El médico de Hitler, Theodor Morell
Morell acompañaba al Führer en cada paso. No sorprende que el líder nazi no fuera ejemplo de salud; sufría múltiples dolencias que ocultaba y los decenas de fármacos que tomaba le producían más daño que beneficio.
En las garras de la adicción
Según el historiador Michael Kerrigan, la inteligencia estadounidense llegó a enumerar 74 medicamentos que Hitler utilizaba habitualmente; testimonios de testigos aumentan esa cifra a noventa. ¿Qué contenía su botiquín?
Hitler asistía a los enfermos por propaganda, pero él mismo solo podía aguantar esas visitas gracias al enorme arsenal de fármacos que ingería a diario.
Morell se encargaba de reponer cada sustancia: Euflat y Mitilax neutralizaban gases, Intelan y Luizym estimulaban el apetito, Tonophosan combatía la anemia y Ultraseptyl, Chineurion y Omnadin trataban afecciones de las vías respiratorias superiores.
También se incluían suplementos vegetarianos (por ejemplo, Vitamultin‑Calcio), sedantes y somníferos como Brom‑Nervacit. Cada día Morell administraba inyecciones de ácido benzólico, estrógenos y otras preparaciones para los problemas gastrointestinales.
En caso de impotencia, el médico tenía a mano una sustancia derivada de testículos de toro; para la conjuntivitis, colirios con cocaína. Algunos historiadores afirman que estas sustancias eran el "pan de cada día" de Hitler.
Investigadores sensacionalistas señalaron una dependencia de sustancias prohibidas – cocaína, heroína y anfetaminas intravenosas – pero las terapias hormonales (testosterona, estrógeno y corticoides) podrían haber tenido efectos mucho más perturbadores.
Aunque sus amigos más cercanos describían al Führer como hipocondríaco, el dictador no podía mostrarse vulnerable; sus enemigos buscaban cualquier signo de debilidad para explotarlo.
¿Médico o charlatán?
Con los años los problemas de salud de Hitler se intensificaron, no solo por la edad natural, sino también por las dosis masivas y a veces contradictorias de fármacos, que provocaron efectos secundarios y, según varios estudios, contribuyeron a su creciente inestabilidad mental.
Morell, especializado en venereología (de ahí los rumores infundados sobre una supuesta sífilis), utilizaba métodos controvertidos. El profesor Peter Longerich afirma que "le inyectaba diariamente una enorme cantidad de fármacos, tónicos y estimulantes".
Se difundieron historias sobre el uso de excrementos de un campesino búlgaro como tratamiento; aunque no está comprobado, el cóctel de drogas que Morell preparaba habría sido letal incluso para una persona sana.
Algunos colegas acusaron a Morell de sabotear al Führer con la intención de deshacerse de él, pero esas teorías seguirán sin resolverse.
El médico personal de Hitler, Theo Morell (en el fondo; al frente Heinrich Hoffmann), era el responsable de su salud.
¿Qué padecía realmente Hitler?
En abril de 1944 Hitler confesó a Goebbels que no se sentía lo suficientemente bien para pronunciar un discurso público. Peter Longerich describe los principales problemas:
Hemorragia vítrea en el ojo derecho, hipertensión, arterioesclerosis coronaria avanzada, movilidad reducida, temblor en la mano izquierda y postura encorvada – signos inevitables de la enfermedad de Parkinson en fase avanzada.
Los historiadores Henrik Eberle y Hans Joachim Neumann añaden síndrome de intestino irritable crónico, trastornos psicosomáticos estomacales e insomnio ligado al estrés.
En el plano mental, Hitler sufrió episodios recurrentes de depresión desde su juventud, lo que le llevaba al aislamiento y a períodos de letargo.
Sus contemporáneos también percibieron rasgos de trastornos de la personalidad, aunque los autores destacan que una evaluación clínica precisa es imposible a tantos años de su muerte.
A pesar de todo, Eberle y Neumann concluyen que no hay evidencia de que Hitler estuviera “loco”; lo describen como "sano y plenamente responsable de sus actos".
Crímenes sin justificación
Otros expertos coinciden en que ni sus enfermedades ni sus medicaciones debilitaron significativamente su capacidad política; hasta el final mantuvo la concentración en largas reuniones, discursos extensos y la redacción de documentos.
La psiquiatra Ellen Gibbels habla de un "leve cambio de personalidad de base orgánica", pero insiste en que eso no exime de responsabilidad por sus crímenes.
Respecto a la supuesta adicción, Peter Longerich afirma que no existen pruebas concluyentes. Las inyecciones de Eudokal, estimulante y eufórico, se documentan solo en periodos aislados (verano de 1943 y de septiembre a diciembre de 1944), lo que indica ausencia de dependencia.
Los rasgos más llamativos del comportamiento de Hitler (actividad aumentada, falta de empatía, estados ilusorios de euforia) se atribuyen a la estructura de su personalidad, no a una drogadicción.
En cualquier caso, Hitler nunca debe ser considerado una víctima de una enfermedad que justifique sus actos; los historiadores están seguros de que sus decisiones fueron tomadas con plena conciencia de sus consecuencias.