historia historica

Los muertos vivientes y una fuga desnuda: cómo el Ejército Nacional salvó a los prisioneros de la Gestapo

Una operación de rescate sin balas

En el otoño de 1941, el combatiente de la resistencia polaca Stanisław Miedza‑Tomaszewski, conocido como "El Pintor", fue capturado y llevado al infame penal de Pawiak. Allí sufrió torturas y, al borde de la muerte, solicitó en secreto veneno para suicidarse.

Los dirigentes del Ejército Nacional, conscientes de que la Gestapo no permitiría que se llevara a cabo, idearon una estrategia inesperada: simular una enfermedad mortal.

El plan del tifus

En septiembre de 1941, los nazis trasladaron a "El Pintor" a la clínica dental del recinto. Tras una supuesta manipulación dental, dos días después presentó fiebre, escalofríos y una garganta seca. Un análisis de sangre confirmó tifus. Los alemanes, temerosos de una epidemia, lo autorizaron a salir del penal y lo enviaron al hospital de enfermedades infecciosas.

Allí, los médicos de la resistencia le indicaron que fingiera apendicitis. La actuación fue tan convincente que los guardias lo trasladaron a un hospital quirúrgico para una supuesta operación.

El cadáver de sustitución

Mientras tanto, se buscó un cuerpo que coincidiera con la complexión de Tomaszewski. Finalmente se encontró un candidato adecuado. En el quirófano, el cadáver fue introducido primero, seguido del “paciente gravemente enfermo”. El intercambio engañó a los nazis, que creyeron que el prisionero había fallecido.

Tras el «fallecimiento», Tomaszewski recibió una nueva identidad y documentos falsos, lo que le permitió escapar de la Gestapo sin que ellos se dieran cuenta.

El caso de Jan Karski

Otro episodio de ingenio se vivió con Jan Karski, legendario mensajero de la resistencia. Arrestado en junio de 1940 en Eslovaquia, fue internado en una celda miserable y sometido a torturas. En un intento de suicidio, se cortó las muñecas con una navaja, pero el sangrado lo dejó gravemente debilitado.

Los médicos del hospital, en complicidad con la resistencia, ocultaron su condición y le prometieron descanso antes de cualquier nuevo interrogatorio.

La fuga desnuda

Una noche, un médico joven le susurró a Karski que sería liberado esa misma medianoche. Un guardia sobornado fingió estar dormido y roncó ruidosamente para reforzar la treta.

Al sonar las doce, el médico salió del cuarto, encendió un cigarrillo y desapareció: señal de partida. Karski, sin ropa, se deslizó por una ventana marcada con una rosa y escapó bajo la oscuridad.

El joven mensajero llegó a la campiña, lejos de la Gestapo, gracias a la red clandestina que nunca abandonó a sus miembros.

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