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El autosacrificio: la máxima prueba de amor a la patria

Contexto del conflicto actual

A dos meses de iniciada la invasión rusa a Ucrania, la lucha se concentra en el este y no se vislumbra un final próximo. Moscú despliega nuevas tropas mientras los países occidentales suministran armamento cada vez más pesado a Kyiv. La población civil ucraniana, recluida en refugios antiaéreos, intenta huir de la violencia, algo que las fuerzas rusas dificultan enormemente.

Las bajas en el ejército ruso son considerables, aunque los números exactos son inciertos. Ucrania estima más de 20 000 muertos, mientras que el Kremlin mantiene silencio. A pesar de los reveses –como el fracaso de tomar Kyiv a corto plazo– el presidente Vladimir Putin no muestra intención de abandonar la contienda.

Una reputación histórica complicada

La historia militar rusa está marcada por derrotas dolorosas: la Guerra de Crimea (1853‑1856) y la Guerra Ruso‑Japonesa (1904‑1905) son ejemplos de conflictos en los que la superioridad inicial en hombres y material no evitó la catástrofe. El único gran triunfo del siglo XX fue la derrota de la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial, celebrada cada 9 de mayo en Rusia.

Sin embargo, ese triunfo tuvo un costo humano colosal. Según diversas estimaciones, la Unión Soviética perdió alrededor de 10 millones de soldados, frente a los 4,5 millones de Alemania. Incluso en la Guerra de Invierno contra Finlandia (1939‑1940), los soviéticos ganaron a costa de más del doble de bajas que sus adversarios.

Coste humano y modelo de desgaste

En al menos la mitad de sus guerras, Rusia o la URSS han sido la parte con mayor número de bajas. El politólogo Paul Poast, de la Universidad de Chicago, resume la estrategia rusa como un "modelo de desgaste": seguir absorbiendo pérdidas hasta que el enemigo ceda o hasta que Rusia decida detenerse.

Para comprender la persistencia de esta lógica, es útil observar la profunda tradición rusa de valorar el sacrificio por la patria. El profesor Henk Kern, de la Universidad de Leiden, explica que “las vidas humanas se subordinan al fortalecimiento del Estado; el autosacrificio se percibe como un objetivo noble y está arraigado desde el Imperio zarista, pasando por la URSS, hasta la Rusia actual”.

El culto al sacrificio

Kern afirma que el ideal ruso de entregarse por la patria se ha convertido en una especie de culto, reforzado por los discursos de Putin que proclaman que no hay prueba mayor de amor a la madre Rusia que el autosacrificio. El recuerdo de la "Gran Guerra Patriótica" (Segunda Guerra Mundial) y de la Guerra Patriótica contra Napoleón se utilizan como referentes históricos que legitiman el sufrimiento presente.

El profesor Michael Kemper, de la Universidad de Ámsterdam, añade que Rusia ha intentado, en años recientes, limitar el coste humano de sus intervenciones: en Georgia (2008), Siria (2015) o la anexión de Crimea (2014) se buscó lograr objetivos con mínima presencia de tropas. La guerra a gran escala en Ucrania rompe esa tendencia y obliga a un compromiso militar mucho mayor.

Escalada del conflicto

Según Kemper, Rusia ha sufrido dos reveses importantes: no logró una rápida intervención para derrocar al gobierno de Zelenski y perdió el crucero "Moskva". Estos fracasos han convertido la guerra en una escalada que exige recursos y personal mucho mayores.

Perspectivas a futuro

El historiador Kern subraya la diferencia entre una guerra iniciada por Rusia y una defensa contra una agresión: la primera se acompaña de una disposición a sacrificar vidas civiles y militares en aras de objetivos políticos. Esta tradición, combinada con la voluntad de infligir altas bajas a la población civil, sugiere que el conflicto podría prolongarse, volviéndose cada vez más duro e impredecible.