Un vecino molesto, ¿solución? La historia de Abraham Skowieski
Abraham Skowieski, arrendatario de una aldea en Podlaquia a finales del siglo XVI, estaba harto de los judíos locales. Decidió eliminar el "problema" usando la muerte de un niño como pretexto para acusarlos de asesinato ritual.
El 25 de marzo de 1598, el niño de cuatro años Wojciech Petrenia desapareció mientras acompañaba a su padre, el molinero Maciej Petrenia, al campo. El padre, ocupado arando, no vio lo que ocurría. Al terminar, descubrió que su hijo había caído al suelo y, pese a iniciar la búsqueda, no halló rastro alguno.
Un hallazgo macabro
Semanas después, unos niños que buscaban huevos de pato a orillas del río Toczek encontraron restos humanos entre los juncos. Alertaron al pueblo y se confirmó que se trataba del cadáver de un niño pequeño. El cuerpo fue llevado a la mansión de Skowieski en Woźniki.
Skowieski, sin ser médico, emitió rápidamente un diagnóstico: el niño había sido asesinado por judíos que necesitaban su sangre para preparar la matzá cristiana. Esta acusación se basó en el antisemitismo prevalente y en la falta de conocimientos forenses de la época.
La obra de Karol de Prevot, que mostraba a judíos derramando sangre infantil en un barril lleno de clavos, ejemplifica la propaganda antijudía que circulaba en la región.
Motivos económicos
Skowieski administraba una finca cuyo beneficio iba en gran parte a la propietaria Anna Kiszczanka, voivoda de Podlaquia y esposa del barón húngaro István Pety. Sin poder exigir su parte, Skowieski miró a un próspero mesón cercano, gestionado por el judío Marek Sachowicz, cuya prosperidad despertó su envidia.
En la Mancomunidad Polaco-Lituana, los mesoneros judíos estaban protegidos por sus dueños y resultaba difícil expulsarlos. Skowieski convence al molinero Petrenia de acusar a Sachowicz, prometiéndole que, al hacerlo, quedaría libre de una deuda de 100 zlotys.
Así, Marek Sachowicz, su hijo Gromek (Aaron) y su yerno Izaak Eisig fueron arrestados y llevados a los calabozos del castillo de Mielnik, junto a la esposa del arrendatario y a su sirviente Joachim.
El juicio y la tortura
El caso fue llevado al Tribunal de la Corona en Lublin. Ante la negativa de los acusados, el verdugo, bajo órdenes, les vertió vodka en la cabeza y los prendió fuego. La brutalidad obligó a los prisioneros a confesarse, aunque sus declaraciones fueron obtenidas bajo tortura.
Según el testimonio forzado, los judíos habrían secuestrado a Wojciech por orden de Zelman, anciano de la comunidad judía de Międzyrzec Podlaski, y lo mantuvieron en el sótano del mesón antes de asesinarlo. La sangre del niño habría sido repartida entre los acusados.
Una joven cristiana llamada Nastka, llevada desde Woźniki, también fue presionada para corroborar la versión. La presión fue tan intensa que, tras la intervención de un canónigo de Poznań, la niña confirmó la acusación.
El veredicto, emitido el 11 de julio de 1598, condenó a muerte por desmembramiento a Marek y a su hijo Gromek, a Izaak Eisig y a la esposa del arrendatario. Joachim fue absuelto y bautizado poco después.
Gromek se ahorcó en la cárcel; Marek y su familia fueron ejecutados de forma brutal en las afueras de la ciudad.
Instrumentalización religiosa
El obispo Bernard Maciejowski, entonces de Lutsk y Kraków, vio en el caso una oportunidad para su ascenso eclesiástico. Tras la muerte del niño, ordenó su entierro en una pequeña iglesia de Litewniki. Cuatro años después trasladó los restos a la iglesia de los jesuitas en Lublin, que funcionaba como catedral.
Maciejowski intentó crear un culto alrededor del supuesto mártir cristiano, promocionando peregrinaciones al relicario de latón donde reposaban los restos. Sin embargo, sus planes de canonizar al niño fracasaron, y el caso quedó en el limbo diplomático del Vaticano.
El episodio ilustra la combinación de antisemitismo, intereses económicos y ambiciones personales que caracterizó la "tolerancia" polaca del siglo XVI.