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Beria: ¿Amigo de los polacos?

El temido ejecutor de los polacos, responsable de la masacre de Katyn y de cientos de miles de deportaciones, y jefe del NKVD que aterrorizó a Polonia desde 1944. ¿O quizá un político poco convencional y visionario que comprendía la resistencia de los pequeños países frente a Moscú, ofreciendo a Polonia una alternativa mucho mejor que la de Stalin?

Incluso antes de la Primera Guerra Mundial, Stalin pasó por Cracovia; el personal del restaurante Hawełka lo recibió con frialdad, escuchó su ruso y le ofreció vodka caliente. Su odio hacia los polacos se reforzó cuando Piłsudski repeler el ‘Tormento Rojo’ en 1920, culpando a Stalin y a Semyón Budyonny, señalados en Moscú como los principales responsables de la derrota.

Lavrenti Beria, mano derecha de Stalin y jefe del NKVD, no tuvo una relación tan hostil con Polonia. Al contrario, mostraba una sensibilidad poco común hacia el país, como evidencian los relatos de la biógrafa Françoise Thom.

El Tercer Reich y la URSS – Beria contra Stalin

Desde la primavera de 1939, tras las garantías inglesas a Polonia, la Unión Soviética se posicionó como árbitro entre la Alemania nazi y la alianza anglo‑francesa. Beria optó claramente por una alianza con las potencias occidentales.

Beria: ¿Amigo de los polacos?

Hasta el 23 de agosto de 1939, Beria contaba con el apoyo de Inglaterra y Francia, aunque Stalin ya había decidido aliarse con el Tercer Reich. En la foto, Stalin y Ribbentrop en el Kremlin (fuente: Bundesarchiv; lic. CC‑BY‑SA 3.0).

Según su hijo Sergo, Beria creía que el pacto con Ribbentrop nos aislaba de la civilización occidental y que, con Hitler como aliado, Stalin ya no tendría que avergonzarse. Al conocer esas simpatías, Stalin lo apartó de las negociaciones; el NKVD investigó un posible acuerdo con Inglaterra y Francia hasta el 23 de agosto, cuando el pacto con Alemania ya estaba decidido.

Aunque el pacto Molotov‑Ribbentrop se firmó y la cooperación soviético‑alemana parecía armoniosa, Beria anticipó que el conflicto entre los dos totalitarismos era inevitable y comenzó a prepararse. Desde la primavera de 1940, sus emisarios secretos (por ejemplo, Andrew Rothstein) sondaron al gobierno polaco en el exilio sobre la creación de un ejército polaco en la URSS en caso de guerra germano‑soviética.

En medio de la «luna de miel» germano‑soviética – que otorgó a los soviéticos partes de Polonia, Finlandia, Rumanía y los estados bálticos – Beria, a través de sus canales, se preparaba para el conflicto con Alemania.

Beria: ¿Amigo de los polacos?

Habla inteligentemente y no acabarás en la fosa de Katyn

El NKVD interrogó a prisioneros de guerra polacos en los campos de Kozielsk, Starobielsk y Ostashkov. Beria se reunió con el general Marian Żegota‑Januszajtis, quien sostenía que los alemanes atacarían a la URSS y que los rusos necesitarían mucho al ejército polaco.

El general intentó apelar a la «carta polaco‑georgiana», argumentando que, como georgiano, Beria debía comprender que Polonia no podía ceder a Rusia y que Moscú había sido enemigo común de ambas naciones durante siglos. Beria solo esbozó una leve sonrisa.

En una ocasión, el general, con honores, se dirigió a Beria:

"No hay acusación contra mí, dice que soy libre, pero estoy en una celda en la Lubyanka. Me mira fijamente y dice: '¿Pretendes no entender que el único lugar seguro en la tierra soviética es la celda de la Lubyanka?'

Beria: ¿Amigo de los polacos?

