Hoy se cumplen 70 años de la declaración del Estado judío de Israel en Palestina, territorio entonces mayoritariamente habitado por árabes. La iniciativa se gestó con la ayuda británica, concretamente mediante la Declaración Balfour de 1917.
En la reunión del gabinete británico del 31 de octubre de 1917, el diplomático Mark Sykes entró emocionado en la sala donde el líder sionista británico Chaim Weizmann lo esperaba con tensión. Sykes le saludó diciendo: “¡Doctor Weizmann, es un niño!”. Se refería a la creación de una breve carta que pasaría a la historia como la Declaración Balfour.
La misiva no estaba dirigida a Weizmann, sino al banquero sionista Sir Walter Rothschild. Hasta hoy, su contenido sigue siendo objeto de controversia y sus repercusiones se sienten en la actualidad.
¿Orgullo o desesperación?
¿Qué motivó al gobierno británico a emitir aquel mensaje? ¿Fue la Declaración Balfour producto de un idealismo desinteresado o de una cruda política de poder? ¿Estaban el primer ministro David Lloyd George y su secretario de Estado, Arthur Balfour, tan seguros de que se convertirían en la potencia dominante del Oriente Medio tras la guerra que decidieron prometer territorio a los judíos europeos?
¿O temían perder la guerra y agarraron cualquier oportunidad para mejorar su posición? ¿Cómo conciliaron la promesa a los judíos con los acuerdos secretos sobre esferas de influencia que habían hecho con Francia (el tratado Sykes‑Picot) y con las garantías que T. E. Lawrence y Sir Henry McMahon ofrecieron a los árabes?
Estas preguntas no tienen una respuesta inequívoca y la postura que uno adopte suele estar vinculada a la posición que se tenga en el actual conflicto palestino‑israelí. Lo que sí es claro es que Gran Bretaña obtuvo escasos beneficios de su implicación en Palestina. Con el aval de la Sociedad de Naciones obtuvo el Mandato, pero sus promesas contradictorias volvieron como un boomerang.
La Declaración Balfour provocó una oleada de inmigración judía, lo que desencadenó una resistencia cada vez más violenta por parte de la población árabe. Al alternar su apoyo entre un grupo y otro, los británicos abandonaron Palestina en 1948 sin una solución, dejando un conflicto sangriento y aparentemente irresoluble. La Declaración Balfour, por tanto, resultó insuficiente.
Estado o hogar
Sin embargo, la Declaración Balfour no fue el resultado de un despiste diplomático improvisado. Su redacción final fue producto de extensas consultas con altos funcionarios del gabinete y con figuras externas, incluido el presidente estadounidense Woodrow Wilson. Por ejemplo, se optó por hablar de “un hogar nacional” en lugar de “un Estado nacional” para no antagonizar a los árabes, aunque todos los involucrados ya tenían la idea de un futuro Estado.
Para apaciguar a los árabes, se añadió explícitamente que los derechos civiles y los intereses religiosos de las comunidades no judías existentes no deberían verse perjudicados.
Esa adición evidencia lo poco que el gobierno británico se preocupó por esas comunidades, que en aquel entonces representaban más del noventa por ciento de la población de Palestina. Tampoco se mencionaron sus derechos políticos, como si resultaran irrelevantes para los árabes.
La cláusula que prohibía cualquier “infracción” a los derechos políticos de los judíos en otras partes del mundo fue introducida por E. S. Montagu, ministro de la India y judío, quien temía que la creación de un Estado judío debilitara la posición de los judíos en Europa.
Cebras
¿Por qué los británicos apoyaron explícitamente a un grupo que tenía escaso peso político en Inglaterra? En el otoño de 1917, la derrota de los Aliados todavía era una posibilidad real: el frente occidental estaba estancado, Italia estaba al borde del colapso en Caporetto, la revolución rusa era incierta y la intervención estadounidense se retrasaba.
El único punto positivo era el avance en Oriente Medio, donde los británicos se acercaban a Jaffa y Jerusalén. Pronto el sur de Palestina caería bajo control británico, y la Declaración Balfour debía anticiparse a esa conquista.
La medida proporcionaría a Gran Bretaña una base moral para tomar Jerusalén a los turcos y mantenerla. Además, una alianza anglo‑judía contrarrestaría la coalición franco‑cristiana en Líbano y le daría una posición estratégica entre el Canal de Suez y el resto del Oriente Medio.
También buscaba influir favorablemente en la opinión pública estadounidense y movilizar el apoyo judío en el frente oriental contra Alemania. Finalmente, facilitaba la obtención de créditos de guerra. No es casual que Balfour dirigiera su carta al excéntrico banquero judío Rothschild, quien, según la leyenda, paseaba en carruaje tirado por cebras por las calles de Londres.
Judíos, no ingleses
Más allá de la política de poder, también influyeron motivos personales. Se cuenta que Balfour quiso recompensar a Weizmann por su aporte a la defensa británica. El químico Weizmann había desarrollado una forma de producir acetona sintética, materia prima esencial para la fabricación de dinamita. Cuando se conocieron en 1906, se dice que Balfour le preguntó qué deseaba; Weizmann respondió: “Un hogar nacional para mi pueblo”. Esa conversación habría dejado una profunda impresión en Balfour, aunque no se puede confirmar con certeza.
Está claro que tanto Balfour como Lloyd George sentían simpatía por el sionismo, no por una visión de igualdad entre judíos e ingleses, sino porque consideraban que los judíos eran esencialmente diferentes y, por tanto, merecían su propio territorio.