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Los milagros ocurren: la mayor revuelta de prisioneros en Auschwitz‑Birkenau

El 7 de octubre de 1944 tuvo lugar la mayor revuelta de prisioneros en la historia del campo de Auschwitz‑Birkenau. Los judíos del Sonderkommando incendiaron y dañaron gravemente uno de los crematorios y atacaron a los guardias de la SS con piedras, hachas y martillos. Algunos lograron salir de la alambrada, pero pagaron el precio más alto: alrededor de 250 murieron.

Era sábado, un día cálido y soleado. Esa misma mañana la SS anunció una nueva selección para el Sonderkommando, alegando que los elegidos serían trasladados a otra sección sin consecuencias. Inmediatamente, los líderes de la conspiración se reunieron por última vez. La tensión era enorme y los prisioneros se dividieron nuevamente.

La selección afectaría a los crematorios IV y V; los demás quedaban “exentos”. Algunos miembros del Sonderkommando que trabajaban en los crematorios II y III decidieron esperar y mantener el plan original, según el historiador Igor Bartosik. En sus palabras, mientras los seleccionados lucharan contra la SS, deberán contar solo con ellos mismos, lo que sugiere que descartaron el uso de granadas para no delatar la conspiración.

Contraseña para atacar

De los diecinueve prisioneros de guerra que llegaban de Majdanek, nueve estaban asignados al crematorio II y el resto al III. Entre ellos estaban los “griegos”, quienes habían preparado explosivos con ayuda de los llamados “griegos”. Cuando, minutos después de la 1 p.m., llegaron los autos de la SS al crematorio IV, se dio la orden de “Antreten zum Appell” (formar filas para el recuento). Según relata Leon Cohen, 316 prisioneros se presentaron, mayormente húngaros y algunos griegos.

Los guardias separaron a varios responsables del funcionamiento del crematorio y dejaron en la plaza a 286 prisioneros. En ese momento, los griegos del Sonderkommando pronunciaron la contraseña de ataque y comenzó la revuelta.

El primer acto de resistencia lo realizó Chaim Neuhoff, de 54 años, quien, al ser señalado para morir, sacó un martillo oculto y gritó «¡Hurra!». Otros prisioneros, como Filip Müller, observaron cómo la SS descubría que faltaban varios detenidos; al entrar al edificio, les cayeron piedras sobre la cabeza.

“Herimos a 12 alemanes”

Los insurgentes, armados con piedras, hachas y martillos, atacaron a los guardias, hirieron a varios y lanzaron objetos contra ellos. La respuesta de la SS fue rápida: una escuadra con ametralladoras y granadas llegó al lugar. Ante la superioridad armada, los prisioneros incendiaron el crematorio, provocando un caos de fuego y disparos, según relata Lewental.

Los únicos testigos que vivieron el enfrentamiento fueron Müller, Abraham y Szlama Dragons, y Henryk Tauber. Szlama declaró: “Herimos a 12 alemanes; quizá dos o tres murieron.” Mientras tanto, dentro del crematorio se encontraban explosivos y una reserva de colchones que sirvieron para iniciar el incendio, bajo el mando de Jossel (posiblemente de Varsovia).

Los milagros ocurren: la mayor revuelta de prisioneros en Auschwitz‑Birkenau

Sin nada que perder

Algunos insurgentes subieron al segundo piso del crematorio, donde la SS respondió con fuego. El kapo del crematorio V, Szlomo Kirszenbaum, consiguió que la SS permitiera la evacuación de alrededor de 100‑120 prisioneros bajo su control, aunque poco después el fuego colapsó el techo de madera, sepultando los alojamientos y dificultando la búsqueda de pruebas.

Abraham explicó: “No sabíamos a dónde ir; solo teníamos dos salidas: hacia el crematorio V o hacia la calle del campo. Lo esencial era escapar.” Para muchos, la lucha era una cuestión de supervivencia: habían perdido todo –familia, hogar, sentido de vida– y no tenían nada que perder, como sugiere el historiador alemán Andreas Kilian.

Fuente

El texto es un extracto del libro de Michał Wójcik “Zemsta. Forgotten uprisings in the extermination camps: Treblinka, Sobibór, Auschwitz‑Birkenau”, publicado recientemente por Wydawnictwo Poznańskie.