El NKVD consideró a Żegota‑Januszajtis un interlocutor interesante porque sostenía que, tras el ataque alemán, Stalin necesitaría un ejército polaco.

La masacre de oficiales polacos – ¿no quiso, pero tuvo que?

El 5 de marzo de 1940, el Politburó soviético, a petición de Beria, decidió ejecutar a más de 20 000 ciudadanos polacos sin juicio. ¿Por qué Beria firmó una orden de genocidio contra la élite polaca mientras mantenía la fachada de colaborar con el gobierno de Sikorski? Françoise Thom señala pruebas indirectas de que el jefe del NKVD no tuvo otra opción que respaldar la idea de Stalin bajo su propio nombre.

Un indicio es la eliminación del nombre de Beria del documento que listaba a los tres responsables de la condena a muerte de los oficiales polacos – un hecho sin precedentes en los archivos soviéticos. Además, su hijo recuerda que su padre se oponía categóricamente a la ejecución.

En otoño de 1940, cuando las relaciones germano‑soviéticas empezaban a deteriorarse, Beria presentó a Stalin un proyecto para crear una división polaca bajo el mando del general Januszajtis. Stalin lo rechazó para no irritar a su poderoso aliado. No obstante, el NKVD alojó a un grupo de oficiales polacos pro‑soviéticos (liderados por Zygmunt Berling) en la villa de Małaszowce, cerca de Moscú, y continuó las negociaciones en secreto.

Beria: ¿Amigo de los polacos?

Existen numerosas señales de que Beria no apoyó realmente la orden de matar a los oficiales polacos.

Cuando Berling preguntó a Beria por los oficiales de Starobielsk y Ostashkov, éste respondió con desdén: «Imposible, esas personas ya no están en la URSS». Y añadió en voz baja: «Cometimos un gran error».

Los planes de Beria de crear un ejército polaco en la URSS y cooperar con el gobierno en el exilio sólo se materializarían tras la invasión alemana. En ese momento, el destino de los oficiales desaparecidos era desconocido para el gobierno polaco.

Se cumplió cada deseo de Anders

En el verano de 1941, a instancias del general Januszajtis, Beria propuso nombrar al general Władysław Anders comandante del ejército polaco en territorio soviético. Según Sergo Beria, la madre del jefe del NKVD cuidó al exhausto Anders durante sus primeros días de libertad.

Con la autorización de Stalin, Beria ordenó al NKVD mostrar un respeto ostentoso a Anders, entregándole dos caballos. «Se le cumplía cada deseo», afirmó el embajador Stanisław Kot. En otoño de 1941, cuando el Ejército Rojo estaba en crisis, Beria presionó a Stalin para trasladar al ejército polaco al Cáucaso y permitir que los británicos se expandieran al Oriente Medio.

Beria: ¿Amigo de los polacos?

Estas decisiones beneficiaban geopolíticamente a Polonia y Georgia, pero no a la Unión Soviética. En septiembre, el NKVD permitió que el ejército polaco se desplazara hacia Uzbekistán y el Volga sin autorización oficial. Cuando Stalin lo criticó, Beria culpó a las autoridades locales, demostrando una política cada vez más independiente.

¿Orden polaca para el NKVD?

Entre 1941 y 1942, cuando Stalin enfriaba sus relaciones con el gobierno de Sikorski, Beria enviaba informes insistiendo en la lealtad «immensa» del general Anders hacia la URSS. Incluso después de la guerra, el anti‑soviético Anders no pudo elogiar la relación entre Beria y su ejército, aunque sí reconoció la figura del general Georgy Zhukov.

Anders estaba dispuesto a concederle a Beria la Orden de Polonia Restituta «si aún vivía y si eso no le perjudicaba». Consciente de la agenda propia de Beria, Sikorski advirtió a Anders: «Zhukov finge hablar en nombre del gobierno soviético. Juega un juego que aún no entiendo».

Beria: ¿Amigo de los polacos?

