El mito de la viuda que se quema con su marido
Según varios cronistas árabes y medievales, en algunas tribus eslavas la esposa moría junto a su esposo. Al-Masudí describió a los Sérvios (Sérbin) quemándose en la hoguera al fallecer el jefe, y a sus viudas atándose una cuerda al cuello para colgarse del mismo poste hasta morir. La práctica recordaba al sati hindú, donde la mujer se sacrificaba para demostrar su amor y heroísmo.
Fuentes históricas
Un cronista bizantino del siglo VI relató que los eslavos consideraban la muerte del marido como su propio fin, prefiriendo el suicidio sobre la viudez. San Bonifacio, en una carta al rey anglosajón del siglo VIII, afirmó que la mujer eslava no quería vivir después de la muerte de su esposo y se quemaba con él. En el siglo XI, Thietmar de Merseburgo describió que, bajo Mieszko I, las esposas eran decapitadas y quemadas tras la muerte del marido.
Preparativos para el más allá
Los eslavos creían que el difunto debía cruzar al otro mundo bien equipado. La ausencia de objetos o una pira mal preparada podía convertir al fallecido en un striga o espectro que atormentaba a los vivos. Según Stanisław Bylina, había dos categorías de muertos: los ancestros benevolentes, que mantenían lazos familiares y eran honrados en los “Días de Todos los Santos”, y los espíritus hostiles, nacidos de muertes violentas o prematuras.
El "Ángel de la Muerte" y el sacrificio de la concubina
El relato más detallado proviene del diplomático árabe Ibn‑Fadlán, quien acompañó al califa a la corte búlgara en el Volga (922 d.C.). Observó los días de preparación del funeral de un noble, donde una concubina era asesinada para acompañar al difunto al otro mundo. El texto describe cómo la mujer era atada, estrangulada y luego quemada junto al cadáver, bajo la supervisión de una anciana apodada “Ángel de la Muerte”.
Algunos estudiosos discuten si esta descripción corresponde a un rito eslavo o a costumbres vikingas, ya que los vikingos también practicaban sacrificios femeninos.
Del sacrificio al poder femenino
Con la llegada del cristianismo, el deber de morir con el marido se limitó a concubinas y esclavas; las viudas nobles comenzaron a ejercer autoridad. Aleksander Gieysztor señala que, entre los siglos VI y X, la obligación de suicidio desapareció para las esposas de la élite, que pasaron a gestionar el hogar y, en algunos casos, a gobernar.
Ejemplos destacados:
- Lyudmila, princesa checa, actuó como regente tras la muerte de su esposo Príncipe Vratislav.
- Olga de Kiev, viuda de Igor, tomó el control del principado en 945, lideró campañas militares y estableció contactos con Constantinopla.
- Adelheid (o “Blanca de los Cien”), hermana de Mieszko I y esposa de Gejza de Hungría, fue una figura influyente en la política centroeuropea.
- Świętosława (Sigrida), hija de Mieszko I, casada con el rey danés Sven Forkbeard, madre de Harald II y Canuto el Grande, ejerció poder durante la ausencia de su marido.
Estas mujeres demostraron que la viudez en la cultura eslava no implicaba necesariamente la muerte, sino la posibilidad de ejercer autoridad y moldear la historia de sus pueblos.