Augusto (27 a.C. – 14 d.C.)
El primer emperador, conocido como Augusto, consolidó el poder tras la caída de la República. Las fuentes antiguas mencionan rumores de relaciones homosexuales y de abuso sexual, pero estos relatos son escasos y poco verificables en comparación con los hechos políticos y administrativos que marcaron su reinado.
Tiberio (14‑37 d.C.)
Tras la muerte de Augusto, el trono pasó a Tiberio, un hombre reservado y desconfiado que, según Suetonio, se retiró a la isla de Capri. Allí, la corte se volvió famosa por su lujo y, según testimonios, por la presencia de jóvenes y mujeres que servían como compañía del emperador.
Además de su vida privada, Tiberio mostró una faceta cruel: disfrutaba presenciar ejecuciones y, en ocasiones, diseñaba métodos de muerte particularmente macabros, como el uso de tubos para forzar la ingestión de vino hasta la ruptura del estómago.
Su gobierno también se caracterizó por la represión política. El prefecto Sejano, su aliado más cercano, fue ejecutado junto a su familia, incluida su hija menor, bajo acusaciones de conspiración.
Calígula (37‑41 d.C.)
Calígula ascendió al trono a los 25 años y, al principio, gozó de buena reputación. Sin embargo, su mandato se vio empañado por rumores de incesto con sus hermanas y comportamientos excéntricos, como vestirse de mujer y proclamar su divinidad.
Algunas de sus decisiones más extrañas incluyen nombrar a su caballo Incitatus como cónsul y ordenar a la guardia pretoriana que entrara al mar para cortar las olas, para luego recoger conchas como botín de una supuesta victoria.
Su política contra la aristocracia culminó en su asesinato por parte de la guardia pretoriana, y tras su muerte se le aplicó la damnatio memoriae, borrando su recuerdo oficial.
Claudio (41‑54 d.C.)
Claudio, hermano del difunto Calígula, fue proclamado emperador por la guardia pretoriana. A pesar de sus limitaciones físicas – cojera, tartamudeo y problemas de visión – gobernó con prudencia, enfocándose en la administración y en la expansión territorial.
Su vida personal estuvo marcada por intrigas de la familia imperial. Sus esposas, la famosa Messalina y luego Agripina la Menor, fueron responsables de conspiraciones que terminaron con sus propias muertes y, en el caso de Agripina, con el envenenamiento de Claudio para favorecer a su hijo Nerón.
Nerón (54‑68 d.C.)
Nerón, hijo de Agripina la Menor y nieto de Claudio, es recordado por su extravagancia y sus excesos. Su gobierno combinó una primera fase de reformas y patrocinios culturales con una segunda etapa de persecución política y escándalos sexuales.
Se le acusa de participar en orgías, de abusar de su poder para satisfacer sus deseos y de ordenar la muerte de su madre Agripina. Además, la tradición relata actos de crueldad, como la ejecución de cristianos y la supuesta incitación al gran incendio de Roma, aunque la responsabilidad directa de Nerón sigue siendo debatida por los historiadores.
Aunque sus excesos fueron notorios, Nerón también impulsó proyectos arquitectónicos y artísticos, como la construcción del gran teatro de Roma.
Su reinado terminó con una revuelta militar; al verse acorralado, se suicidó en el año 68 d.C., poniendo fin a la dinastía Julio‑Claudia.