En septiembre de 1942, el ejército polaco abandonó la URSS, en contra de la posición de Władysław Sikorski. Françoise Thom explica que Beria anticipó la retirada del Wehrmacht y la liberación del Cáucaso por los aliados anglo‑sajones, esperando que Georgia quedara bajo control del ejército de Anders, que incluía oficiales georgianos exiliados.

Tras la evacuación del ejército de Anders al Oriente Medio, el jefe del NKVD quiso usarlo para liberar Yugoslavia, una propuesta que también beneficiaba a Polonia y a Gran Bretaña al abrir un segundo frente en los Balcanes.

¿Concedería Beria más libertad a la República Popular de Polonia?

Una vez que el Ejército Rojo entró en Polonia, Beria volvió a proponer una política más flexible, por ejemplo, respecto a la resistencia subterránea polaca. Mientras Stalin veía en ella solo un elemento patriótico anti‑soviético y optaba por la exterminación física, Beria quería mantener a varios comandantes del AK y «reciclar» sus unidades mediante el ejército de Berling.

Beria: ¿Amigo de los polacos?

En relación con el Ejército Nacional, la posición de Beria era mucho más conciliadora que la de Stalin. Beria estaba abierto a una especie de «finlandización» de Polonia y a un acuerdo con el gobierno londinense, mientras Stalin insistía en una subyugación comunista total.

Los líderes del Levantamiento de Varsovia recordaron la presencia en la ciudad del misterioso capitán del NKVD Konstanty Kaługin, quien prometió ayudar a los insurgentes contactando al mariscal Rokossowski y a Moscú a través de Londres. Tras la guerra, Kaługin fue sentenciado a diez años de campos de trabajo; su misión sigue siendo un enigma.

Pro‑soviéticos sí, comunismo no

Al preparar el orden mundial de posguerra, el NKVD subrayó que los gobiernos de Checoslovaquia, Polonia y Hungría solo podrían ser «pro‑soviéticos». Sin embargo, Beria no deseaba imponer regímenes comunistas como en Alemania.

No se movía por amor a la democracia ni por simpatía hacia Europa Central y del Este. Creía que EE. UU. y el Reino Unido nunca permitirían la esclavitud de la mitad del continente y que una expansión política demasiado ambiciosa sería una amenaza letal para la Unión Soviética. Resultó estar equivocado: Stalin comprendió mejor la mentalidad pasiva y cobarde de los líderes occidentales y, a la larga, ganó la partida.

Un georgiano que quería desmantelar el imperio

¿Cómo habría sido la política soviética hacia Polonia después de la guerra si hubiera sido Beria, no Stalin, quien la decidiera? Un ejemplo revelador es su postura tras la revuelta de los trabajadores en la RDA en 1953, donde mostró disposición a discutir la reunificación y neutralidad de Alemania y la retirada del Ejército Rojo.

Françoise Thom formula una tesis sorprendente: «Su voluntad de levantar la hegemonía de Moscú sobre los pueblos de la URSS surgió de su aversión a la dominación rusa, una aversión que ya no podía ocultar». Para los herederos del imperio estalinista, tales ideas eran una verdadera herejía geopolítica.

Bibliografía

  1. Władysław Anders, Sin el último capítulo. Recuerdos 1939‑1946, Test 1995.
  2. Stanisław Kot, Cartas de Rusia al general Sikorski, Londres 1955.
  3. Simon Sebag Montefiore, La corte del Zar Rojo, Magnum 2004.
  4. Marek Sterlingow, Jugando con Stalin, votcza.pl, 4 sep 2009.
  5. Françoise Thom, Beria. El torturador impecable, Prószyński i S‑ka 2016.
  6. Marian Żegota‑Januszajtis, Mi vida es una turbulencia, Bis Press 1993.
  7. Dmitry Volkogonov, Stalin. Virtuoso de mentiras, dictador de pensamientos, Amber 2006.

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