Al asumir el poder en 1933, Hitler encontró una economía devastada y, en pocos años, proclamó haber convertido a Alemania en una tierra de miel. Un mito. La realidad era muy distinta: el líder nazi debía tanto al Estado que, en 1938, el Tercer Reich estaba al borde de la bancarrota.
A primera vista puede parecer que los nazis hallaron la receta para superar la gran crisis que azotaba a Alemania desde 1929. El signo más visible de esa aparente recuperación fue la fuerte disminución del desempleo.
Gran ilusión de éxito
En 1932 había alrededor de seis millones de desempleados. Tres años después, según Götz Aly en su libro El Estado de Hitler, la Oficina de Empleo informó 2,5 millones de desempleados y, al año siguiente, apenas 1,610,000.
Hjalmar Schacht, presidente del Reichsbank y ministro de Economía (1934-1937), fue el principal arquitecto del llamado "milagro" económico alemán (fuente: Bundesarchiv; licencia CC BY-SA 3.0).
Una transformación similar se observó en los ingresos fiscales: entre 1933 y 1935 aumentaron un 25%, casi dos mil millones de marcos, equivalentes hoy a unos 20.000 millones de euros. Al mismo tiempo, las prestaciones por desempleo se redujeron en 1,8 mil millones de marcos.
No es sorprendente. Alemania se convirtió en la mayor obra de construcción de Europa: se pavimentaron miles de kilómetros de carreteras, incluidas autopistas de hormigón; se erigieron fábricas y edificios oficiales monumentales. La industria trabajaba a plena capacidad para satisfacer los pedidos de las fuerzas armadas, que renacían como un fénix.
De 1933 a mediados de 1939, el Tercer Reich destinó 45 mil millones de marcos a armamento (¡equivalente a unos 450 mil millones de euros!). Como subraya Götz Aly en El Estado de Hitler: "Esta cifra astronómica superó tres veces los ingresos presupuestarios de 1937".
Déficits crecientes
Para financiar esos gastos colosales, los nazis empezaron a endeudar al Estado desde el primer día. En los dos primeros años superaron el límite de gasto en un 300%. La deuda pública aumentó en 10 mil millones de marcos.
Uno de los motores de la economía nazi fue el ambicioso plan de construcción de una red de autopistas (fuente: dominio público).
Los problemas reales surgieron a finales de 1937, cuando la política de déficit ilimitado se salió de control. El momento de amortizar las obligaciones anteriores se acercaba inexorablemente y la caja estaba vacía.
Para conseguir liquidez rápidamente, el régimen recurrió a la extracción de recursos de la población. Según la ideología racista nazi, los judíos fueron el principal objetivo.
Como relata El Estado de Hitler, ya en 1935 el ministro Schwerin von Krosigk organizó un concurso entre sus funcionarios para encontrar la "mejor idea" de explotación adicional de los judíos, lo que dio lugar a normas que aumentaron considerablemente la carga económica sobre la comunidad judía ortodoxa.
Tres años después, tras la Kristallnacht, se impusió la llamada Sühneleistung, una "contribución de expiación" de mil millones de marcos.
Hitler busca una solución
Incluso esa inyección de dinero resultó insuficiente. En enero de 1939, la dirección del Reichsbank envió una carta dramática a Hitler en la que se leía:
"El aumento ilimitado del gasto público impide cualquier intento de equilibrar el presupuesto, lo que llevará a las finanzas del Estado al borde del abismo y arruinará al banco emisor. Hasta ahora no se ha encontrado una receta brillante y sensata para contrarrestar los efectos devastadores de una política caracterizada por un gasto social ilimitado."
Los banqueros estaban plenamente conscientes de la deplorable situación del presupuesto. En ese momento la deuda pública ya superaba los 37 mil millones de marcos (aprox. 370 mil millones de euros). En relación al PIB, la deuda pasó del 12% al 46% en seis años. Incluso Goebbels, que llamaba a los financieros "nudos", escribió en sus diarios sobre el "defecto rampante".
Para Hitler la única solución era la expansión territorial mediante anexiones sucesivas, aunque implicara una guerra total. No era una medida brillante ni sensata, pero al líder le importaba más seguir siendo visto como el salvador de Alemania.
Fuentes
- Götz Aly, El Estado de Hitler, Finna 2015.