Un trastorno desconocido
Al principio nadie creía que existiera esa condición. Los soldados que la denunciaban eran tachados de cobardes o simuladores y recibían un trato peor que el de los desertores. Sin embargo, el número de casos creció rápidamente y la realidad ya no podía ser ignorada.
La guerra que cambió todo
La Primera Guerra Mundial no se parecía a los conflictos anteriores. Entre 1914 y 1918 los combatientes enfrentaron una intensidad bélica sin precedentes y una gran cantidad de armas sofisticadas. El riesgo de muerte o lesión era mayor que nunca: fuego de artillería asesino, ametralladoras, gases tóxicos, alambre de púas y ataques repetidos y fallidos cobraron cientos de miles de vidas. Los que sobrevivían desarrollaban un miedo paralizante que, primero los sobrecogía y luego los sumía en una profunda depresión.
Este fenómeno ya se conocía desde siglos atrás, pero sólo en la Gran Guerra el trauma de la línea del frente afectó a los combatientes a una escala tan masiva. Cientos de miles de soldados lucharon contra trastornos mentales provocados por las duras condiciones de combate y de vida en las trincheras.
Una tormenta que vuelve loco
Según los testimonios de los veteranos, la causa más frecuente de la llamada neurosis frontal era el bombardeo de artillería continua. Los ataques de fuego previo al asalto se convirtieron en rutina y podían durar desde varias horas hasta varios días sin interrupción, como en junio de 1916 en el Somme, cuando los británicos dispararon 1,5 millones de proyectiles desde 1.500 cañones en cinco días.
El efecto de ese bombardeo sobre la psique humana era devastador. Así lo describió el veterano francés Gabriel Chevallier en su libro autobiográfico "Miedo":
«El menor asalto se precede de un bombardeo destinado a barrer del suelo las posiciones enemigas y a demoler la moral de los defensores. Los que sobreviven empiezan a perder la razón. No hay nada que tenga un efecto tan catastrófico sobre la moral de los soldados bajo tierra. El precio de su seguridad es su cordura, arruinada y fragmentada más allá de lo imaginable».
Otros factores desencadenantes incluían heridas graves, la muerte de camaradas, la exposición a gases venenosos o simplemente pasar meses en trincheras húmedas y fangosas. Los soldados sometidos a esas pruebas a menudo sucumbían a la locura, la ansiedad extrema, la irritabilidad o, al contrario, a la apatía total.
Los síntomas más habituales eran tics nerviosos, insomnio, pesadillas, cefaleas constantes, pérdida del control de la vejiga e intestinos, e incluso amnesia. Un paramédico describió: «Los soldados se vuelven tan débiles como niños, lloran, agitan los brazos y se aferran a cualquier cosa cercana». Un oficial británico relató el encuentro con dos subalternos en estado de shock tras el bombardeo:
«Uno de ellos me saludó como a un amigo y me pidió que le entregara su bebé. Le tomé el casco del suelo y se lo entregué. Empezó a mecerlo como a un bebé, sin prestar atención a nada más».
Los enfermos de neurosis eran trasladados a hospitales de campaña. La enfermera Henrietta Hall, del Hospital Militar de Bradford, anotó en su diario: «Temblaban tanto que su discurso se veía afectado. Tartamudeaban y tenían ideas extrañas que sólo pueden calificarse como alucinaciones. Veían cosas que no existían».
Cobardes y traidores?
El trauma llevó a muchos soldados a intentar el suicidio. Al principio, el mando militar, que ignoraba la expansión de la enfermedad, los consideraba simuladores o desertores. En casos extremos, los catalogaban como cobardes y traidores, e incluso eran fusilados si no podían volver a las trincheras.
Sin embargo, la cifra de pacientes siguió aumentando. A finales de 1914, alrededor del 10 % de los oficiales y del 3‑4 % del resto del ejército británico mostraban signos de shock nervioso. En 1917 la proporción alcanzó casi una cuarta parte de los combatientes y, en la segunda mitad de 1918, ¡80 000 soldados estaban afectados! Ante este panorama, los médicos militares finalmente reconocieron que no se trataba de cobardía, sino de problemas reales de salud mental que requerían ayuda.
