasterio cisterciense de Alcobaça, y más tarde se construyó una segunda tumba frente a la suya para Pedro I. Así, ambos amantes permanecerían juntos hasta el juicio final, bajo la inscripción “Até o fim do Mundo” – “Hasta el fin del mundo”.