"Plata o plomo" – la máxima de vida de Pablo Escobar, aplicada a todo y a todos. El capo colombiano no mostraba piedad: ordenó asesinatos de políticos, magistrados y rivales empresariales. En 1989 dictó su propia sentencia al árbitro de fútbol Álvaro Ortega, porque le hirió el corazón futbolero.
31 de mayo de 1989, Estadio Nemesio Camacho El Campín, Bogotá. Se jugaba la final de la Copa Libertadores entre Atlético Nacional (Medellín) y Club Olimpia (Asunción). El marcador quedó 2‑2 y el título se decidiría en la tanda de penales.
Los dos equipos fallaron con frecuencia. Tras nueve lanzamientos, Leonel Álvarez inclinó la balanza a favor de los Verdolagas, que se convirtieron en el primer equipo colombiano en levantar la Copa. En las tribunas, el patrón de Atlético Nacional, Pablo Escobar, celebraba como si fuera una transacción de droga: con la misma sangre fría.
Cinco meses después, Independiente Medellín, también respaldado por Escobar, jugaba en el estadio de Cali. En el minuto 88 el marcador era 3‑2 a favor de los locales. Pablo estaba inconsolable; sus muchachos perdían y, de repente, se levantó de su asiento. El chileno Carlos Castro marcó un gol que empató el partido, pero segundos después el árbitro Álvaro Ortega anuló la anotación. El resultado no cambió hasta el pitazo final.
Furioso, Escobar ordenó la muerte del árbitro. El 15 de noviembre de 1989, dos asesinos ejecutaron la sentencia frente a un hotel en Medellín: Ortega recibió nueve balazos. El compañero árbitro Jesús Díaz, que presenció el hecho, relató años después que, tras el último disparo, el asesino le dijo: «Chucho, tranqui, no queremos más problemas». Díaz intentó reanimar a Ortega, pero ya estaba muerto.
Dos carteles, dos métodos
Al anular el gol, Ortega ofendió a Pablo en sus dos pasiones: el fútbol y los negocios. El equipo de Medellín había perdido contra un club financiado por Miguel Rodríguez Orejuela, líder del Cartel de Cali, principal rival de Escobar. Ese insulto no podía quedar impune.
A finales de los 80 y principios de los 90, los carteles de Medellín y Cali luchaban por el monopolio del mercado de cocaína destinado a Norteamérica. En su apogeo, Escobar controlaba alrededor del 80 % del narcotráfico hacia EE. UU., México y República Dominicana. Gobernaba con la regla del "plata o plomo": asesinaba a quien se oponía o sobornaba para lograr sumisión.
Escobar era un fanático del fútbol: se regocijaba cuando Atlético Nacional ganaba y lloraba al perder.
Los hermanos Rodríguez Orejuela, Miguel y Gilberto, adoptaban un enfoque más discreto. No se mostraban como matones; lavaban el dinero a través de empresas legales, entre ellas el club América de Cali, cuyas acciones compraron en 1979.
La diferencia no era solo empresarial, también cultural. Mientras Escobar usaba el "plata o plomo" en el deporte, los Orejuela lo veían como una herramienta de lavado de dinero: inflaban tarifas de traspasos y salarios para legitimar millones de dólares.
En los cuartos de final de la Libertadores de 1990, sus hombres intentaron influir en el partido contra Vasco da Gama. El juez uruguayo Daniel Cardellino declaró haber recibido amenazas de muerte y una oferta de US$20,000 para favorecer al equipo. Los brasileños protestaron y la CONMEBOL prohibió futuros partidos internacionales en Colombia.
Un juego mortalmente serio
Escobar donó generosamente a equipos de su ciudad, construyó canchas para jóvenes y se codeó con figuras como René Higuita, famoso por su "escorpión". Su relación con el fútbol era casi infantil, aunque nunca ocupó cargos oficiales.
En 1991, tras un acuerdo con el gobierno, Escobar quedó recluido en la cárcel de "La Catedral", diseñada con su propio dinero. Allí, el campo de fútbol se convirtió en uno de los lugares más frecuentados; incluso Diego Maradona jugó una partida y describió la experiencia como una fiesta con las "mejores chicas" que había visto.
Los dirigentes de Cali tenían una visión más pragmática: el fútbol era una lavadora de dinero. Manipulaban tarifas de fichajes y salarios para blanquear dólares provenientes de la cocaína.
Con el tiempo, los Orejuela vieron el potencial de ganarse el favor del público colombiano. Invirtieron en América de Cali, que entre 1982 y 1986 ganó cuatro títulos locales y llegó tres veces a la final de la Libertadores, aunque nunca la conquistó.
Los éxitos de América irritaban a Escobar, pero también alimentaban su rivalidad. Cuando Atlético Nacional ganó la Libertadores en 1989, el "Patrón" no pudo quedarse quieto y lanzó su propio ataque futbolístico contra sus competidores.
Victorias, fuga y muerte
Tras el asesinato de Ortega, la liga suspendió temporalmente los partidos. Con la sentencia de muerte, Escobar le quitó a los aficionados el placer de ver fútbol en vivo mientras seguía dominando el mercado de cocaína, que le generaba hasta US$28 mil millones al año.
En 1992, la presión estadounidense y la creación del grupo paramilitar Los Pepes, formado por enemigos de Escobar y miembros del Cartel de Cali, estrecharon la soga alrededor del capo. Obligado a huir, siguió siguiendo el fútbol: según John Jairo "Popeye" Velásquez, Escobar escuchaba la transmisión del partido de la selección mientras se escondía bajo fuego.
La caza culminó el 2 de diciembre de 1993 en Medellín. Su funeral reunió a miles de seguidores que lo despidieron como jefe, patrón y compañero. Su muerte marcó el fin de la "edad de oro" del fútbol colombiano; la selección alcanzó el Mundial de 1994, pero no logró superar la fase de grupos, y Andrés Escobar fue asesinado tras anotar un autogol contra Estados Unidos.
En 1995, los hermanos Rodríguez Orejuela fueron capturados, poniendo fin al "Narcoderby" —la rivalidad entre Medellín y Cali, Atlético Nacional y América— que había trascendido el deporte. Hoy, esa historia sigue inspirando a escritores y cineastas, recordándonos que en Colombia fútbol y narcotráfico estuvieron irremediablemente entrelazados.