Los bailarines de los principales teatros rusos — el Bolshoi de Moscú y el Mariinsky de San Petersburgo — han fascinado al público durante 200 años con sus movimientos armoniosos. Pero tras la fachada de belleza se esconden pobreza, intrigas, trabajo agotador y casos de acoso y hostigamiento.
En Rusia, el ballet goza de un cariño especial por parte de la ciudadanía; es un orgullo nacional y una mercancía de exportación. No es de extrañar que las bailarinas se esfuercen al máximo para alcanzar la cima, empleando cualquier recurso necesario, pues la fama y la adoración del público lo justifican.
Sangre, sudor y lágrimas
“Para formar parte del corps de ballet se requieren años de práctica sistemática y jornadas de horas interminables”, escribe Olga Kowalik, autora de un libro sobre la vida tras bambalinas de las bailarinas rusas. “Desde el primer día hasta el último, la bailarina debe repetir los mismos movimientos en los ensayos para ejecutarlos con una precisión casi mecánica”.
Tanto en la época zarista como hoy, el calentamiento comienza a las 9 a.m. en el Bolshoi y el Mariinsky. Es indispensable: una semana sin entrenar provoca una caída brusca del nivel, y recuperar la forma suele necesitar, en promedio, dos meses de entrenamiento intensivo.
El talento y la predisposición física siempre han sido importantes, pero el trabajo agotador es la verdadera clave del éxito.
Anna Pavlova, a diferencia de lo que sugiere su figura esbelta, no poseía una complexión atlética, pero logró desarrollar una musculatura impresionante. Isadora Duncan recordaba:
“Observaba, asombrada, los ejercicios de tres horas de Pavlova, que actuaba como una máquina sin detenerse ni un segundo. No tocaba la comida que le entregaban al mediodía”.
La primera bailarina del Teatro Imperial Mariinsky, Matylda Krzesińska, entrenaba sin descanso, se pesaba a diario y seguía una dieta estricta. Llegaba al teatro dos horas antes de su turno para calentar los músculos.
En su afán de perfección, la bailarina ponía en riesgo su propia salud. Por ejemplo, organizaba cuatro sillas en forma de rectángulo y recorría la estrecha zona creada como si fuera una pista. Un roce accidental podía romper la silla. Para intensificar su actuación, no dudaba en bailar entre ocho espadas apuntando al cielo.
Las bailarinas sufrían degeneración de articulaciones, lesiones de columna y contusiones en los tobillos, que a veces sangraban. El dolor era tal que los médicos les administraban analgésicos antes de cada función. “Si me despierto sin dolor, es que ya estoy muerta”, bromeó Maja Plisiecka, una de las bailarinas contemporáneas más destacadas.
Vida privada
En la época zarista, las primas bailarinas recibían salarios dignos y eran muy solicitadas, mientras que el resto del elenco vivía en la pobreza. La solución a sus problemas financieros eran los amantes adinerados, abundantes en la Rusia de entonces. Estos hombres les ofrecían viajes a balnearios de moda, ropa de sastre parisino, joyas y cenas en los mejores restaurantes.
Los teatros se burlaban de las bailarinas que, por amor, se relacionaban con compañeras o se casaban con jóvenes sin recursos.
Con frecuencia, los mecenas convencían a las bailarinas para que abandonaran el escenario, prometiéndoles una vida cómoda. Sin embargo, algunos hombres, cansados, expulsaban a sus amantes del hogar, obligándolas a volver al teatro y buscar otro patrocinador.
Durante el período soviético, a las bailarinas se les prohibía tener hijos por miedo a que el embarazo afectara su forma física. Maja Plisiecka confesó en sus memorias haber tenido varios abortos, incluso en un hospital del Kremlin. La prohibición se rompió a finales de los años 80 cuando Ludmiła Siemieniak dio a luz a un hijo, provocando una gran sensación en la Unión Soviética.
Hoy en día, las bailarinas rusas pueden ser madres, pero suelen decidirlo en sus cuarentas, cuando su posición en el teatro ya está consolidada.
Tramas y conspiraciones
La verdadera maestra de la intriga fue Matylda Krzesińska, conocida en Polonia como amante del zar Nicolás II. La polaca sobresalía por su nivel técnico excepcional. Los amantes del ballet ruso no podían resistir su encanto.
“Su danza es vida, fuego, alegría; ilumina el escenario con su sola presencia y su sonrisa”, escribió el crítico Alexander Pleszczjew.
Incluso cuando sus piernas ejecutaban figuras que ponían en riesgo la dislocación, la sonrisa permanecía.
Tras romper con Nicolás II, Matylda mantuvo una relación con su tío Sergiusz y con su primo Andrzej, a quien llegó a casarse. Su cercanía a la corte le otorgó una enorme influencia en el Teatro Imperial Mariinsky, permitiéndole elegir los papeles que deseaba interpretar. “Normalmente el repertorio depende del bailarín, pero en este caso fue el bailarín quien determinó el repertorio”, comentó con amargura Vladimir Tielakowski, director del teatro.
Una bailarina italiana, contratada por el Mariinsky para el espectáculo “Futile foresight”, se vio rechazada por Krzesińska, quien exclamó: “Este es mi ballet, no lo cederé”. Incapaz de obligarla, Tielakowski envió un telegrama encriptado a Nicolás II, que respondió: “Si es el ballet de Krzesińska, que así sea”.
Un conocido del director, ingenuo, le preguntó quién era él dentro del Mariinsky, pues su influencia era limitada. “En realidad, soy el director… pero en la práctica, otras mujeres ejecutivas toman las decisiones, aunque no aparecen en la lista oficial de personal administrativo”, respondió.
Al igual que en épocas anteriores, las bailarinas siguen saboteando a sus rivales, arrojando vidrio roto a sus puntas o destruyendo sus vestuarios. Algunas, con menos talento, se relacionan con oligarcas que literalmente les compran papeles; sin embargo, su falta de preparación suele quedar al descubierto rápidamente.
En 2011 se difundieron grabaciones de una orgía organizada por Gennady Janin, director del Teatro Bolshoi. Resultó que Janin había convocado varios eventos similares, coaccionando a sus subordinados con la amenaza de expulsión o con la promesa de un papel destacado. Ante la presión pública, Janin renunció.
Bibliografía
- O. Kowalik, La vida cotidiana de las bailarinas del Teatro Imperial ruso. Moscú, 2011.
- Documental “Guerras tras bambalinas en el ballet” (2016).
- V. Wiernicka, Mujeres polacas en el Kremlin. Varsovia, 2018.