En 1965, Angus Barbieri, de 27 años, ingresó al Hospital Maryfield en Dundee, Escocia, buscando ayuda para su obesidad extrema. Lo que comenzó como una consulta médica se convirtió en un récord mundial: el ayuno más largo jamás documentado.
Barbieri nació en Tayport, una pequeña localidad costera donde trabajaba en el negocio familiar de fish‑and‑chips. El acceso constante a alimentos fritos y calóricos hizo que a los 27 años pesara 206 kg. Incomodado con su apariencia y preocupado por las graves consecuencias para su salud, decidió perder peso, pero sabía que necesitaría supervisión médica.
Tras ser admitido en el Hospital Maryfield, los médicos discutieron la posibilidad de un ayuno terapéutico. Aunque la práctica no estaba recomendada por los riesgos potenciales, Angus mostró gran interés y, tras una evaluación preliminar, se le permitió iniciar el ayuno con un límite inicial de 40 días.
Rompiendo los límites
Al principio estuvo bajo vigilancia constante en el hospital. Cuando su cuerpo respondió favorablemente, se le dio de alta para continuar el ayuno en casa, con controles médicos periódicos.
Al cumplirse los 40 días, Angus acudió a la cita programada como “última”. Los resultados eran excelentes y se sentía bien, por lo que decidió seguir adelante. Se fijó como objetivo alcanzar 82 kg. Los médicos le advirtieron que no continuara, pero él insistió: “Con o sin ustedes, seguiré ayunando hasta lograrlo”.
Se pactó que seguiría asistiendo a revisiones. Si en algún momento presentaba síntomas graves o los análisis mostraran problemas, el experimento se detendría de inmediato. Así comenzó el ayuno más prolongado de la historia.

Durante el ayuno, Angus no consumió alimentos sólidos. Para evitar deficiencias, el equipo médico le suministró potasio, sodio y vitaminas, y le permitió beber bebidas bajas en calorías como café, té y agua mineral. Al final, se añadió una pequeña cantidad de azúcar y leche para romper el ayuno.
Anomalía médica
El caso de Barbieri resultó ser una verdadera anomalía. A lo largo de los 382 días, apenas presentó problemas de salud. Su cuerpo se adaptó utilizando las reservas de grasa como fuente de energía, manteniendo la glucosa en niveles bajos pero estables. La única molestia que reportó fue una sensación general de debilidad.
Su determinación le llevó a abandonar el trabajo en el restaurante familiar para evitar la tentación de la comida. El ayuno culminó el 11 de julio de 1966, tras 382 días, con una pérdida total de 125 kg, alcanzando los 82 kg deseados.
Después del ayuno, su primera comida consistió en un huevo, una rebanada de pan con mantequilla y café. Gradualmente volvió a una dieta normal sin experimentar el temido efecto rebote. Cinco años después, seguía manteniendo un peso estable de 88 kg.
En 2012, el doctor australiano Karl Kruszelnicki analizó el caso y concluyó que el cuerpo de Angus había convertido eficientemente la grasa almacenada en glucosa, prolongando la supervivencia sin daño muscular. Sin embargo, subrayó que, una vez agotadas las reservas de grasa, el ayuno se vuelve peligroso porque el cuerpo comienza a degradar tejido muscular. Por eso, la suplementación fue crucial en este experimento único.

Los humanos heredamos la capacidad de sobrevivir períodos de escasez, pero la evidencia médica actual no respalda ayunos superiores a 40 días. La mayoría de los profesionales consideran que prolongar el ayuno más allá de ese límite es perjudicial.
El caso de Angus Barbieri se conserva como una curiosidad y no como prueba de la efectividad terapéutica del ayuno extremo. Su récord de 1 año y 17 días quedó inscrito en el Guinness World Records, pero la categoría fue cerrada para evitar que otras personas intenten replicar una práctica potencialmente mortal.