El nacimiento del "shock de bombas"
El año clave fue 1915, cuando el psiquiatra británico Charles Myers publicó en la revista Lancet el término "shell shock" para describir a los soldados con problemas mentales tras el intenso bombardeo. A partir de entonces surgieron otras denominaciones: "neurosis de trincheras", "neurosis de guerra" o "nervose de guerre". También se describió la "enfermedad del alambre de púas", manifestada por parálisis al intentar abandonar las trincheras.
Myers insistió en que los afectados debían ser tratados, no encarcelados ni fusilados. Al principio encontró resistencia, pero sus ideas fueron adoptadas gradualmente: los soldados se evacuaban del frente y se les concedía un breve reposo en puestos médicos cercanos.
Tratamientos de la época
Los casos leves se enviaban de regreso al frente tras una breve recuperación. Los más graves eran trasladados a uno de los cuatro centros psiquiátricos del Reino Unido, donde se intentaba una terapia más compleja. La "escuela insular" para el tratamiento de la neurosis frontal se centraba en la psicoterapia individual: conversaciones, persuasión y sugestión. En casos de amnesia, se utilizaba hipnosis para recuperar recuerdos.
El trabajo psicológico se complementaba con terapias físicas como estimulación eléctrica suave, baños de relajación y masajes. Durante la convalecencia, se buscaba una actividad adecuada que mantuviera al paciente ocupado. Si, a pesar de todo, el soldado quedaba incapacitado para el servicio, se intentaba encontrarle empleo civil.
Algunos médicos, como el mayor Arthur Hurst, prometían curas en una sola sesión mediante hipnosis y faradización (descargas eléctricas de baja frecuencia). Hurst creía que la sugestión fuerte del equipo terapéutico era clave para la recuperación rápida. Aunque introdujo técnicas innovadoras, como filmar a los pacientes para documentar su progreso, también admitió recurrir al engaño, diciendo a los enfermos que se curarían rápidamente.
Disciplina, incomodidad y electricidad
Los métodos británicos no eran los más humanitarios y en otras naciones la situación era similar o peor. En Francia, el neurólogo Georges Guillain sostenía en 1915 que la enfermedad era tratable, pero los pacientes no debían ser evacuados fuera del frente, debían permanecer en zona militar bajo estricta disciplina, sin comodidades ni contacto con sus familias. Se utilizaba psicoterapia y faradización de las partes afectadas.
El doctor André Léri afirmaba en diciembre de 1916 haber curado al 91 % de sus pacientes, recuperando a más de 600 soldados en pocos días. En total, “curó” a 3 000 soldados en 12 meses, que eran enviados de inmediato al frente.
En Alemania, los psiquiatras también adoptaron posturas duras, describiendo la neurosis como una manifestación de histeria, cobardía e inestabilidad mental. Ante la creciente ola de casos, en 1914‑1915 se abrieron departamentos especiales en los hospitales universitarios de Berlín, Múnich, Heidelberg y Giessen.
El método Kaufmann
El objetivo era lograr una mejoría rápida, preferiblemente en una sola sesión, para devolver al soldado al frente. La “solución” consistía en electrocutar y privar de alimentos a los pacientes, mantenerlos aislados y en la oscuridad, con la idea de que volver al frente era mejor que permanecer en el hospital. El método produjo resultados a corto plazo, pero la mayoría de los soldados recaía una vez regresaba al ejército. La brutalidad del tratamiento generó fuerte oposición pública y, en 1918, fue debatida en el Reichstag.
Ante la presión, las autoridades militares consideraron abandonar el método y adoptar la psicoanálisis, pero la guerra terminó antes de que se implementaran los cambios.
Legado y reconocimiento
Los soldados de todas las naciones que sufrieron neurosis de combate fueron estigmatizados como enfermos mentales, sin reconocimiento de heroísmo. Aunque no mostraran heridas visibles, quedaron marcados profundamente por la guerra y, en muchos casos, cargaron con el trauma durante el resto de sus vidas.
Inspiración
Para comprender mejor este tema, recomendamos la novela de John Boyne "Stay, Then Fight", publicada por la editorial Replika, que sirvió de inspiración para este artículo.