Introducción
Durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial el Ejército de EE. UU. recurrió a un método de cifrado tan sencillo como sorprendente: empleó a indígenas que hablaban lenguas desconocidas para el enemigo. En lugar de máquinas voluminosas o sustituciones numéricas, se incorporaron a los cuerpos de comunicaciones soldados que dominaban idiomas nativos, como el choctaw o el navajo.
Los "code talkers" de la Primera Guerra Mundial
En 1918, cuando las fuerzas estadounidenses desembarcaron en Europa, los alemanes ya interceptaban y descifraban gran parte de los mensajes aliados. El capitán E.W. Homer, del 141.º Regimiento de Infantería, escuchó a dos soldados, Salomon Lewis y Mitchell Bobb, hablar en choctaw, la lengua de su tribu de Oklahoma. Como el idioma no estaba escrito y era desconocido fuera de la comunidad, los alemanes no pudieron entenderlo.
Se reclutaron ocho choctaw más del mismo regimiento y se les asignó la tarea de codificar todas las comunicaciones. El 26 de octubre de 1918, un oficial alemán capturado confirmó que los mensajes en choctaw eran incomprensibles para sus lingüistas.
El mismo modelo se extendió a otras tribus: cherokees, poncas, sioux (lakota), pawnee, osage, meskwaki y comanche también sirvieron como "code talkers" en el frente occidental.
El advenimiento de los cifrados mecánicos
Tras la Gran Guerra, la política oficial de EE. UU. hacia los nativos se endureció: se redujeron los territorios de reservas y se promovió su asimilación urbana. Mientras tanto, la criptología evolucionó hacia máquinas electromecánicas como la Enigma alemana, el Typex británico o el M‑209 estadounidense.
Los matemáticos polacos Marian Rejewski, Jerzy Różycki y Henryk Zygalski fueron los primeros en romper la Enigma (1932), información que compartieron con los aliados bajo estricta confidencialidad. El proyecto británico Ultra mantuvo el secreto hasta el final de la guerra.
Los Navajo en la Segunda Guerra Mundial
En 1942, el ingeniero Phillip Johnston, criado en una reserva navajo, propuso al Ejército que los navajos usaran su lengua para codificar mensajes de radio. Tras pruebas que demostraron que podían transmitir una orden en 20 segundos —mucho más rápido que los 30 minutos que requería una máquina— se autorizó su empleo.
Solo 28 blancos (principalmente militares) conocían algo de navajo, lo que garantizaba una seguridad total. Con una población de alrededor de 50 000, la tribu ofrecía un amplio reclutamiento. Además, la complejidad morfológica del idioma —verbos que cambian según el objeto y una gran cantidad de matices fonéticos— lo hacía extremadamente difícil de aprender para los no nativos.
Inicialmente se formaron 30 navajos; el éxito llevó a reclutar otros 420. Recibieron entrenamiento en Camp Pendleton y fueron enviados al Pacífico, participando en Guadalcanal, Bougainville, Tarawa, Saipan, Guam, Peleliu, Iwo Jima y Okinawa.
Para facilitar la transmisión, se creó un glosario de códigos: aviones se llamaban “pájaros” (bombardero = “buitre”, caza = “colibrí”), barcos “animales marinos” (submarino = “pez de hierro”), tanques “tortugas”, bombas “huevos”, granadas “patatas”, etc.
En Iwo Jima, el mayor Howard Connor, de la 5.º División de Infantería de Marina, utilizó un equipo de seis navajos que enviaron más de 800 mensajes sin error en los dos primeros días de combate, considerándolos esenciales para la victoria.
Otros grupos indígenas y su legado
Además de los navajos, otras tribus aportaron sus lenguas al esfuerzo bélico: 14 comanches sirvieron en el desembarco de Normandía (División 4.º de Infantería), mientras que asininboine, seminole, creek, mohawk, meskwaki, oneida, lakota, kiowa, hopi, ho‑chunk, tlingit, pueblo y apache también fueron utilizados. En total, el Ejército y la Marina de EE. UU. emplearon alrededor de 33 idiomas indígenas.
En 1968 se desclasificó la información sobre los "code talkers" y, a partir de 1982, los sobrevivientes recibieron certificados de reconocimiento. En 2007 se inauguró un monumento en Window Rock, Arizona, y en 2017 el presidente Donald Trump honró a tres navajos en la Casa Blanca.
Conclusión
El ingenioso uso de lenguas nativas demostró que la criptografía humana puede superar a la tecnología cuando la seguridad depende de la exclusividad del conocimiento. Los "code talkers" no solo contribuyeron a la victoria aliada, sino que también dejaron un legado de orgullo y reconocimiento para los pueblos originarios de América.