Una visión distinta de la conquista de Jerusalén
En la historiografía de las Cruzadas se ha consolidado una imagen rígida de los dos asedios a Jerusalén. Los cruzados, en 1099, la cubrieron de sangre; Saladino, en 1187, es recordado como un gobernante civilizado que garantizó una salida segura a la población. Sin embargo, la realidad no es tan blanco y negro. Saladino abordó la toma de la ciudad con una mentalidad muy pragmática y, sobre todo, económica.
El rescate como fuente de ingresos
Saladino, sultán de Egipto y Siria (1174‑1193) y fundador de la dinastía ayubí, no era un hombre especialmente brutal, pero como cualquier gobernante militar necesitaba fondos. Cuando la ciudad cristiana más rica de Tierra Santa cayó bajo su control, vio una oportunidad para obtener grandes sumas de dinero.
El 2 de octubre de 1187 izó sus banderas sobre Jerusalén y ordenó la instalación de guardias y funcionarios encargados de cobrar rescates en cada puerta. Como explica Piotr Solecki, autor de una reciente biografía de Saladino, «la ciudad quedó presa, y cualquiera podía comprar su libertad si disponía del dinero» (p. 133). Cada habitante recibió una factura que, en muchos casos, resultó imposible de pagar.
El rescate se convirtió en la principal forma de financiación. Saladino actuó como un hábil comerciante: estableció una tabla de precios y negoció con los vencidos. Quien no pagara en un mes sería vendido como esclavo. Inicialmente, la demanda era de 20 bezantes por hombre, 10 por mujer y 5 por niño, cifras astronómicas según Jean Richard.
Tras largas negociaciones, el precio se redujo a unos 4 bezantes por hombre. Se calcula que alrededor de 7 000 personas fueron objeto de estos rescates, aunque no se conoce cuántas lograron pagarlos. Además, se hallaron unos 20 000 refugiados de otras ciudades dentro de las murallas.
Otros ingresos y políticas controvertidas
El patriarca de Jerusalén, Heraclio, escapó de la ciudad aprovechando la confusión y llevándose consigo valiosos objetos. Por su parte, Baliano de Ibelín, noble local, habría comprado a varios miles de prisioneros con su propio dinero para protegerlos.
Los ingresos del rescate no cubrieron todos los gastos del sultán, por lo que buscó fuentes adicionales. La Iglesia del Santo Sepulcro, cerrada tras la conquista, se reabrió pocos días después, pero ahora cobraba una entrada de 10 zlotys, una cantidad simbólica pero lucrativa.
Saladino también permitió el regreso de la población judía a la ciudad, aunque bajo la condición de pagar un impuesto, según relata Solecki (p. 134). Los ancianos fueron liberados no por compasión, sino porque resultaban poco útiles como esclavos y su mantenimiento recaía en el erario.
Quienes no pudieron pagar
Contrario a la visión romántica de la película «Kingdom of Heaven», no todos los habitantes lograron pagar su libertad. El 2 de octubre comenzó una pesadilla para muchos, revelando el lado menos civilizado de la conquista.
Un cristiano sirio describió lo ocurrido en la capital cautiva del Reino de Jerusalén:
«No hay palabras que describan los crímenes cometidos en la ciudad; los lugares sagrados fueron vendidos a personas de todas las razas; iglesias y altares se convirtieron en establos y lugares de ejecución, canto y diversión.»
Otro testimonio relata la trata de mujeres y niños:
«8 000 mujeres y niños fueron repartidos entre nosotros; sus llantos provocaron sonrisas en los musulmanes. Mujeres nobles fueron degradadas, vírgenes violadas, y muchas fueron vendidas a bajo precio a destinos lejanos.»
Estos relatos confirman que la conquista de Saladino, lejos de ser un acto de caballerosidad, estuvo marcada por la codicia y la violencia.
Fuentes
Bibliografía básica:
- Piotr Solecki, Saladin and the Crusades, Replica, 2011.
Bibliografía complementaria:
- Jean Richard, The Crusades, c.1071 – c.1291, Cambridge University Press, 1999.