historia historica

La mujer que logró la independencia de Italia desde su alcoba

El poder, la belleza y una astuta estrategia: la historia de Virginia Oldoini, la condesa de Castiglione.

En 1854, el conde Aleksander Walewski, hijo de la amante polaca de Napoleón, se desempeñaba como embajador francés en Londres. En uno de los bailes de la alta sociedad, fue abordado por el aristócrata italiano conde Francesco Verasis di Castiglione.

—¿Sabes por qué estoy aquí?

Walewski no sabía la respuesta.

—Quiero casarme y busco a la mujer más bella del continente.

—En ese caso, no debiste haber dejado Italia —le contestó Walewski—. Regresa a Florencia y pide la mano de la hija del marqués Oldoini, Virginia. Es, hoy por hoy, la mujer más hermosa de Europa.

Francesco siguió el consejo, se casó con Virginia y así comenzó la vida de la condesa de Castiglione.

La mujer que logró la independencia de Italia desde su alcoba

Walewski no imaginaba que esa mujer tendría un papel tan crucial en la historia de Italia como el de su propia madre.

Agente del rey

A los dieciocho años, Virginia llegó a París. Su matrimonio resultó desastroso y el nacimiento de su hijo Giorgio no mejoró la situación. La joven, diez años mayor que su marido, lo engañó y derrochó su fortuna.

El verdadero impulsor de su traslado a la capital francesa fue su primo Camillo Cavour, primer ministro del Reino de Cerdeña‑Piamonte. Cavour soñaba con la unificación italiana y sabía que, para lograrla, debía debilitar a los Habsburgo austríacos, que controlaban varios estados italianos.

Para lograrlo necesitaba la ayuda de Francia. La estrategia de Cavour consistía en "moldear" al emperador Napoleón III a su favor: "¡Conquista al emperador a toda costa!" No había más que cumplir.

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En los salones parisinos

El plan se ejecutó con precisión. Virginia llegó a París en 1855, se convirtió en amante de Napoleón III en 1856 y enviaba mensajes cifrados a Turín. Su presencia en los salones no pasó desapercibida.

—«Nunca había visto una belleza como ella; nunca volveré a ver otra igual», escribió la princesa Metternich, esposa del embajador austríaco.

Sin embargo, la duquesa no ofrecía más que su apariencia. «Aparte del emperador, no sé quién podría interesarse por ella», añadió la duquesa de Metternich. Virginia hablaba solo con hombres y mostraba una vanidad que alejaba a muchos.

Su estilo provocador, sus trajes extravagantes y sus poses ante los pintores la convirtieron en una figura polémica, ganándose también la enemistad de la emperatriz Eugenia, esposa española de Napoleón III.

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Fotografía de la condesa de Castiglione (1856‑1860) por Pierre‑Louis Pierson.

El escándalo

Los problemas llegaron pronto. En 1857, mientras el emperador visitaba la casa de Virginia en los suburbios de París, un joven armado irrumpió en la habitación. El guardaespaldas del monarca lo abatió al instante.

Según Maciej A. Brzozowski, la condesa fue detenida, interrogada brutalmente y acusada de complicidad. En un arrebato de ira, habría exclamado: «¡Ese español me pagará caro!»

Al descubrirse que el atacante era italiano, Virginia abandonó Francia apresuradamente. Su relación con Napoleón III terminó, pero la misión de Cavour había triunfado: el emperador mostró una notable predisposición a apoyar a Cerdeña‑Piamonte.

En el verano de 1858, Napoleón III ofreció a Cavour una reunión en la estación termal de Plombières, donde acordaron que Francia y el Reino se aliarían contra Austria, prometiendo expulsar a los austríacos de la península.

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Virginia había cumplido su encargo, logrando que Napoleón III adoptara una postura favorable a la independencia italiana.

Un año después estalló la Guerra de 1859, que culminó con la derrota de los Habsburgo. Como señaló el historiador Bolesław Kumor, «Sobre las ruinas de la derrota austríaca surgió la unificación de Italia». Virginia, orgullosa, llegó a afirmar: «Yo creé Italia».

Oscuridad y reclusión

En 1863 Virginia regresó a París, pero la corte imperial ya había encontrado una nueva amante. Con la caída del Segundo Imperio en 1870, la vanidosa italiana quedó relegada al olvido. Sobrevivió a su esposo separado y a su hijo, fallecido de viruela, con quien mantuvo una relación distante.

Se aisló en su apartamento, donde las paredes estaban pintadas de negro y los espejos cubiertos. Sin embargo, en sus sesenta años planeó un gran regreso.

Para la Exposición Universal de París de 1900, quería exhibir una colección de sus fotografías bajo el título: «La mujer más bella del mundo».

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Virginia no solo posaba; también diseñaba vestuarios, escenografías y dirigía cada sesión fotográfica.

La primera "selfie queen"

Entre 1856‑1857 y 1861‑1867, el fotógrafo francés Pierre‑Louis Pierson realizó 55 sesiones con la condesa, produciendo cientos de imágenes. Hoy se la conoce como la primera "reina del selfie", pues controlaba la luz, el ángulo y el vestuario de cada disparo.

La Exposición de 1900 se celebró sin sus fotos, pues Virginia falleció en 1899 a los 62 años. Aunque varias biografías y películas han relatado su vida, fuera de Italia siguió siendo poco conocida. Solo con la llegada de Internet y la expiración de los derechos de autor se difundieron masivamente sus retratos.